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El exquisito mercado de la rebeldía

Sergio Otálora Montenegro

16 de mayo de 2008 - 08:53 p. m.

POR ESTOS DÍAS, LOS REBELDES DE los viejos tiempos están con la memoria alborotada. No es para menos: el fantasma de Mayo del 68 es noticia. Si de eso se trata, hace cuarenta años otros espectros también mojaban prensa.

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Pedro J. Sánchez era el vencedor indiscutible de la vuelta a Colombia en bicicleta. El imbatible Cochise, héroe nacional, demostraba tener pies de barro. Lleras Restrepo, por su parte, reanudaba relaciones con la Unión Soviética y, gracias a la visita de Pablo VI, Bogotá dio un salto de varios años en su desarrollo urbano.

Nuestra televisión era en blanco y negro, como la realidad misma. El mundo nos llegaba empacado en minúsculas notas del noticiero Suramericana, la guerra de Vietnam, o los asesinatos de Martin Luther King y de Bob Kennedy, eran breves ramalazos de un planeta convulsionado y ajeno.

Las Farc y las Fuerzas Armadas ya se daban plomo en forma, mientras los nadaístas, al mando de Gonzalo Arango, con las armas letales de la provocación, alteraban los símbolos de la pacatería nacional. Las pedreas brotaban en cada asamblea estudiantil, el imperialismo, el frente nacional y la autonomía universitaria eran el coctel (fuera del molotov) que inspiraba a los amotinados.

En esas estábamos, a muy grandes rasgos, cuando en Francia unos muchachos precoces pusieron patas arriba los valores más entrañables de la racionalidad capitalista. La imaginación no llegó al poder (como era de esperarse), pero la huella dejada fue profunda: la libertad sexual, el feminismo, la contracultura, el cuestionamiento a todas las formas de poder y autoritarismo, la sensualidad expuesta al aire libre, en el arte, en el cine, en los medios, se quedaron para siempre como conquistas de una generación.

La economía de mercado asimiló el golpe con inteligencia y aprendió la lección: la rebeldía juvenil se volvió, desde entonces, un producto rentable, exquisito, que no deja de dar vueltas y vueltas sobre su propio eje. En Estados Unidos, el cine independiente, la música alternativa y el arte más vanguardista no escandalizan a nadie, aparecen en los grandes medios, sus autores son héroes del star system y ganan cotizados premios por ser figuras de gran creatividad y agudeza.

En este siglo XXI, la cultura pop, con su intensa carga de sexo, ha permeado todo. Los reality shows son la cabeza de playa del exhibicionismo: hay uno, en MTV, en el que una mujer bisexual, heroína de My Space, busca la pareja más adecuada entre candidatos masculinos y femeninos. Y en su “trabajo de campo” no hay límites. Ante esto, las reivindicaciones de los jóvenes del 68, “amaos los unos sobre los otros”, son piezas de museo.

El mundo es otro, y más en América Latina, convertida hoy en un hervidero político y económico. Un ex obispo, inspirado en la teología de la liberación, es presidente de Paraguay. Y de ahí para arriba, con excepción de nuestra patria inmortal, el continente está sembrado de gobiernos progresistas o de izquierda. China, la gran potencia emergente (la misma de la revolución cultural y Mao), es ahora compradora compulsiva de materias primas del tercer mundo, motor de contaminación y paradigma de un capitalismo de estado tan eficiente como represivo.

A los cuarenta años de Mayo del 68, hay otros frentes de batalla que nos han puesto al borde del abismo: el calentamiento global, la escasez de alimentos, el reto de encontrar fuentes alternativas de energía que no signifiquen hambre y desabastecimiento. Y a la Casa Blanca podría llegar un afroamericano, cuarenta años después del asesinato del reverendo King.

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Pero el juego no ha terminado, va para largo, porque aquella frase lapidaria de que “el capitalismo lleva en su entraña los gérmenes de su propia destrucción”, hoy parece más vigente que nunca. Sólo que ya no es un asunto de sistema. Los protagonistas de aquel sismo juvenil nunca se imaginaron que, décadas más tarde, sea la humanidad entera la que está en riesgo de perderlo todo.

 

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