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MIAMI, FL.- En la Casa Blanca se ha anidado una mentalidad mafiosa. Pero no porque en su interior haya traficantes de coca o de fentanilo. Es algo más sofisticado: es una empresa criminal que está manipulando los mercados petroleros al socaire de los anuncios del presidente
Según lo denunció el senador demócrata Chris Murphy, el lunes 23 de marzo, a las 6:50 a. m., y a casi un mes de iniciada la guerra contra Irán, hubo un movimiento inusual en el mercado del oro negro: se registraron transacciones por 580 millones de dólares, una situación bastante rara a esa hora del día. Las personas que hicieron esas jugadas sabían de antemano lo que Trump iba a anunciar en su red social: que no seguiría con la idea de bombardear la infraestructura energética de Irán y que se enfocaría en las negociaciones de paz.
El efecto de ese anuncio es que el precio del petróleo se desplomó y, por lo tanto, los que apostaron a sabiendas de lo que iba a decir el presidente se llenaron los bolsillos de dólares en cuestión de minutos. “Y sabemos exactamente lo que pasó, porque los que negociaron eran miembros de la familia Trump, o gente que trabaja en la Casa Blanca, o tal vez corredores de bolsa que recibieron una llamada de un amigo con conexiones en el gobierno que les pasó el dato de lo que iba a decir el presidente”, según lo reveló el senador Murphy en su cuenta en X.
Aquí no termina la corrupción. Sus tentáculos son extensos y abarcan una cantidad inmensa de instituciones gubernamentales y personas relacionadas de manera directa con las altas esferas del poder. Por eso el exvicepresidente Al Gore no dudó en llamar al régimen impuesto por Trump “el gobierno más corrupto en la historia de Estados Unidos”. Y creo que el veterano dirigente demócrata se quedó corto.
Durante cerca de un año, ProPublica —una organización digital de periodismo investigativo— pudo recolectar un paquete de más de 3.000 documentos —que fueron publicados hace un par de semanas— “en los que se detallan las finanzas de 1.500 funcionarios nombrados por Trump, entre quienes hay excabilderos, altos ejecutivos y otros funcionarios que no quisieron dar a conocer quiénes eran sus antiguos clientes”, según lo señaló el medio digital.
Estas miles de pruebas de una podredumbre rampante en los pasillos del poder trumpista dejan al desnudo “una red de lazos financieros entre altos funcionarios gubernamentales y las industrias que deben fiscalizar. Esas relaciones han generado escrutinio porque Trump desmanteló todas las salvaguardas éticas diseñadas para evitar conflictos de interés”.
ProPublica documenta una corrupción que va de 20.000 a 48.000 millones de dólares.
El Congreso, en este momento, es un enorme monumento a la indolencia y la complicidad. Sus mayorías trumpistas circulan impávidas por el capitolio, como si nada estuviera pasando más allá de sus narices. El Departamento de Justicia y la fiscalía —ahora con un fiscal encargado, quien fuera el abogado personal de Trump— están concentrados en perseguir a inmigrantes, y poco les interesa investigar esta cadena de delitos generados en las cuatro paredes de la Oficina Oval, donde despacha esta peligrosa caricatura de gánster.
Esa impunidad con la que actúa explica, en gran parte, la otra cara de la empresa criminal: la guerra.
El Padrino, el gran timonel de la presente ola de torcidos, está sitiado. Al calor de sus delirios de grandeza, sus improvisaciones y su profunda ignorancia, nada le está saliendo bien. La guerra contra Irán ha sido, desde el principio, un desastre colosal, motivado por una mentira tras otra que recuerda la manera irresponsable y criminal en que Trump manejó la pandemia del COVID-19.
Hasta el momento, no es claro el objetivo último del ataque militar a Irán. Lo que sí queda en limpio, no solo para el estadounidense de a pie, sino para el resto del mundo, es que la gasolina está, en promedio, a cuatro dólares el galón (y puede subir mucho más), que la economía mundial puede entrar en recesión, que el Medio Oriente se convirtió en un polvorín, y Netanyahu, el gemelo de Trump en Israel, encontró la oportunidad perfecta para empujar a Estados Unidos a una guerra por la que había esperado 40 años de intentos fallidos con sucesivos presidentes gringos.
El estrecho de Ormuz está cerrado y en poder total de los iraníes; los países europeos han terminado por desconfiar a fondo del régimen de Trump y de la mayoría republicana en el poder, y, por lo tanto, decidieron no apoyar la aventura militar neoimperial, cada vez más incierta y desestabilizadora.
Todo esto ha dado un resultado concreto y esperanzador: la popularidad del presidente está en sus niveles más bajos (solo el 38 % lo apoya, de acuerdo con las últimas encuestas) y le va muy mal en casi todo: en el manejo de la economía, de las relaciones internacionales, del tema migratorio, del conflicto con Irán.
Y si bien sus acciones más grotescas siguen en total impunidad, los tribunales de justicia le han dado golpes certeros. El martes de esta semana, varios fallos debieron de haberle rebotado la bilis. Un juez rechazó la inmunidad presidencial en relación con la toma criminal del Capitolio el 6 de enero de 2021 y declaró que Trump puede ser considerado responsable por la violencia ejercida por la turba que buscaba abortar la certificación del presidente electo, Joe Biden.
Ese mismo martes otro juez declaró ilegal el decreto en el que Trump acababa con la financiación, con dineros de los contribuyentes, de la radio (NPR) y televisión (PBS) públicas. El fallo del tribunal consideró que había una violación clara de la Primera Enmienda (que garantiza, entre otras cosas, el derecho a la libertad de expresión), pues el presidente cancelaba esa ayuda federal motivado por una actitud discriminatoria y de venganza. Y para cerrar el día con broche de oro, la justicia le frenó en seco la construcción del salón de recepciones, un proyecto ilegal que tiene desquiciado a este aprendiz de emperador. Destruyó el ala oriental de la Casa Blanca, sin permiso de nadie, y ahora la ley lo obliga a que ese salón pase por el estudio y la aprobación del Congreso.
Como nunca antes en la historia de Estados Unidos, el mundo está pendiente de lo que ocurra en las elecciones de mitad de término (de mitaca) de noviembre. Es la oportunidad única que tendrán el votante y esta democracia golpeada por todos sus flancos para ponerle controles claros y fiscalizar a fondo a El Padrino y su empresa criminal. Por supuesto, está tratando, por todos los medios, de alterar el sistema electoral. No es nada fácil y se estrellará de nuevo con las cortes. ¿Y los demócratas? Navegan en medio de corrientes encontradas. La pelea electoral apenas comienza.
