CARTAGENA.- Nadie aprende de la experiencia ajena. Por eso, los ilusionados con el teletigre, con el patán de Abelardo de la Espriella, no quieren ver que elegirlo tendría serias consecuencias para la estabilidad democrática del país. Sería un salto al vacío, y abrirle la posibilidad de un ataque a mano armada contra las instituciones del país.
Algo parecido a lo que está experimentando, en estos momentos, Estados Unidos. Llevó por segunda vez a la Casa Blanca a Donald Trump, y ahora no pueden estar en su peor momento las familias trabajadoras y de clase media, que ayudaron a elegir con su voto a un autoritario ignorante que tiene al país hundido en la carestía, precios incontrolables de la gasolina, inflación, y una guerra en Irán que ha resultado un fiasco geopolítico y una hemorragia financiera que podría llegar a más del billón de dólares.
Para no hablar, por supuesto, de la profunda corrupción del gobierno trumpista y de su criminal política antiinmigrante, que ha dejado una secuela profunda de dolor en millones de familias a lo largo y ancho de ese país. Varias voces alertaron sobre los enormes peligros que significaba tener de nuevo al orate anaranjado en el poder, pero pesaron más las promesas mentirosas del entonces candidato republicano, y el desespero de esos mismos que, ilusionados con la posibilidad de elegir a un “empresario”, a un “líder con puño de hierro”, terminaron peor que hace cuatro años, con familiares y amigos deportados, y una situación económica precaria.
El teletigre es hábil, como su modelo gringo, y está jugando con uno de los anzuelos más efectivos: pintarse como el antisistema, el antipolítico, el salvador de los pobres que se ha hecho multimillonario a pulso. Nada de eso es cierto, a excepción de que ha construido una fortuna defendiendo a bandidos de todos los pelambres. Al igual que el histrión que ahora hunde a la primera y única potencia global, de la Espriella no tiene nada que ofrecer distinto a un espectáculo barato que desprecia al votante, y la receta clásica del populista fascistoide: bala ventiada, soluciones de fuerza, autoritarismo sin atenuantes, alianzas sin escrúpulos con todos los que han desangrado a Colombia por los siglos de los siglos, y una actitud servil ante la empresa criminal anidada en estos momentos en la Oficina Oval.
Hablar de Iván Cepeda como la otra cara del teletigre, el “otro extremo”, no sólo es de una increíble pereza intelectual, sino también una deliberada simplificación para tratar de posicionarse como “el centro”. Por eso, tal supuesta opción política está quemada. No corresponde al momento histórico que vive Colombia.
Porque aquí estamos hablando de dos concepciones de país, dos maneras de entender los graves problemas que nos afectan, desde la guerra larvada, hasta la desigualdad profunda y el olvido secular de las regiones. La elección de Petro, y todo lo que ha significado como ruptura histórica, cambió los ejes de la política. Cambió a sus protagonistas y abrió las compuertas a una participación real de los excluidos de siempre del poder.
Ni el neouribismo de Paloma Valencia, ni el uribismo clásico y cerril de Abelardo de la Espriella responden a las nuevas demandas de un pueblo que quiere respuestas reales. Y el centro, entonces, no es más que una ficción que, de manera terca, siguen acariciando Sergio Fajardo e, incluso, Claudia López, quien habla, además, de construir una centroizquierda socialdemócrata, lejos del uribismo y del petrismo.
Fantasías políticas de esta Colombia tumultuosa, esperanzadora, que se encuentra en uno de los momentos más críticos de su historia reciente: votar de manera irracional por la prolongación de la guerra (la gran matriz que determina, como nunca antes, desarrollo económico o estancamiento no solo en las grandes ciudades sino en los territorios martirizados por una violencia secular) o apostarle a la consolidacion de una sociedad democrática, moderna, más igualitaria, con la capacidad para entablar un dialogo interno entre diferentes, y una relación de respeto recíproco con este peligroso neoimperialismo trumpista.
Aquella frase legendaria de que al país le va mal pero a la economía le va bien, ya no funciona de ninguna manera. El votante dejó de aceptar como algo normal o inevitable que una ultraminoría privilegiada recibiera los beneficios de un sistema cerrado. Y es claro que hoy si no hay estabilidad, paz, no hay posibilidad de construir una economía que llegue de verdad a todos los rincones de la nación.
Nadie, pues, aprende de la experiencia ajena. El teletigre decidió disfrazarse de naranja para engatusar ingenuos o desesperados, como lo hizo su corrupto modelo en Estados Unidos. La mansa paloma del uribismo ahora juega de moderada, pero su mirada, al final, es la misma de siempre: la respuesta militar, monocorde, como prioridad. Es claro el dilema: la insistencia porfiada en un camino de paz —con todas sus dificultades— o volver a lo mismo de antes, pero peor.