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16 Oct 2021 - 5:00 a. m.

Ese extraño animal llamado fama

MIAMI. - Cincuenta años después de su apoteósica ruptura, el otoñal Paul McCartney decide sacudir las cenizas de su viejo camarada, John Lennon, y desempolvar las miserias de la leyenda, esta vez al antojo del aterciopelado bajista de los Beatles.

Ha pasado ya medio siglo y demasiada agua, sangre, perfume y dinero bajo los puentes, y sin embargo el histriónico Paul decide echarle la culpa de la ruptura de la banda al que sin duda, para ese momento, ya sentía que ese animal de la fama era cada vez más indomable y, sobre todo, peligroso. ¿Qué importa, al final, quién se encargó de jugar el papel de mayordomo en la muerte de un grupo que ya estaba destrozado en su entraña, al ritmo tumultuoso de peleas, roces y choque de cuatro personalidades opuestas, y con sus complejidades?

Este noviembre, para el Día de Acción de Gracias, el canal Disney+ lanzará un documental de seis horas llamado The Beatles: Get Back. Lo dirigió Peter Jackson. Es el rescate de horas y horas filmadas durante las últimas sesiones de grabación de los llamados “Fab Four” en los estudios de cine Twickenham, en Londres. De ahí salió la película Let it Be, pero en la nueva edición hay imágenes inéditas y un deliberado objetivo: mostrar que no todo era mala leche, bronca y la impertérrita presencia de Yoko Ono.

En cualquier lugar público en el que se aparece McCartney hay conmoción. Antes de la pandemia, con sus 77 años entre pecho y espalda (un anciano, para los estándares del común de los mortales), llenaba estadios, daba tres horas de concierto y cantaba las viejas melodías en la escala original. Sus colegas músicos de los sesenta lo consideran un mito viviente, pero ya cuando quedaron zanjadas algunas peleas, y después de que cada banda reconoció el valor y el aporte musical de la otra, este narciso casi octogenario vuelve por sus fueros: afirmó en un reportaje para la revista New Yorker, que los Rolling Stones tocan canciones de blues compuestas por otros. Es decir, es un grupito de chiflamicas.

Y para completar, publicará un libro llamado The Lyrics, que contiene la historia detrás de 154 canciones compuestas por él, desde 1956 hasta el presente. Un detalle: les cambió la marca registrada de Lennon-McCartney a varias de esas composiciones para que, según él, se hiciera justicia. Quién pudiera creer que uno de los miembros sobrevivientes de un grupo que se inventó la cultura juvenil, que marcó el inicio de una profunda transformación cultural, que dejó un legado inmortal, esté todavía litigando, en su vejez de multimillonario, los créditos de la canciones compuestas hace casi sesenta años.

Esa bestia de mil cabezas – la pirotecnia de la fama- parece congelar la memoria en un pasado remoto. Simon and Garfunkel no pudieron superar viejos traumas de la época de compañeros de colegio. Ni de los tiempos en que eran el dúo más famoso del mundo, y también los más rencorosos e inseguros del planeta. Ya no se pueden ni ver. Igual sucede con Roger Waters y David Gilmour, de Pink Floyd, dos músicos que no han dejado de maltratarse en público ventilado todas sus rabias, que tienen más de cincuenta años de añejamiento.

A veces cree uno que la fama y el ego van por dos vías opuestas, aunque parezcan paralelas. Pareciera que el producto final fuera lo que, en síntesis, nos hermana a todos: la fragilidad de la condición humana. Que en medio de las luces y el estropicio de las multitudes, todo es un asunto de seres de carne y hueso. Una puesta en escena, una sofisticada labor de ocultamiento.

Veo, entonces, las imágenes de los Stones en escena en su concierto de hace cinco noches en Nashville, Tennessee: su nueva gira, con todas sus arrugas y achaques a cuestas, con su baterista – Charlie Watts – ya en los efluvios, con sus canciones de siempre, proyectando esa imagen de energía y juventud inverosímiles, tratando de hacerle el quite al tiempo, ese que no deja de ser implacable. No sé qué podrán sentir estos casi octogenarios frente a miles de personas, en estadios a reventar, que todavía gritan y se agitan y se abruman con el presente y el pasado, con sus obras de arte que no pasan de moda. Dicen que cuando salen de escena, cada uno toma su propio rumbo. Dicen que lo de ellos, hoy por hoy, es un asunto de business, de marketing. No se soportan, no son amigos, pero esa adrenalina de la muchedumbre a sus pies, del billete que corre a borbotones, de las entrevistas y el reconocimiento, eso es difícil de abandonar. Esa bestia implacable, además, parece que ha abierto un nuevo frente: la falsa sensación de inmortalidad.

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