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El gobierno de Estados Unidos apoya las gestiones de mediación de Colombia, Brasil y México “para una transición pacífica y el regreso a las normas democráticas” en Venezuela. Y evita reconocer a Edmundo González como presidente electo. Se le anota a la administración Biden que no siga el camino equivocado de crear un segundo Guaidó y, por lo tanto, una desestabilización mayor en el hermano país.
Mientras tanto, María Corina Machado y su coequipero, el señor González, les piden a las Fuerzas Armadas y de Policía que hagan respetar la voluntad popular. Es decir, palabras más, palabras menos, piden un golpe de Estado, salida con la que la oposición ha soñado desde los tiempos de Chávez.
En uno de sus trinos, días después de las elecciones presidenciales del 28 de julio, Gustavo Petro dijo que “el presidente Maduro tiene hoy una gran responsabilidad, recordar el espíritu de Chávez, y permitir que el pueblo venezolano regrese a la tranquilidad mientras terminan las elecciones en calma y se acepta el resultado transparente cualquiera que haya sido”.
Precisamente, el “espíritu de Chávez” es lo que ha complicado este proceso. El tire y afloje de pedir reconteo de actas y la intervención del Tribunal Supremo de Justicia para que aclare la situación (árbitro de entrada cargado y sin credibilidad), dejan al descubierto un hecho casi irreversible: el chavismo llegó al poder por la vía democrática para instaurar una nueva hegemonía política y económica. La derrota de la “oligarquía”, de los “escuálidos”, y ahora del “fascismo”, no era un asunto de alternancia del poder, sino de reducir a su mínima expresión lo que se oponía a la construcción del socialismo del siglo XXI.
Por supuesto que Chávez ganó elecciones sucesivas y el movimiento que lideró abrió las compuertas de una amplia participación popular en las urnas. Pero no se trataba de llegar al Palacio de Miraflores para gobernar por uno o dos periodos presidenciales, sino para establecer un régimen distinto, casi de partido único, bajo la inspiración y la guía del “comandante eterno”, y una indestructible alianza cívico-militar para sacar adelante un proceso definitivo de liberación.
La gran contradicción es que Venezuela es una potencia petrolera, y no hay nada más capitalista, ni más sujeto a los vaivenes de los mercados internacionales, que un barril de oro negro. El chavismo se alimentaba de una enorme renta petrolera, al tiempo que en los primeros años de la llamada “revolución bolivariana” hubo un gran auge del consumo capitalista, mientras se ahondaba la crisis política y empezaba el desabastecimiento en los supermercados y tiendas en todo el país, creado de manera deliberada por las grandes empresas de productos de consumo masivo.
Por lo tanto, el enfrentamiento ya no era de adversarios, sino de enemigos declarados.
Para la oposición, no se trataba de ganar las elecciones sino de tumbar a Chávez o a Maduro. Y para el chavismo, imponer sus mayorías, debilitar la participación del enemigo, cerrarle los espacios de maniobra política y, de paso, sus medios de comunicación. En esa confrontación a muerte, ninguna de las dos partes se reconoció como legítima.
En todo este proceso, las denuncias de violaciones de derechos humanos, desapariciones forzadas y miles de asesinatos extrajudiciales, con acusaciones directas a agentes del Estado y miembros del gobierno, han sido documentadas por organizaciones como Human Rights Watch, Amnistía Internacional y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. También se ha documentado la persecución política mediante el encarcelamiento de disidentes y la inhabilitación de los líderes de la oposición, por parte de un sistema judicial militante. Y la salida de millones de venezolanos de su tierra se convirtió en una tragedia migratoria de grandes proporciones.
El chavismo no cree en la alternancia del poder, en esa entelequia liberal de que un partido político de signo contrario llegue para gobernar de manera totalmente distinta. Todos sus dirigentes han sido claros en decir que “con el fascismo no se negocia”, que “el fascismo jamás volverá a Venezuela”, y que al fascismo “hay que meterlo a la cárcel”. Y el gran anatema desde los tiempos del comandante eterno, es María Corina, considerada de extrema derecha (lo es), y con unas ganas locas de desmontar la profunda huella del chavismo. Edmundo González es apenas un símbolo de las irregularidades del sistema político.
La dirigencia chavista tal vez tema que “entregarle el poder” a Machado pueda ser el principio de una enorme revancha por parte de los sectores excluidos del poder a lo largo de un cuarto de siglo. Y para decirlo en venezolano, “vamos a estar claros”: el chavismo no quiere aceptar su derrota, no quiere irse de Miraflores en esas condiciones. Y se está inventando toda clase de enemigos externos y teorías de conspiración. Desde Elon Musk hasta WhatsApp.
¿Cómo negociar en ese contexto? Lo más acertado, por ahora, es insistir en que son los venezolanos, dentro de su territorio, los que tienen que encontrar la salida. Que haya además un acompañamiento diplomático para evitar una nueva ola migratoria y una escalada imparable de violencia, que afectaría a toda la región. Y que Maduro y sus aliados acepten que han sido derrotados en las urnas, las mismas que les sirvieron para llegar al poder en 1999, bajo el gran sueño de construir una sociedad de veras democrática. Ese sueño sigue más vigente que nunca.
