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MIAMI.- Algunos columnistas de la realidad colombiana decidieron ir de paseo por la política gringa, y descubrieron, sin mucha información a la mano, que Trump es imparable y será de nuevo presidente. Es una apreciación precipitada tal vez nacida de sus triunfos en Iowa y New Hampshire, y algunas encuestas que lo ponen por encima del presidente Biden en los estados más competitivos, como Michigan, Wisconsin, Georgia o Nevada.
Esto no es 2016, cuando el rufián naranja –con una larga estela de corrupción y permanentes demandas y contrademandas por estafa- entró en la competencia electoral pulverizando a sus contrincantes y mostrando un talento inusitado para pasarse por la faja todas las reglas del juego, e imponer su propio estilo, devastador y sin escrúpulos. Llegó a la Casa Blanca con el aura del antipolítico convertido en la voz de las víctimas de las élites, montado en el bus del resentimiento y la frustración la clase obrera blanca empobrecida.
Esto es 2024, y el rufián resultó golpista, armó y estimuló una insurrección para impedir la transición pacífica del poder y, en el camino, trató de alterar con documentos falsos y presiones indebidas, resultados electorales inobjetables. Además, de manera ilegal se quedó con decenas de cajas con documentos secretos y altamente confidenciales, almacenadas en su club de Florida, llamado Mar-a-Lago, sin tener la autoridad para retenerlos.
Por lo tanto, tiene cuatro casos criminales, 91 acusaciones penales, y otros juicios civiles, uno de ellos por inflar los precios de sus propiedades, de manera fraudulenta, y que podría tener consecuencias desastrosas: una multa de más de 300 millones de dólares, y una prohibición de por vida de hacer negocios en Nueva York.
Es hábil para mentir y manipular. Su base le come cuento un día sí y el otro también, y está convencida, al igual que el 70 % de la militancia republicana, de que Trump es una víctima de Biden y del sistema judicial, que lo persiguen para abortar su candidatura y su camino hacia la presidencia. Por eso su popularidad ha crecido dentro de la franja conservadora y extremista, a medida que se profundizan sus líos judiciales. Los pequeños donantes son los que han sufragado los altos costos de la defensa del expresidente. Sólo en los últimos tres meses, los fanáticos de Trump, con sus aportes, pagaron 30 millones de dólares en honorarios de abogados.
Mientras tanto, Biden parece un buey cansado y a veces torpe, agobiado por su apoyo irrestricto a Israel y el genocidio en Gaza –que le está costando el respaldo del electorado más joven– el impacto de la inflación y su incapacidad para comunicar, de manera efectiva y convincente, sus evidentes logros económicos. Pero apenas arranca el año, y también la campaña presidencial. El camino es culebrero.
Y lo que han dejado en claro las votaciones iniciales de las primarias republicanas es que hay una franja importante del electorado republicano e independiente que no vota por Trump y prefiere a Biden. Eso no significa que el trumpismo, con sus impulsos fascistas, domine la agenda republicana, tenga la capacidad de alinear a representantes y senadores con Trump, y sea una fuerza electoral imbatible en las filas ultraconservadoras. Sin embargo, una encuesta de la Universidad de Quinnipiac –uno de los sondeos más serios de las tendencias políticas en Estados Unidos– registró que se agranda la distancia entre las mujeres que simpatizan con Biden y rechazan de plano a Trump: 53 % contra 41 %. Es claro, además, que un 25 % de los republicanos no apoyaría a Trump si llega a ser condenado.
Por lo tanto, no hay que amarrar las bestias antes de tenerlas.
El pillo anaranjado, que ha sabido salirse con la suya durante 50 años de líos judiciales, no es como lo quieren pintar algunos analistas. No tiene la victoria asegurada. Su situación legal, eso sí, está poniendo a prueba el sistema judicial y político de este país. Un sector importante del electorado no lo quiere, no está infectado de fanatismo, y busca de una vez por todas superar la propuesta autoritaria y corrupta del trumpismo.
¿Y si gana? Sería una estruendosa derrota no sólo para el Partido Demócrata sino para la institucionalidad del país, y hablaría muy mal del electorado promedio gringo, que no habría tenido empacho en llevar de nuevo a las cumbres del poder a un comprobado delincuente, con claros impulsos dictatoriales y una desestabilizadora sed de venganza.
