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“Circo de ataques”

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Sergio Otálora Montenegro
04 de junio de 2022 - 05:00 a. m.
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De tanto plomo que ha corrido, de tanta violencia que nos ha marcado casi sin apelación, nos queda grande todavía la confrontación civil, sin armas, pero dura. Intensa. A veces, implacable.

En Colombia han entendido los ataques entre políticos en el devastador juego del poder, como cosa de extremistas. De radicales. No importa que, en el contenido, en su concepción de país, esos supuestos botafuegos busquen la reconciliación y la posibilidad de aunar voluntades, como es el caso de Gustavo Petro. Se indignan porque las “bodegas petristas”, las barras bravas del candidato se dedican a veces a atacar a quienes no están de acuerdo con él. Es apenas obvio: hay quienes se ofenden, y responden con agresividad cuando las críticas son malintencionadas o hechas desde la comodidad de una torre de marfil que busca ángeles y no seres de carne y hueso.

En ese cuento de la “polarización” se metió Sergio Fajardo, con la hipótesis de que al considerar a petrismo y uribismo como dos fuerzas extremistas alimentadas con los mismos valores de intolerancia y fanatismo, la única solución para superar esas fuerzas del odio era el “centro”. Y se equivocó de cabo a rabo. Su discurso era apenas un ejercicio retórico, porque la realidad del país caminaba por otras coordenadas y con otro espíritu: el de la confrontación, el de la denuncia explicita, el de decir las cosas por su nombre. Incluso, el frustrado candidato de la Coalición Centro Esperanza llegó a plantear en el último debate de Semana y El Tiempo que él “no inspiraba nada”, por eso no estaba amenazado y caminaba tranquilo, sin escoltas ni grandes esquemas de seguridad.

Y aquí lo importante era parecer impoluto, al margen de los políticos tradicionales, sin compromisos de ninguna especie, un llanero solitario cabalgando en medio de una maleza de politiquería e intereses creados. Rodolfo Hernández, en medio de su ignorancia profunda, tuvo el olfato de rodearse de eficientes asesores de comunicación. Le montaron una impresionante campaña digital, y lo posicionaron como el outsider, el personero de la antipolítica, la antítesis de los candidatos que, para ganar, tienen que hacer polémicas alianzas.

Todos tienen la foto con los que son vistos como una rémora.

Pero Hernández, en su campaña a la Presidencia por TikTok, WhatsApp y Facebook, no se ha dejado tomar fotos con nadie, a pesar de que su historia está repleta de pactos con dirigentes tradicionales, y con el uribismo, y en los archivos periodísticos debe haber cientos de instantáneas con lo más granado del clientelismo. Sin embargo, el cinismo está a la orden del día. En una entrevista, Hernández consideró al uribismo como un cadáver en descomposición. Pero no es así.

Tal vez desde el punto de vista electoral huela a mortecino, pero como ideología sigue ahí, mutando en un Frankenstein ideológico, por cuenta del conejo que se han sacado de la manga: un atarván clásico, multimillonario de origen humilde, con un discurso elemental, machista, reaccionario que, gracias al oportunismo y a los asesores de imagen, se convierte en un remedo de progresista, hablando de aceptar el matrimonio gay, el aborto, las negociaciones con Eln y rechazando de plano la utilización del glifosato, mientras, por la trastienda, se meten todos los antiguos uribistas, los clanes políticos que, en segundos, quemaron la camiseta del inútil Fico, y la reemplazaron por la descolorida de Hernández.

Como los primos impresentables, que nunca deben salir en la foto, así está el exalcalde de Bucaramanga con la clase política venal. Tiene todo su apoyo, y lo que eso significa: maquinarias, compra de votos, intimidación, violencia, pero esta mezcla de demagogo y patán, no quiere que lo metan en el mismo bulto. El uribismo entendió el juego, y no ha hecho escándalo, más allá de los trinos de respaldo al salvador de la patria. Entiende que Hernández es su última carta de sobrevivencia, y está dispuesto a mantener prudente silencio ante las audacias de utilería del histrión.

Con el mismo tono del insulso fajardismo, Ángel Beccassino, el asesor estrella de Hernández, dijo que su hombre no asistiría a ningún debate con Petro porque eso sería un “circo de ataques”. Hablan incluso de la agresividad sin precedentes contra el hijo de Piedecuesta. En otras palabras: el exitoso comerciante de tierras urbanas, y explotador de “hombrecitos” pobres, no quiere dar la cara, no se quiere exponer a que dejen en evidencia su infinito desconocimiento de casi todo.

Es claro que, en un careo con Petro, el ingeniero saldría muy mal parado. Además, porque su rabo de paja es largo y frondoso, y porque sus magos de la comunicación deben saber de primera mano, que al hombre se le vuela el bloque muy rápido y, ante una andanada del candidato presidencial del Pacto Histórico, mezcla de acusaciones por actos ilegales y de argumentos sólidos y con cifras, no habría duda de que el atrabiliario se pondría al mando de un carro loco de insultos y palabras destempladas.

Este personaje podría ganar la segunda vuelta. Un demagogo de extrema derecha enrazado de Trump y Bukele, que jura que su único compromiso es con el pueblo. Los dos les dieron golpes certeros a las instituciones de Estados Unidos y El Salvador, país que le costó una guerra civil poder construir algo parecido a una democracia. Hernández no es un hombre de paz ni de reconciliación, es un personaje que busca manipular las emociones, las frustraciones, los miedos y los fantasmas de un electorado maleable, para mantener los privilegios del bloque de poder que él representa.

Es de verdad patético: buscan empacar el “cambio”, en una precaria envoltura de engaño y apariencias. Lo tenaz es lo que se viene si gana el dizque “antipolítico”. Ese susto de tener a un izquierdista a las puertas de la Casa de Nariño no lo vuelven a experimentar. Y ya conocemos la receta. ¿Se acuerdan de la Unión Patriótica?

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