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El planeta en el que se mueve el presidente Gustavo Petro es muy raro. Cuando habló de la privatización (en 1998) de Caracol y RCN, es decir, los canales de televisión, se refirió a las “emisoras” de radio. Veamos: “el momento de privatización hizo que mucha gente se quedara sin estudio, que la sociedad colombiana fuese embrutecida… que el único saber que se transmite a la mayoría de la ciudadanía es el que llega a través de las ondas de esas emisoras que cuando uno abre -y no quiero discutir sobre gustos musicales- no encuentra sino un embrutecedor, que va adormilando a la sociedad colombiana… y no reacciona, no se espeluca (sic), no se pellizca…”.
Si se refiere a las cadenas radiales Caracol y RCN, siempre han sido privadas, pero el “espectro radioeléctrico” es del Estado, como cualquier bachiller lo sabe. Esa confusión es lo de menos. Digamos que hace ya parte del bestiario de Petro, que tiene su versión más pulida en los trinos que día tras día, sin descanso, nos regala, repletos de toda clase de errores, de fondo y de forma. Es como para “espelucarse” y “escalabrarse”. Y quedar anestesiado, y entonces aceptar “que la muerte es normal, que el genocidio es normal”, como lo afirmó, con algo de dramatismo, el señor presidente, que decidió improvisar, como de costumbre, durante la ceremonia de colocación de la primera piedra del nuevo edificio de la facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional.
El presidente Petro siempre ha posado de ser un hombre muy leído y precoz, conocedor de primera mano de la historia contemporánea de Colombia. No se explica uno, por lo tanto, de dónde saca esa versión tan extraña de que el país está conformado por una masa de alienados que actúa al vaivén de la música de despecho, las baladas, el reguetón, los presentadores y los periodistas, por supuesto. ¿Si el pueblo es tan sumiso, tan dormido, de dónde salieron la insurrección armada, las huelgas, las invasiones rurales y urbanas, la protesta social, los movimientos cívicos regionales? ¿Por qué la clase dominante, desde hace ya casi un siglo, decidió que era mejor el asesinato selectivo, la persecución sistemática, las masacres, la desaparición y desplazamiento forzado, a la posibilidad de construir una sociedad de veras democrática?
Para no ir tan lejos, ¿cómo se explica el hoy presidente que ayer fue alzado en armas, el estallido social de 2021, y su triunfo como el primer mandatario de izquierda -no afiliado al Partido Liberal- en la historia de un país que aún está determinado por los clanes políticos y las castas regionales? Los jóvenes, los supuestos descerebrados por las redes sociales, la drogas, el reguetón, el rap y el rock, fueron los que lideraron las protestas en los barrios marginados, en las zonas más deprimidas, resistieron a sol y a sombra, bajo la implacable represión oficial. Ellos y ellas estuvieron en la primera línea, pusieron los heridos y los muertos.
No hay duda de que la dominación y la manipulación son un hecho. Al igual que la seducción y la complicidad del público con lo que ve y oye. El mismo Petro, en sus correrías durante la campaña presidencial, afirmaba que las clases populares, en su desesperación, no tenían más alternativa que vender su voto, pero que cuando veían la oportunidad de rebelarse, de resistir, de enfrentarse al poder, lo hacían de manera decidida. En 2022, los embrutecidos, los que no se “espelucan” ni se pellizcan, llevaron a la Casa de Nariño al que hoy, de manera descuidada y arrogante, pretende pontificar sobre lo que no conoce: la compleja, contradictoria relación entre medios y sus audiencias.
Todo parece indicar que, al final, Petro y algunos de su círculo más cercano, no han entendido la magnitud -y la responsabilidad- de lo que significa el haber llegado a la máxima cumbre del poder, a nombre de una coalición de partidos y movimientos de izquierda y centro izquierda. Unas veces el presidente habla con el verbo encendido del revolucionario iluminado; otras, actúa con la misma lógica y mañas de las burocracias liberales y conservadoras; y en todo caso, el voluntarismo y la terquedad lo han llevado a tomar decisiones equivocadas y dejar en claro, para los enemigos de la democracia, para los cínicos que actúan como si todos los problemas hubieran nacido con la presidencia de Petro, que la izquierda en el poder es un tigre de papel, tan incompetente y corrupto como la oligarquía que pretende derrotar.
No hay líderes perfectos. La idea, sin embargo, era elegir a una persona capaz de entender el momento histórico y lo que significaba su victoria, después de décadas de una violencia exacerbada, del exterminio de una parte importante del movimiento social y sus liderazgos nacionales y regionales. No se trataba de elegir a Petro para que gobernara como Gaviria -como se imaginaban algunos liberales “progresistas”- pero sí de llevar al “solio de Bolívar” a un experimentado político que supuestamente tenía la habilidad de navegar por las aguas turbulentas de la minucia política sin tener las mayorías en el congreso, que sabía que la clave era hacer alianzas, y conocía de sobra que los poderes regionales seguían siendo clanes familiares con mucho billete y capacidad de compra de votos, como quedó demostrado en las últimas elecciones.
Y lo más importante: que el elegido ejerciera el poder de manera distinta, que diera ejemplo, que tuviera la grandeza histórica de entender que su comportamiento, y el de su coalición, debían marcar una gran diferencia con el pasado de corrupción y favoritismos insultantes. Pero este gobierno está plagado de “más de lo mismo”: derroche oficial, improvisación en lo pequeño (el sesudo análisis de los “espelucados” y embrutecidos) y en lo grande (el manejo político en el congreso). Mientras tanto, en la trasescena, se frotan las manos, y empiezan a mostrar sus colmillos, los lobos de siempre. Con tanto error, desliz, y ligereza, no les quedará tan difícil dar de nuevo el zarpazo. Están a la espera, tienen su artillería a discreción, para cuando fracase lo único que no puede fracasar: el proyecto de paz del Pacto Histórico.
