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Si el gobierno de Duque cree que la “mala imagen” de Colombia en el exterior se debe a una mala gestión diplomática, a no haber atajado a tiempo esa ola de “mala prensa” que registra una terrible secuencia de hechos de violencia protagonizados por las llamadas fuerzas del orden, entonces el nombramiento de la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez como nueva canciller, será otro esfuerzo en vano por tratar de tapar lo inocultable: el derrumbe a pedazos de un país indolente, cruel, y la insurgencia de una nueva generación que busca un lugar digno en su propio suelo, y para lograrlo está dispuesta a darlo todo, incluso la vida, como se ha demostrado en estas tres semanas de agitación popular.
El mundo entero se nos metió al rancho. Todos los días hay informes especiales, con cifras, pruebas, análisis, entrevistas, de lo que está sucediendo en las calles de Colombia. Y cada segundo, un nuevo video, subido en las redes sociales, documenta el atropello. Habrá alguno que será falso, un montaje, pero en su gran mayoría han sido evidencias claras para demostrar la desproporción en el uso de la fuerza por parte de la policía y esa máquina de abusos y agresiones llamada Esmad. Para una porción significativa de la prensa internacional, que suele arreglárselas para entrar al fondo del problema, que desafía serios peligros, no hay duda de que Colombia está en las grandes ligas del autoritarismo en medio de la miseria y de una ciudadanía que no se rinde.
Ni en los medios extranjeros ni en los foros internacionales llaman dictadura al actual gobierno, ni sátrapa a Duque. Simple: existe una fachada institucional, pero es evidente que cada día que pasa los organismos de control se muestran más inoperantes, la represión es generalizada y, digamos, fuera de control (no es irracional, hay unos cerebros detrás de esa estrategia de terror), y la radio, la televisión y la prensa escrita, más los websites como La Silla Vacía, Temblores o Cuestión Pública –entre muchos otros– dan cuenta del profundo conflicto social de manera desigual, con diferentes niveles de veracidad, equilibrio y diversidad en el manejo de las fuentes.
No hay la censura clásica, con la bota militar en las salas de redacción. Sin embargo, en el terreno la tarea de informar es dura en medio del despelote. Hay presiones indebidas, autocensura, sesgos, agendas políticas, e inocultables intenciones de aconductar a algunos medios para que defiendan, con absoluta ceguera, a la “institucionalidad”.
En la Casa de Nariño recorren, sin desvelo, un campo minado. Su patético inquilino, sobrepasado por los acontecimientos, imbuido en una verborrea hueca, cree que no será sino llenar el portafolio de la nueva Canciller con infladas investigaciones de supuestos abusos por parte de la policía que, por lo general, llegan al llano en llamas de la impunidad, para demostrarles a los republicanos y demócratas en Washington que en la “democracia más antigua del continente” hay “tolerancia cero” –como repite sin tregua Duque– contra el mal accionar de las “manzanas podridas”. Con seguridad la ministra de Relaciones Exteriores llevará pruebas “irrefutables” de presencia de las disidencias de las Farc, el Eln y el narcotráfico en las barricadas y bloqueos, de su infiltración en la protesta pacífica, y por lo tanto tratará de demostrar que el Gobierno colombiano ha actuado ajustado a la ley ante una amenaza inminente y devastadora. Habrá congresistas gringos interesados en ver también la mano del castrochavismo y del comunismo en el paro.
La alta funcionaria –con sus dos sombreros de consumada burócrata– intentará concertar citas con el Washington Post y el New York Times para contar su verdad, y buscar comprensión por parte de sus editores frente a la situación salida de madre de uno de los aliados más fieles de Estados Unidos en el hemisferio. También hará contacto con los líderes de opinión de la prensa hispana para cuadrar entrevistas y tratar de lavarle la cara a un gobierno por lo menos inepto. Y sacará la carta que ya mostró en su primer día de actividades en asuntos internacionales: que el malestar que vive su patria se debe a los acuerdos de paz con las antiguas Farc. Mejor dicho: que de haber fracasado las negociaciones, o acaso sin ellas, estaríamos en el mejor de los mundos, con una guerra más lucrativa, y una mentirosa estabilidad social, cimentada a punta de bala.
No se necesita ser un arúspice para vaticinar que la tarea de la Canciller encallará sin remedio, ante la tozudez de los hechos. Tendrá que explicar, por ejemplo, por qué hay desmanes de la fuerza pública en todo el país, por qué no han cumplido a cabalidad los acuerdos con la guerrilla, por qué los crímenes de la policía no se castigan, qué estrategia tiene el gobierno –fuera de la tanqueta, los gases lacrimógenos y el plomo a discreción– para negociar con los líderes del paro y de los bloqueos en importantes zonas del territorio nacional, y recuperar de esa manera la tranquilidad ciudadana.
A lo sumo, el Gobierno colombiano logrará que los republicanos de la Florida emitan un comunicado de apoyo a Duque y su lucha contra el socialismo y los terroristas, y añadirán una línea que diga “como la lucha que nosotros libramos en este país contra el socialismo y los demócratas radicales de izquierda” o algo por el estilo.
Los demócratas le recordarán a Ramírez los compromisos de Colombia en temas de derechos humanos, y que el gobierno de Biden, y la bancada de su partido, apoyan los acuerdos de paz y su implementación. Pero, al final, nada de eso calmará la agitación social. Y habrá alguna inquietud en el Departamento de Estado por lo que pueda pasar de aquí a las elecciones presidenciales, y cómo logrará una mínima estabilidad un gobierno desprestigiado, sin legitimidad en la ciudadanía, sin mucho oxígeno político y con el inestable apoyo de una coalición oficialista que busca desmarcarse del desastre, pero al mismo tiempo pide mano dura.
Hay muchas miradas fijas en la realidad colombiana. Ya no es como antes, las noticias ahora vuelan, van de mano en mano, de celular en celular. Cada agresión queda registrada. Cada acción tiene una respuesta en tiempo real que le da la vuelta al mundo en un segundo. Para este planeta interconectado es claro que algo muy importante, doloroso, sangriento y, tal vez, esperanzador, está sucediendo en Colombia. Eso lo saben los poderosos, dentro y fuera del gobierno. ¿Les importa, les preocupa? ¿Cambiarán la estrategia, o aplicarán la misma fórmula de los últimos cuarenta años de guerra sin cuartel, dinamitando los acuerdos de paz, e irrespetando la voluntad popular?
Y al final, una petición: hay que darles más cabida a las voces de los jóvenes que están en los bloqueos, en las protestas, en las barricadas. Son una misma cosa. Que aparezcan mucho más en los medios, que debatan en las universidades, que participen en propuestas concretas, que sean el insumo fundamental de la negociación. No hablemos más sobre ellos. Tengamos la humildad y el sentido histórico de que sea esa nueva generación la que se tome la palabra.
