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La caricatura

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Sergio Otálora Montenegro
05 de septiembre de 2026 - 05:04 a. m.
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Al verlo caminar por entre los cadáveres envueltos en sábanas, botados en el piso como trofeos de cacería, enfundado en una vestimenta que parece un cruce entre nuevo rico de safari y viejito verde disfrazado de boy scout, no puede uno llegar a una conclusión distinta: Colombia eligió a una caricatura de presidente de la República.

Una caricatura cómica y siniestra. Caricatura de otra caricatura: Donald Trump. El rey loco que ya no sabe qué hacer para dejar una herida —que no huella— imborrable en la Casa Blanca y en Washington. Demolió el ala oriental de la sede presidencial gringa; quiere construir un arco del triunfo y ya puso la primera piedra de manera ilegal; destruyó el famoso espejo de agua que forma parte del monumento a Lincoln; y, bajo la disculpa de una “renovación”, busca desmantelar, hasta donde le sea posible, el Centro Kennedy, una institución cultural que parecía intocable.

A esa necesidad de imitar a la caricatura mayor, el Colombian Tiger, tal vez sin saberlo, está resucitando viejos demonios que fueron muy reales hace 70 años. Para empezar, el “viva Cristo Rey”, el grito de guerra de los ejércitos paramilitares durante la época de La Violencia. “Mataban, remataban y contramataban” (para citar a la antropóloga Maria Victoria Uribe) inspirados por la religión, el sectarismo y el prejuicio ideológico. Y la sed brutal de venganza.

Y la exhibición de los muertos. Durante el imperio bandolero, en los años 50 y principios de los 60, el comandante del batallón Colombia, el coronel José Joaquín Matallana, desesperado ante el hecho de que la misma tropa creía que esos forajidos tenían un pacto con el diablo y por eso siempre se podían escabullir del asedio militar, y convencido de que sus hombres podían derrotarlos y quebrar ese mito de invencibilidad, decidió hacer un recorrido por los pueblos con los cuerpos sin vida de Sangrenegra y Desquite, por ejemplo, para mostrarle a la gente que esos bandidos no eran inmortales. Era un espectáculo de intimidación y escarmiento.

El tiger está haciendo el milagro de devolvernos, en menos de un mes, a lo más crudo de nuestra tragedia secular. Es un reverzaso de por lo menos medio siglo. Sigue el camino, como no, de su modelo del norte.

Trump y sus aliados han hecho que Estados Unidos se devuelva más de 50 años en aspectos que parecían consolidados. Después de haber sido aprobado en 1973, la Corte Suprema, de mayoría ultraconservadora, tumbó en 2022 el fallo que permitía el aborto en todo el país. Y también, mediante varias decisiones, dejó sin dientes la ley del derecho al voto firmada por Lyndon B. Johnson en 1965, momento culminante de la lucha por los derechos civiles de la población negra y del liderazgo de Martin Luther King. Para las elecciones de mitad de término del próximo mes de noviembre, las comunidades latinas y negras enfrentan todo tipo de medidas, tanto del gobierno federal como de algunos estados, para obstaculizar o suprimir su derecho al voto.

Mostrar esos cuerpos inertes junto a material de intendencia, armas decomisadas y municiones, y convertir nuestra tragedia en múltiples vídeos propagandísticos al estilo Bukele, es volver a los viejos tiempos de la guerra sin cuartel y de las venganzas y violencias simbólicas. Para seguir con la imitación obsesiva, el presidente, sus ministros fanáticos y sus aliados buscan también ilegalizar el aborto y el matrimonio igualitario y, de frente, sin pudor, están cubriendo con el manto de la Virgen todas las decisiones de gobierno, en abierta violación de la separación entre iglesia y Estado.

Hablan, pues, de la otra guerra que también están librando la caricatura de la Casa Blanca y su ejército de delirantes: la guerra cultural, que empezó en el laboratorio de la extrema derecha gringa, es decir, en Florida, y se agudizó con la pandemia. Ha sido un ataque combinado contra la libertad de expresión en las universidades, contra la diversidad, igualdad e inclusión, contra la comunidad LGTBQ+, contra la posibilidad de enseñar el tema del racismo tanto en los colegios como en las instituciones de educación superior, contra las personas trans, contra las vacunas. Varias decisiones de las cortes han puesto algún freno a esta arremetida de la extrema derecha trumpista y evangélica, pero la ofensiva sigue, día y noche.

El cierre de 20 emisoras de paz, nacidas de los acuerdos con las extintas Farc, es la cuota inicial que el gobierno del tiger pone en su guerra cultural importada de Estados Unidos contra todo lo que no cabe en la mentalidad autoritaria de la manada que invoca a Cristo Rey en cada suspiro. ¿Funcionarán en Colombia los tribunales y las altas cortes para ponerle coto a esta ofensiva reaccionaria envuelta en el peligroso lema de la “patria milagro”? Ya un tribunal le ordenó a De la Espriella suspender los bombardeos “contra objetivos en los que exista información sobre posible presencia de niños, niñas y adolescentes reclutados o utilizados por los grupos armados ilegales”. Al igual que en Estados Unidos, en Colombia, jueces y magistrados podrían convertirse en la primera línea de defensa de la democracia de verdad, y no en el remedo que quiere imponer esa caricatura de líder que se pasea por las cámaras de televisión con su disfraz de hombre de acción, pasando revista a la cuota de muerte de su gobierno espectáculo.

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