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Miami — Con la llegada de Trump a la Casa Blanca, lo que ha habido en Estados Unidos ha sido un envenenamiento colectivo. Pero no por una extraña sustancia esparcida de manera subrepticia por los enemigos externos de este país, sino por un explosivo coctel de fabricación nacional, bien conocido durante estos últimos cuatro años: manipulación, corrupción, mentiras, abuso de poder e incitación a la violencia.
Sustancia dañina que se ha vuelto letal por la manera como Trump ha utilizado las redes sociales (Twitter, sobre todo) para su propio beneficio. Lo grave es que el ataque directo de una turbamulta violenta, fascista, profundamente ignorante al corazón de la democracia estadounidense no se terminó el pasado 6 de enero, día inolvidable como lo fue el 11 de septiembre de 2001. Hay un sector de la población enloquecida por un presidente que durante 1.448 días, desde su tribuna digital y su enorme poder, ha llenado de grotescas falsedades la conciencia de millones.
Esa llamada “base” es la que quieren heredar los oportunistas y autoritarios políticos del Partido Republicano. Por eso no les importó ni siquiera que sus vidas y las de sus colegas, en el Congreso, corrieran peligro ante la amenaza de un grupo de obnubilados que siguieron las precisas e incendiarias instrucciones del presidente para tomarse por asalto el Capitolio. Seis horas después, cuando la policía retomó el control del famoso edificio legislativo y los congresistas continuaron con su tarea de certificar al presidente electo, 139 representantes republicanos y ocho senadores del mismo partido insistieron en objetar dicha certificación con argumentos que ya fueron invalidados por fallos de jueces estatales y federales, en 62 demandas sobre fraude e irregularidades que los demandantes no pudieron demostrar en los tribunales ni en la Corte Suprema de Justicia.
Mentir, torcer la verdad en aras de cultivar la “base” para futuras ambiciones políticas, fue la consigna y el combustible de la insurrección de los sectores más lunáticos de la política gringa. No pudieron consumar un golpe, pero estarán muy atentos cuando se presente una nueva oportunidad. La gran lección de este lamentable zafarrancho, que le dio la vuelta al mundo en segundos, es que cuando se habla de “madurez institucional y democrática” en realidad se está hablando de individuos.
“Las instituciones” son abstracciones que se vuelven de carne y hueso cuando los sujetos las ponen en movimiento para tareas dignas o dañadas acciones. Siempre se exaltó el espectáculo de la transición pacífica del poder en Estados Unidos. La civilidad y la decencia de los dirigentes de los dos partidos que se deseaban lo mejor e incluso el presidente saliente le dejaba al entrante una carta de bienvenida, escrita con su puño y letra, en la que le explicaba lo azaroso del oficio de ser presidente y también las recompensas que tiene cuando se ejerce de manera responsable. Esa tradición, entre otras tantas, se interrumpe con Trump, quien le deja a Biden no una esquela sino varias bombas de tiempo.
Una de ellas es el florecimiento de grupúsculos de extrema derecha, alimentados por una diversidad de estúpidas teorías de conspiración que podrían haber permeado a sectores de las fuerzas de policía. Hay una pregunta que el mismo Joe Biden se hizo: ¿cómo habría sido la actitud de esos oficiales desplegados para vigilar las instalaciones de Senado y Cámara si los protagonistas del despelote hubieran sido seguidores del movimiento Black Lives Matter? ¿Habrían tenido la misma laxitud y casi condescendencia que exhibieron con esos elementos extremistas (la gran mayoría blancos) que rompieron ventanas, irrumpieron en los recintos de la cámara baja y alta, en las oficinas de los congresistas, revolcaron papeles, destruyeron objetos y tuvieron todo el tiempo del mundo para irrespetar los símbolos de la historia democrática de esta nación?
Han quedado muy bien grabados en imágenes los desmanes de la policía durante las protestas por el asesinato de George Floyd, en mayo del año pasado, y también ha quedado constancia en video de cómo, por muchísimo menos que lo que hicieron los saqueadores del Capitolio, la policía ha agredido o asesinado a miembros de la comunidad afroamericana o latina. Más allá de este ofensivo contraste y diferencia de actitudes, queda el gran interrogante: ¿lo sucedido el pasado 6 de enero fue el producto de una acción bien planeada no sólo por los individuos que sitiaron al Poder Legislativo, sino por la participación y complicidad de miembros del gobierno federal?
Al momento de escribir esta nota, la agencia de noticias AP reveló que 72 horas antes de los violentos incidentes en Washington, propiciados por las arengas de Trump, la policía del Capitolio rechazó el ofrecimiento de refuerzos, por parte de la Guardia Nacional, en los alrededores del edificio. Y el día de los desórdenes, la misma policía que protege a los congresistas desestimó la propuesta del Departamento de Justicia de enviar agentes del FBI a repeler la acción de quienes querían abortar la última etapa de la certificación del triunfo del presidente electo.
El efecto devastador del trumpismo no desaparece el próximo 20 de enero, con la posesión de Biden. Todo lo contrario: los sectores golpistas y antidemocráticos del Partido Republicano —más de la mitad de sus miembros— tratarán de restringir la participación electoral de las minorías, a través de leyes estatales basadas en la mentira del fraude electoral. También buscarán hacer reformas para evitar que la autoridad de los jueces esté por encima del poder de los congresos estatales en disputas electorales.
Y es claro que si la Cámara de Representantes no hubiera sido de mayoría demócrata, los representantes republicanos, en alianza con sus copartidarios del Senado, habrían convertido a Trump en ganador de las elecciones por encima del triunfo de Biden en el Colegio Electoral y en el voto popular.
En estos días he oído decir a periodistas, analistas y líderes políticos que los hechos del pasado 6 de enero no son propios de una democracia “avanzada y ejemplar” como la estadounidense, sino de una república bananera. Perdón: el envenenamiento colectivo, que empezó en 2016, fue patrocinado por un dirigente inmaduro y enfermo, y seguido por la mayoría de un partido y sus simpatizantes. Cerca del 70 % de los republicanos creen que la presidencia de Biden no es legítima, fruto de una torcida maniobra electoral. Quedan cuatro años por delante para aislar al extremismo fascista y recuperar la confianza en una democracia tomada por asalto. La tarea es monumental para evitar que Estados Unidos adquiera los mismos rasgos de esas “seudodemocracias tropicales” alimentadas por políticos autoritarios, cínicos y corruptos.
