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19 Feb 2022 - 5:00 a. m.

Cobardes: ¡un paso a la izquierda!

Nicolás Maduro (no necesita presentación) calificó de “izquierda cobarde” a aquella que se atreve a criticar lo que ha sido el trasegar errático del chavismo en Venezuela.

Al inquilino de Miraflores le parece que el “modelo bolivariano” es un éxito, es victorioso, y se refiere a sus detractores de la siniestra como “una izquierda derrotada, fracasada, una izquierda cobarde frente al imperialismo, frente a las oligarquías. Y entonces quieren ponerse un barniz para que las oligarquías los perdonen”.

Entonces, uno llega a la conclusión de que esa aventura que empezó en 1999, con el triunfo del “comandante eterno”, fue dirigida por una especie de boyscouts que jugaban a la revolución. Coronaban con el verbo típico de la toma del poder por las armas, con ese frenesí de un ejército aún con los fusiles ardiendo en plomo, dispuesto a imponer una hegemonía de clase, con la mira puesta en la construcción del socialismo, y la derrota definitiva de la burguesía, convertida en una minoría sin opción de poder.

Pero esa no era la historia. El chavismo barrió en las urnas, y en elecciones sucesivas los dos partidos que habían gobernado a Venezuela durante ocho lustros, al socaire del llamado Acuerdo de Punto Fijo (que parecía a perpetuidad), quedaron aplastados por una incontenible fuerza política y por un pueblo encantado con el verbo y la habilidad estratégica del nuevo-viejo caudillo latinoamericano, el comandante Hugo Chávez.

El proyecto chavista era, en síntesis, abrir las compuertas de la participación de sectores excluidos por décadas y utilizar la enorme renta petrolera para megaproyectos sociales. Se inventaron, por lo tanto, las famosas misiones, que se pagarían con los miles de millones de dólares que entraban a las arcas del Estado en una época de enormes vacas gordas: barril de petróleo por encima de 100 dólares.

Pero Chávez y sus copartidarios, en el discurso, parecían no entender que Venezuela no era Cuba, que estaban sentados en una de las reservas de petróleo más grandes del mundo, y que habían ganado la presidencia a través del juego electoral de la democracia representativa. Por supuesto que la oposición, derrotada en las urnas, pero con pleno vigor económico, reaccionó de la peor manera posible, sin un ápice de sentido político, y con una agenda que más parecía una obsesión: cómo tumbar a Chávez.

Hubo paros, huelgas y hasta una seria intentona de derrocamiento. A pesar del verbo encendido e incendiario del líder máximo, seguían la economía de mercado y una enorme capacidad de consumo de las clases medias. La oposición decidió jugarse la carta de la abstención electoral, con el argumento de que no había garantías para participar en igualdad de condiciones, y el chavismo acusaba a los empresarios, y también a Estados Unidos, de orquestar un sabotaje económico con escasez artificial de productos y acaparamiento.

A la fecha, la polarización y la ausencia de la política como el arte de negociar y de llegar a acuerdos entre contrarios, han producido estragos económicos y sociales.

Pero pongámosle freno a esta máquina del tiempo, y reseñemos algo vital: mientras Venezuela, en esos cuarenta años de gobierno compartido de adecos y copeyanos -con exclusión deliberada de la izquierda- nadaba en petrodólares y corrupción, con su sistema productivo aceitado, literalmente, por las rentas del oro negro, su clase media con gran capacidad de consumo y un pueblo ajeno por completo a esa “modernidad”, el resto de América Latina vivía una realidad muy distinta. Había dictaduras militares por todos los costados, pobreza extrema, y el vecino, Colombia, era un territorio feraz que se desangraba sin tregua por una guerra cada vez más degradada, por una violencia salida de madre, con sectores alternativos diezmados, aniquilados a sangre y fuego, y una economía y un sistema político alimentados, de manera directa o indirecta, por las millonadas del narcotráfico.

Chávez se sentó en Miraflores con el lenguaje y las perspectivas de los revolucionarios de los sesenta, como si no hubiera pasado nada en el vecindario. Como si los chilenos no tuvieran todavía presente el trauma de una dictadura sangrienta, y los colombianos la permanente ansiedad de sobrevivir en medio del fuego cruzado. El discurso chavista nada tiene de siglo XXI, está totalmente desfasado de la experiencia de América Latina, y de lo que significa la economía de mercado y el capitalismo en la era digital.

Venezuela es como ese hermano que nunca pudo superar la adolescencia. Maduro y su tropa siguen con la rancia jerga revolucionaria, con el culto a la personalidad, y la meta de construir el socialismo, como lo repiten una y otra vez. No quieren ver el fracaso de su manera de hacer política, su modelo de sociedad no inspira a nadie, porque nada es paradigmático: ni su economía, ni su perpetua dependencia de la renta petrolera para seguir subsidiando a los sectores populares, ni el impulso de crear un partido único, vanguardia de los pobres, y una hegemonía de clase, ni su enfrentamiento con la “oligarquía”, ni sus relaciones internacionales, ni su proyecto de democracia sin pesos ni contrapesos, ni su ideal de sociedad.

En una manifestación con los jóvenes, Maduro dijo que había que cambiar lo que no sirviera, había que revolucionarlo todo, y contra la corrupción “más y más revolución”. Varios sectores desencantados han tomado nota, como sucedió en las pasadas elecciones. El chavismo empieza a perder sus bastiones mientras la oposición trata de entrar en razón y hacer política. Venezuela no ha vivido las guerras civiles de Centroamérica ni las tragedias del Cono Sur, ni mucho menos el eterno drama de su vecino y hermano. Por eso Boric plantea en Chile un proyecto político de izquierda muy alejado de los mitos revolucionarios del siglo XX, y los sectores alternativos en Colombia tratan de volverse una seria opción de poder en un ambiente de permanente tensión, amenazas y contradicciones.

Llamar cobardes a los que han sobrevivido a la hecatombe, o son sus directos herederos, es desconocer la historia de este lado del mundo. Ellos no han arriado sus banderas. Simplemente, han sido tan profundas la crueldad, la impunidad y la ausencia de todos aquellos que dieron su vida por un país mejor, que lo realmente transformador, hoy, es tratar de construir una sociedad en la que quepamos todos, sin exclusiones, en paz. Mientras tanto, Maduro y el chavismo seguirán pedaleando en una bicicleta estática, atrapados en sus propias fantasías, con una realidad tozuda que se les sale de las manos.

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