Llegar a elegir al primer presidente de izquierda en la historia del país —guerrillero amnistiado, exsenador de la República y exalcalde de Bogotá— fue el resultado de muchos años de lucha y persistencia, en medio de una guerra sucia sin cuartel y de décadas de exclusión social y política de líderes y movimientos que iban más allá del bipartidismo que marcó la vida del siglo XX.
Han pasado cuatro años tumultuosos, de un liderazgo muchas veces errático y caudillista, con equivocaciones garrafales, pero el país no se derrumbó. Por el contrario: los llamados pesos y contrapesos institucionales funcionaron, desde las cortes hasta el Congreso, con todos sus defectos y trapisondas. Y por primera vez, un pueblo decidido, golpeado por años de guerra, eligió a un presidente que prometió gobernar para los excluidos de siempre y, en buena medida, cumplió su palabra.
A la fecha, persisten los escándalos de corrupción y la agresión extendida de los grupos criminales. Es innegable que la paz total fue un fracaso por la improvisación permanente, el voluntarismo del presidente y, también hay que decirlo, por la misma dinámica que heredó de gobiernos anteriores: la imposibilidad de construir una economía alternativa a los cultivos de coca o la minería ilegal, el poco compromiso para sacar adelante proyectos regionales de desarrollo, la parálisis de los acuerdos de paz de 2016 durante el gobierno de Duque, y el robo sistemático de los recursos del estado por parte del clientelismo y los caciques enquistados en el poder local.
El gobierno de Petro, por otra parte, tiene mucho que mostrar basado en la objetividad de las cifras de crecimiento económico, la reducción dramática de la pobreza y del desempleo, y una inflación que no se disparó como lo vaticinaban los catastrofistas de siempre. No hay duda de que la dinámica perversa de la violencia, de la falta de oportunidades, de las economías ilegales, expandió el radio de acción de las mal llamadas disidencias, del clan del Golfo, del ELN (narcos disfrazados de guerrilleros) y demás grupos de delincuencia organizada. Y la gran esperanza de lograr la paz se derrumbó, y, por supuesto, eso contribuyó al fortalecimiento de todos esos ejércitos de la muerte.
Como una fiera enjaulada —el histriónico teletigre—, el fascismo de De la Espriella busca aprovecharse del desespero, la frustración o el miedo (también de los prejuicios ideológicos y del racismo) para dar el golpe de gracia. Exagera, miente, tergiversa, insulta. Se victimiza. Y posa de independiente, de agente del cambio, de adalid de la moral, de líder de los “nunca”, un giro verbal de los “nadies” de Francia Márquez.
Pero detrás del abogado de la mafia —como bien lo califica Claudia López— hay unos desplazados del poder de siempre que quieren la revancha, a sangre y fuego, y sin contemplaciones. Uribe es uno de ellos y muy pronto se unirán a la “manada” los que tal vez no podrán coronar con Paloma Valencia. Si hay segunda vuelta, por supuesto.
Están a la espera. Quieren volver a incendiar al país, como pretexto para perseguir y arrasar con el movimiento popular. Los vimos gobernar con el señor caído de El Ubérrimo que creó una maquinaria de persecución y de crímenes, bajo la justificación de aniquilar al “narcoterrorismo”. La oposición fue su enemiga y buscó acabarla por todas las vías posibles.
Pero el teletigre sería peor, porque lo inspiran el autoritarismo, la corrupción sin atenuantes, la megalomanía y la destrucción de las instituciones de sus dos héroes: Trump y Bukele. Ya dijo que en el tema de la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, pues esperará a lo que decida el rey loco de la Casa Blanca. También en el tema del narcotráfico se plegaría a lo que ordene el Pentágono, es decir, fumigación indiscriminada, bombardeos, y profundización de la guerra en las regiones más azotadas por la violencia histórica. Promete, entonces, bala ventiada, puño de hierro y megacárceles a lo Bukele, como si los grupos armados de Colombia siguieran la misma dinámica de las maras urbanas de El Salvador.
El triunfo de Petro y el desarrollo desigual de su gobierno significaron el fortalecimiento de nuestra frágil democracia. No su destrucción ni su debilitamiento. Cometió muchos errores y su estilo resultó fastidioso para muchos. Pero abrió las compuertas de la modernidad, de la posibilidad de que en Colombia la izquierda pueda gobernar sin mayores traumatismos. Lo que todavía no entienden muchos es que el asunto ya no es entre liberales o conservadores, entre los que van a misa de cinco y los que van a misa de siete. La elección del hoy presidente cambió ese paradigma para siempre.
Creo que en la Colombia profunda, en los territorios adonde por primera vez llegó el Estado con algo distinto que plomo y soldados, querrán darles al Pacto Histórico, a la Alianza por la Vida, a su candidato Iván Cepeda y su vicepresidenta Aida Quilcué, una segunda oportunidad de gobernar para seguir en la construcción de un país diverso. No puedo entender cómo una crítica real, dura, a Petro pueda derivar en abrirle la puerta al fascismo. Aquellos que de verdad creen en un país democrático y justo, pero se sienten defraudados o incluso traicionados, no se equivoquen. La segunda elección de Trump fue un error histórico y el mundo entero está sufriendo las consecuencias.
Guardadas proporciones, la posibilidad de elegir a un comprobado corrupto, con claras tendencias fascistas, sería un retroceso grave para el país y para una democracia que apenas se recupera de tantos años de represión y de políticas excluyentes. Creo que la esperanza, el optimismo y la energía de un amplio sector de la población, en las grandes ciudades, en los pueblos, en las veredas, en las zonas más apartadas, van a derrotar al miedo o a los planes de repetir la vieja historia sangrienta que golpeó y enlutó a tantas generaciones.