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15 May 2021 - 3:00 a. m.

“Arma contra arma, crueldad contra crueldad”

“Cali es un arsenal. Hay que congelar el porte de armas. No podemos dejar que esto llegue a un incendio: arma contra arma, crueldad contra crueldad”.

Esas son palabras del arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, en una entrevista en la W Radio. En realidad no dijo nada extraordinario, pero hay una costumbre tan acendrada en Colombia de no llamar las cosas por su nombre, de ocultar la realidad en medio de una hojarasca de tergiversaciones y mentiras, de mirar para otro lado, o no querer ver lo evidente, que las opiniones del sacerdote resultaron explosivas.

Su experiencia ha sido en el terreno. “No satanicen los bloqueos”, afirmó, para estupor de los que aúpan la bala como única salida a la crisis. La historia de paros y huelgas, cuando se convierten en protestas de largo aliento contra una situación de enorme desigualdad económica, de injusticia y atropellos cotidianos, siempre ha ido de la mano de los bloqueos y barricadas. El arzobispo lo explicó sin adornos retóricos: “[el bloqueo] es el único elemento que tuvieron estos sectores excluidos tradicionalmente, jóvenes estigmatizados y degradados en su forma de vivir, a ellos hay que decirles que son sujetos de derechos”.

En el momento de escribir esta columna, fracasó la mesa de negociación con los jóvenes, diálogos que se llevaban a cabo en el coliseo María Isabel Urrutia. De acuerdo con un comunicado emitido por ellos, la policía atacó los llamados “puntos de concentración y bloqueo de La Luna, Calipso y Puente de las Mil Luchas”. En la conversación con los periodistas de La W, monseñor Monsalve insistió en que era necesario que miembros de la fuerza pública, desarmados, protegieran a quienes participan en el taponamiento de calles y que se abriera una “cooperación de salvamento colectivo”.

Sus plegarias por el desarme y la conciliación aún no son escuchadas. La represión sigue en el orden del día, y los diálogos o negociaciones no avanzan.

Ya está demostrado que la creatividad de los dirigentes del Centro Democrático, más la de algunos empresarios, es bastante limitada. Como lo informó El Espectador, hubo una reunión virtual, el pasado 9 de mayo, entre miembros de la empresa privada de Pereira y congresistas del CD de Risaralda. Las propuestas fueron más bien las clásicas recetas del autoritarismo: declarar la conmoción interior, militarización del país y censurar a los medios que sean considerados poco confiables, o que ataquen “la institucionalidad”. Alejandro Corrales, senador uribista, fue contundente: “Yo, si estuviera en el Gobierno Nacional, ya les estaría exigiendo a los medios en los que yo pauto que empezaran una campaña masiva de unión del pueblo colombiano, del sector de los empresarios, de defensa del sector productivo”.

Además, están desconcertados con la manera como la prensa extranjera ha cubierto estos intensos y sangrientos quince días de paro. Les parece que esos medios carecen por completo de objetividad, están entregados a desprestigiar a la Fuerza Pública, y a exaltar a los “terroristas” que organizan los bloqueos. Alrededor del mundo, los colombianos han salido a las calles a respaldar las protestas, y los medios internacionales más serios han registrado el hecho evidente, innegable, que la mayoría de las manifestaciones han sido pacíficas, y que se dan en un contexto de hambre y violencia. La pobreza agudizada por la pandemia, y los asesinatos y masacres multiplicados por la negativa del gobierno de Duque a implementar a cabalidad los acuerdos de paz.

“La gente estorba, se le saca con violencia, la sustitución de cultivos se castiga, los acuerdos de paz se castigan, la restitución de tierras se castiga”, indicó con vehemencia el padre Monsalve. Tal vez ahí esté el centro, el hilo conductor de todo este drama.

El miedo al pueblo. A que su inconformidad produzca un terremoto electoral. En estos días se han visto movilizaciones masivas en todo el país, una juventud llena de energía, alegre a pesar de la adversidad, dispuesta a dejar una huella generacional, a dar el pecho por un país mejor, ese que sus mayores no pudieron redimir, a pesar de ingentes esfuerzos y sacrificios, y de enormes luchas.

Porque la constante ha sido el aniquilamiento. Empezó antes de Gaitán, y se radicalizó con su asesinato. Y desde entonces ha sido claro que el poder es un asunto de castas, de exclusión a sangre y fuego, de un esfuerzo consciente, deliberado, para abortar cualquier alternativa distinta a lo que antes se llamaba “el bipartidismo”, y con la debacle de conservadores y liberales, y la irrupción del “presidente eterno”, del señor resucitado de El Ubérrimo, ahora se llama, genérico, “el uribismo”, esa combinación de poderes regionales corruptos, violencia paramilitar, alianzas con los narcos, corrupción y caudillismo, todo sintetizado en una palabra que ya no es una exageración: fascismo.

Monseñor Monsalve dejó en claro que el estado colombiano no es legítimo, que requiere construir legalidad como un paso fundamental para lograr acuerdos y aclimatar la tranquilidad social. Y puso sobre el tapete algo que es bueno recordar a los cuatro vientos: la economía colombiana es más ilegal que legal. Y las instituciones son cooptadas por corruptos que compran elecciones.

“Hay que encontrar el camino correcto, un viraje de fondo, no de distracción ni de dilación. El camino de la concertación”, propuso el sacerdote.

Colombia es un arsenal del que se nutren todos los grupos armados. Hay poderes muy grandes que viven del narcotráfico. Dicen que las negociaciones son entre el Gobierno, los jóvenes, los sindicatos y los indígenas. Hay quienes están muy interesados en que fracasen o ni siquiera arranquen. Ante esa evidencia, llegar incólumes a las elecciones de 2022 parece ya un reto histórico, monumental.

JOACO

Al padre Joaco le tocó lidiar con un grupo arisco e inquieto de estudiantes. El suscrito estaba ahí, estudió en la facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana en los primeros años de los ochenta. Éramos un poco la resaca de las dos décadas anteriores, de un movimiento estudiantil moribundo. Pero nos resucitó, en cierta forma, el proceso de paz de Belisario y unas ganas enormes por hacer cosas nuevas. Éramos disciplinados en el estudio de la comunicación, y Joaco nos estimuló a seguir ese camino. Y nos acolitó varias empresas descabelladas: desde un mural abierto, inédito para la Javeriana, en el que todo el mundo podía poner sus pensamientos políticos o artísticos, sin previo sello de la decanatura, y controlado por los estudiantes; un pasquín que buscaba ser irreverente, y Joaco mismo se encargó de venderlo a los miembros del comité académico, hasta un frustrado intento de unir a todo el periodismo universitario que se hacía en el país, en las instituciones públicas y privadas, y que no duró más allá del primer congreso, que se realizó en las instalaciones de la universidad.

Lo volví a ver, años después, en un congreso de comunicación en la Universidad de Miami. Fue muy amable y generoso. Creo que su amplitud de espíritu nos permitió darle vuelo a nuestras ideas y sueños. Le agradezco de verdad su aporte a esos años fundamentales de formación profesional. Sé que mis compañeros y amigos también tendrán un recuerdo imborrable de Joaco. Lamentamos su muerte.

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