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El enemigo interno

Sergio Otálora Montenegro

26 de octubre de 2024 - 12:00 a. m.

MIAMI.- Se volvió tendencia, ya lo mencionan los grandes medios de comunicación en Estados Unidos con todas sus letras, y lo señaló sin miedo Kamala Harris, candidata demócrata a la presidencia: Trump es un fascista.

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Lo puso en la agenda noticiosa, y lo ratificó en una entrevista para el diario New York Times el general retirado John F. Kelly, quien fuera secretario del Departamento de Seguridad Interior, y, durante un año y medio, jefe de gabinete del hoy candidato republicano a regresar a la Casa Blanca. Según el alto militar “el expresidente es de extrema derecha, ciertamente es un autoritario, admira a los dictadores. Por lo tanto, se ajusta a la definición general de lo que es un fascista, no hay duda”.

Kelly decidió saltar a la palestra cuando el expresentador de televisión decidió desempolvar del arsenal del gorilato latinoamericano de los años setenta el concepto del “enemigo interno” y afirmar que utilizaría a la Guardia Nacional e incluso al ejército para reprimir a los “lunáticos marxistas, izquierdistas”, e incluso mencionó a altos dirigentes demócratas.

Al socaire la doctrina de la seguridad nacional, y el “enemigo interno”, se cometieron los peores crímenes durante la era de los regímenes militares del Cono Sur, y de Centroamérica, bajo la complicidad y el apoyo de varios gobiernos –demócratas y republicanos– de Estados Unidos. Ningún presidente o candidato a la presidencia en este país, en el último medio siglo, había mencionado con tanta claridad su propósito de reprimir y hostigar, mediante la utilización del Departamento de Justicia y de las Fuerzas Armadas, a quienes considera sus enemigos políticos.

Hay seguidores de Trump que consideran que estas son exageraciones, fábulas que se inventa el energúmeno para atraer votantes. Sus propios aliados y voceros han tratado de suavizar las cosas, con el argumento de que el candidato en realidad se refiere a posibles terroristas iraníes o palestinos dentro de Estados Unidos. Pero no es así.

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Ya son demasiados los indicios, testimonios, documentos y las mismas palabras del multimillonario aficionado al golf, que confirman que, si gana, esta vez Trump gobernaría con la misma lógica de la tierra arrasada de los sátrapas. Aprendió de su primera administración que debe rodearse de funcionarios abyectos, que no objeten nada, y que sigan al pie de la letra los peores instintos de este defensor de Hitler y de su régimen de terror. Y lo ha dicho en incontables ocasiones: quiere vengarse de quienes lo llevaron, según él, a los estrados judiciales y lo humillaron. La mentira que ha desperdigado es que detrás de las acusaciones penales en su contra – ya perdió una y está a la espera de la sentencia – se encuentran Biden y los demócratas.

Las últimas semanas de campaña han sido una muestra clara de lo peligroso, disparatado y caótico de su temperamento y su “proyecto político”. Ha metido el acelerador a fondo en sus ataques a los inmigrantes y en hurgar sin límites en los prejuicios, la rabia y el resentimiento de un amplio sector de la clase media y trabajadora, blanca, negra y latina. Y ya es histórico: hay una profunda división de género en esta carrera presidencial; los hombres –de todas las edades y orígenes étnicos– apoyan a Trump en grandes números; las mujeres respaldan a Harris también de manera abrumadora.

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Por lo tanto, la otra faceta de la campaña de Trump es estimular los valores retrógrados de la ultra masculinidad, y semejante arremetida ha encontrado gran receptividad dentro de los varones más jóvenes, entre los 18 y 35 años. La misoginia y el machismo exacerbados son tendencia en redes sociales y en podcasts con audiencia de millones.

¿Cómo llegó este país al punto de admirar y poder elegir, una vez más, a un sujeto de estas características?

Sus seguidores y aliados, y algunos medios de comunicación tradicionales y poderosos como el Wall Street Journal, explican que durante su primera administración no pasó nada grave. Y que los llamados pesos y contrapesos funcionaron para limitar las peores tendencias de este autoritario sin reato de conciencia, y que con seguridad funcionarán si de nuevo llega a una de las posiciones más poderosas del mundo.

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Lo real, lo increíble y deprimente es que Harris y Trump están en un virtual empate. Como ya se ha dicho una y mil veces, esta elección se definirá en los márgenes, es decir, en mínimos porcentajes que estos dos candidatos logren morder en los indecisos. Ya es claro que el dictador en ciernes ha logrado conquistar el 36 % del electorado latino y por encima del 20 % del votante negro. ¿Qué va a pasar con los judíos, árabes, palestinos y musulmanes que votaron por Biden en 2020, pero que con el ataque terrorista de Hamas a Israel, y el genocidio de Netanyahu en Gaza y los territorios ocupados, pueden abstenerse de votar o decidirse por Trump como una especie de voto de castigo?

También es claro que con Harris hay un importante número de independientes y republicanos moderados que no se tragan al sapo anaranjado. Y la mayoría de la comunidad negra y latina está con la vicepresidenta y candidata demócrata. Pero el desprestigio del actual inquilino de la Casa Blanca es enorme; y los republicanos siguen explotando, con indudable éxito, los efectos devastadores, en una amplia franja de familias de clase media, de una inflación que ya está controlada.

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Y ni hablar de la posibilidad de utilizar todos los medios legales e ilegales para sabotear las elecciones, si el trumpismo y su gran timonel ven que están perdiendo la competencia. Aquel lugar común de que cada elección presidencial es la más importante de la historia, en esta de 2024 se ha vuelto una verdad y un desafío descomunales para esta nación y para el mundo. La ansiedad y la incertidumbre corren por las calles, se reflejan en las conversaciones casuales de la gente. No es para menos: hoy están a prueba, como nunca, la madurez y sensatez del electorado gringo.

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