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MIAMI. - Dijo Juan Manuel Santos que, a pesar de todo, los acuerdos de paz son como un tren que no pudieron descarrilar. Casi de manera simultánea, Álvaro Uribe, en una carta al secretario general de la ONU, tuvo la audacia de volver a mentir como lo hizo durante las terribles jornadas del plebiscito que, en 2016, le dijo no, por un estrecho margen, a lo negociado en La Habana.
Uribe es un chalán, como lo era el jefe del clan de los Ochoa. La imagen del expresidente y exsenador montado en su caballo de paso fino, con uno de los trabajadores de su hacienda, El Ubérrimo, convertido en una especie de poste por el que pasa el avezado jinete poniendo su mano en la cabeza del petrificado campesino, es un poderoso símbolo de lo que significa el gran timonel de la extrema derecha criolla: lo más tenebroso del sector rural colombiano, que no ha tenido ningún escrúpulo en aliarse con bandidos dentro y fuera del Estado en la defensa de sus añejos privilegios, precisamente para que ese “humilde labriego” indefenso, que ve como su patrón lo rodea con su regia cabalgadura, siga sometido a los designios de los amos de la gleba.
Les ha fastidiado la paz lograda hace cinco años porque no fue el resultado de la derrota, a sangre y fuego, de su enemigo histórico. Porque no significó la rendición incondicional de unos ejércitos que hicieron mucho daño, generaron demasiado dolor en su guerra declarada al sistema. Su sueño dorado era ver una fila de guerreros heridos, humillados, sin más alternativa que una cárcel perpetua. Y sus zonas de influencia convertidas en un inmenso camposanto. Más o menos como lo que ha sido el país en los últimos sesenta años.
Por eso, el actual inquilino de la Casa de Nariño no ha movido un dedo en la implementación del acuerdo en lo referido a desarrollo rural y mucho menos en el tema de la sustitución de cultivos. Y por eso, hace poco nuestros padres de la patria rechazaron un proyecto de ley en defensa de los derechos de los campesinos.
La JEP, que ahora debe defender a regañadientes Duque por compromisos internacionales ineludibles, generó una de las más severas acusaciones en contra de los comandantes de las extintas Farc. Y esa misma justicia acogió lo que la Fiscalía consideró prácticas de “esclavitud” por parte de ese grupo subversivo cuando ejerció el crimen de lesa humanidad del secuestro de civiles inermes.
Nada de eso es suficiente para Uribe y sus aliados. Ni siquiera que el acuerdo del Teatro Colón, firmado después del plebiscito y de intenso y tenso muñequeo, hubiera acogido casi la totalidad de las objeciones de la oposición uribista a lo pactado en Cuba.
Como bien lo dijo Santos a este diario, esa oposición cerril y despiadada a la paz ha sido pura “política”. Es decir, un perverso juego de poder que se inventó el uribismo para mantener el control del país. Los efectos de su estrategia han sido devastadores, los índices de violencia están disparados, si hablamos de masacres y asesinatos de líderes sociales y desmovilizados de las Farc. Las bandas armadas, llámense disidencias, carteles o paramilitares, están desatadas.
La foto del expresidente y premio Nobel de la Paz con Rodrigo Londoño (quien en el monte tenía el alias de Timochenko) tomando cerveza es otra poderosa imagen: hay quienes quisieran que esas dos fuerzas estuvieran dándose plomo sin tregua en la búsqueda de una derrota imposible. Es curioso que muchas de las víctimas del conflicto y de las huestes de Timochenko defiendan sin tregua la paz lograda hace cinco años. Los defensores de la tierra arrasada por lo general son ideólogos o necios o parte interesada, que han visto los horrores de la violencia por televisión.
Aquí, en el sur de la Florida, la decisión del gobierno de Joe Biden de sacar a las Farc (un grupo que ya no existe) de la lista de organizaciones terroristas ha generado una intensa polémica, y ahondado en la ya clásica perorata: Biden y demócratas defensores de terroristas y castrochavistas. El coro de los republicanos y del uribismo trumpista en Miami ha encontrado una nueva razón para manipular al electorado. También se le han unido algunas figuras demócratas, entre ellas la colombiana Annette Taddeo, ahora precandidata a la gobernación del Estado del Sol.
Su padre, piloto de la aviación estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, fue secuestrado por las Farc. Pero ella al parecer es de esa parte de las victimas que no perdona y considera la reconciliación y la paz un gesto de debilidad o, peor, de complicidad con los criminales. En un tuit lo dejó claro: “Las Farc, financiadas por el régimen de Castro y ahora por el régimen narco de Maduro, son terroristas. Como los sandinistas y otros grupos que han aterrorizado, perseguido, torturado y secuestrado individuos en otros países. Para mí, y para otros, es doloroso y muy personal”.
Por supuesto que lo de Taddeo es un cálculo eminentemente político. Su lectura es que la decisión de Biden agudizará el repudio de los latinos – y de la comunidad colombiana- a los demócratas y, por lo tanto, está tratando de evitar que ella misma sea calificada de cómplice del “castrismo”. Pero su postura desconoce por completo que una cosa es la desmovilización de más del 90% del contingente de la que era llamada la guerrilla más antigua del hemisferio occidental, y otra son las disidencias, las que siguen incluidas en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado. Esa perversa confusión, que ha instigado el uribismo nacional e internacional, es la que sigue teniendo en la mira de los asesinos a los desmovilizados de las Farc y a los líderes populares en amplias zonas del país.
Lo que ha hecho Biden es simplemente actualizar una lista. Es como si en ella todavía estuvieran el FMLN de El Salvador –que ha sido gobierno en varias ocasiones– o el IRA de Irlanda. A propósito de este último: hay un grupo disidente, que es calificado de terrorista tanto por Londres como por Washington. Pero la organización que hizo la paz ya no existe.
A cinco años de los acuerdos que sellaron la paz con lo que en ese momento se llamaban las Farc, ha cambiado mucho el ambiente político en Colombia y de los colombianos en Estados Unidos. Hace un lustro era impensable ver colombianos en las calles de Miami apoyando el paro nacional que estremeció a gran parte del territorio nacional, con bloqueos, manifestaciones, abusos policiales y violencia. El uribismo ya no es una fuerza hegemónica, y ahora lo de moda es ser de centro. Y la locomotora de la paz continúa su camino, ojalá imparable. El chalán sigue montado en su cabalgadura, con esos pasitos diminutos que aún evocan muy malos recuerdos, entre ellos el hecho de que aún su voz es escuchada por muchos fuera y dentro del país.
