Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Se volvió ya un lugar común: la derecha de todos los matices quiere rasguñar la imaginaria torta del centro. Y se ha puesto a la tarea de recolectar firmas.
Pero son candidaturas sin pueblo o, peor aún, con la expectativa de que habrá, a fin de cuentas, un reacomodo de fuerzas que servirá para hacer política como siempre: la gorda lechona del clientelismo, los taumaturgos del voto y los poderes regionales al servicio de esa supuesta candidatura de “centro”.
Allá tendrán que llegar, sin alternativa, esos presuntos adalides de la lucha contra los “extremos”, una fábula que vendió con mucha dedicación y eficiencia Sergio Fajardo y que, ahora, se ha vuelto marca de fábrica para el que quiera ponerse por encima de la “polarización”.
En síntesis: al exgobernador de Antioquia le salió una insólita competencia de por lo menos 30 candidatos. La Coalición de la Esperanza se desvanece.
El último en llegar al campo del centro imaginario es Alejandro Gaviria, exrector de la Universidad de los Andes convertido, por la química de la ambición, en imposible equilibrista. Es un hombre del sistema, atractivo para cierta “intelligentsia” que desprecia a Uribe y considera a Petro un populista de los peores. Cree que Gaviria se abrirá campo con sus teorías y propuestas y, con sus elaborados cantos de sirena, llegará al poder con el efusivo y apasionado voto de opinión de las cuatro principales ciudades del país.
Eso por supuesto es imposible. Tal vez si sus sueños fueran ser alcalde de Medellín o Bogotá, de golpe ese voto ilustrado le daría la victoria. Pero para ganarse el premio mayor de la Presidencia el asunto es a otro precio.
Con una derecha tan fragmentada y un sector alternativo con diferencias abismales y fuertes rencillas internas, lo más seguro es que habrá segunda vuelta. Ahí se sabrá con claridad quiénes tienen los votos y de qué manera obtendrán la victoria.
Ante el fantasma de Petro y del Pacto Histórico, es claro que el candidato de la derecha con mayor cantidad de votos adquirirá algún rictus centrista para atrapar el miedo a lo “insondable”, es decir, un gobierno de centroizquierda en cabeza de un político que se ha enfrentado a los grandes poderes, legales e ilegales, y que, para un influyente sector de la sociedad colombiana, representaría un salto al vacío.
Entre los alternativos al final se sabrá qué es más importante: si una oportunidad histórica de reconstruir el país bajo la brújula de la paz y el desarrollo, o la mezquindad y los atavismos ideológicos convertidos de nuevo o, mejor, disfrazados una vez más de voto en blanco.
El centro, en el estado de cosas de la Colombia de 2021 y 2022, es refinada entelequia. Si no, miren lo que acaba de denunciar el senador Iván Cepeda, esa guerra sucia de desprestigio instigada al parecer por agentes del Estado y del Gobierno y reproducida por acuciosos periodistas de ciertos medios.
Mientras tanto, la otra guerra sucia, la de la bala limpia, la de las masacres y los asesinatos de líderes sociales, continúa su camino implacable. La destrucción del Acuerdo de Paz sigue siendo una agenda inaplazable para el uribismo. Es decir, la extrema derecha fascista.
Al cierre de esta columna, Fajardo invitó a Alejandro Gaviria a conversar con la Coalición y a medirse en las urnas en marzo de 2022 bajo el alero de ese movimiento. Preparen sus sillas, que la respuesta del exministro de Salud de Juan Manuel Santos estará como para alquilar balcón.
