
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
MIAMI. - Así llamaban los pandilleros a Nayib Bukele, el reelecto presidente de El Salvador, cuando estaban en negociaciones con él, por debajo de la mesa, en los primeros meses de su primera presidencia. Hay documentos oficiales, publicados por el periódico El Faro, que revelan el pacto con las maras, como lo recordó “El Señor de los Sueños”, serie producida por Central, un podcast de especiales de Radio Ambulante, casa editorial que produce el podcast que lleva el mismo nombre y El Hilo, un podcast periodístico que analiza los temas más apremiantes de América Latina.
Bukele siguió la misma estrategia que los anteriores gobiernos del FMLN (izquierda) y ARENA (derecha), de acordar con las pandillas unas treguas frágiles en la trastienda, mientras que en público los diferentes presidentes mostraban sus dientes, es decir, ladraban, pero no mordían. Batman, al final, ladró y mordió: rompió los acuerdos secretos, y al socaire del estado de excepción, de una mayoría de su movimiento Nuevas Ideas en el Congreso, unos magistrados de bolsillo y unas instituciones de control nombradas a su medida, montó una operación de persecución del crimen organizado, sin miramientos de ninguna clase, que ha traído una paz transitoria en todo el país.
Sin duda, la tasa de homicidios ha bajado de manera dramática, y los ciudadanos de a pie pueden transitar por lugares antes dominados por la guerra salvaje de esos ejércitos irregulares de jóvenes dedicados al narcotráfico, la extorsión, el chantaje, el dominio territorial y la muerte. Al final, Bukele es el resultado de gobiernos de izquierda y derecha que no pudieron diferenciarse después de la firma de los acuerdos de paz, en 1992, en la manera de abordar el grave problema social, económico e internacional de la violencia pandillera. Es el fracaso de una estrategia política marcada por la hipocresía y la mentira.
Era evidente el poder desestabilizador de las maras -la Salvatrucha, Barrio 18 sureños y Barrio 18 Revolucionarios- y su capacidad casi ilimitada para la sevicia y la crueldad en sus crímenes. Ninguno de los dos partidos en el poder quiso correr el riesgo de negociar, a la luz del día, con repudiables asesinos que generaron tanto dolor a lo largo y ancho del país.
Al final, el problema se ahondó al igual que el desespero y la frustración de una sociedad sitiada. Bukele supo leer ese vacío y puso a funcionar sus “talentos”: es un manipulador sin remordimientos, un corrupto sin escrúpulos de ninguna clase, un intolerante que cabalgó en los hombros del FMLN mientras ese partido de izquierda –antigua guerrilla revolucionaria- le sirvió a los intereses económicos de su familia, y a la inusitada sed de poder del “dictador más cool del mundo”, como él mismo se denomina.
Como bien lo denunció El Faro, el 4 de febrero, día de la elección presidencial en El Salvador, Bukele anunció su triunfo electoral antes de que el Tribunal Electoral terminara de contar los votos, y dos horas después de cerradas las urnas. Esa era apenas una muestra más de cómo “el señor de los sueños” no respetaba lo que queda de la frágil institucionalidad del país. Con 70.000 presos -la cifra más grande del mundo de encarcelados en comparación con el número de habitantes de El Salvador (6.8 millones)-, una concentración absoluta de poderes y el desmonte de todas las garantías legales y democráticas que se construyeron a lo largo y hondo de los últimos treinta años, Bukele ha convencido al electorado salvadoreño de que las instituciones democráticas son lo de menos cuando se trata de derrotar a los criminales.
Al igual que la euforia que despertó Alberto Fujimori en Perú durante una década de atropellos (1990-2000), el recién reelecto líder populista de extrema derecha se ha convertido en modelo para imitar por parte de los sectores más reaccionarios de América Latina. Ni hablar de Estados Unidos, donde los soldados de la libertad –que se rasgan las vestiduras por Cuba, Nicaragua y Venezuela– consideran a Bukele un paladín de la democracia. El senador republicano Marco Rubio y la representante del mismo partido, María Elvira Salazar, entre otros, ensalzan al dictador cool por una razón muy sencilla: es un sátrapa de derecha. Eso es suficiente para admirarlo.
La paz salvadoreña es un espejismo tan frágil como su propia democracia, a punto de perecer por la euforia de un electorado inmediatista y enloquecido por los resultados evidentes de la mano dura. Sin embargo, es claro que el problema de fondo, lo que produce y reproduce las pandillas, sigue ahí, cocinándose a fuego lento, en esa combinación tortuosa de injusticia, desigualdad y profundas diferencias económicas. Ninguna cárcel será suficiente para contener una nueva generación de marginados. Es cuestión de tiempo para que la excusa de extirpar al crimen se convierta en una persecución sistemática, generalizada, de la protesta social y la disidencia política. Ya hay varios ejemplos. También muchas víctimas inocentes, encarceladas de manera injusta, sin ninguna garantía del debido proceso. Bukele es la expresión más joven y atractiva del viejo autoritarismo populista, reencauchado para la era digital.
