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La irresistible tentación del pasado

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Sergio Otálora Montenegro
07 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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Algo que no ha podido entender el abigarrado número de candidatos que le disputan el poder al Pacto Histórico, es que el país cambió de manera profunda, no en su violencia secular, ni en sus enormes desigualdades, ni en la corrupción anidada en la entraña del Estado. Cambió en algo más sencillo y también fundamental: en la posibilidad real de elegir a unos dirigentes que de verdad le hablan a la gente, al votante de carne y hueso, al de las regiones, al de los barrios populares, al que encontró en el actual presidente y en su bancada parlamentaria una promesa de gobernar y legislar para los excluidos de siempre.

La popularidad de Petro, con un 54,5 % de aceptación según la última encuesta del Centro Nacional de Consultoría, no se da en el vacío. La lectura de los pulidos analistas políticos, de los líderes de opinión, de los enconados opositores ha subrayado, con razón, las improvisaciones, desaciertos y limitaciones del presidente y su gestión. Pero dicha lectura no concuerda con el sentimiento que hay en la calle. Y la prueba es contundente: Iván Cepeda sigue creciendo en apoyo a su candidatura presidencial. Sigue llenando plazas en todo el país con un estilo opuesto al caudillismo petrista y al populismo barato y fascistoide de Abelardo de la Espriella.

Lee los discursos, impresos en papel, como en los viejos tiempos. No es un destacado orador, pero, al parecer, lo que dice interpela, convence e inspira. Fue parte clave del cobre que peló Petro en temas críticos como el fracaso de la “paz total”, el incremento de la acción armada de las bandas criminales (eso incluye al ELN, por supuesto) y el acecho de una guerra larvada que ya se reduce a la lucha intestina por el dominio territorial, la minería ilegal y el narcotráfico. Falta, por lo tanto, que en los debates que tendrá que enfrentar, tanto con los otros candidatos como con los medios de comunicación, responda por lo que le corresponde en lo bueno, lo malo y lo feo del actual gobierno.

Es claro que la irresistible tentación del pasado, que marca a la mayoría de los aspirantes a llegar a la Casa de Nariño, no ha logrado calar en el electorado. Con seguridad, en las elecciones de mañana habrá compraventa de votos, clientelismo añejado en las canteras del antiguo monstruo bifronte liberal-conservador —hoy en día dividido en múltiples clanes regionales y caciques herederos de los viejos patriarcas del muñequeo— y, por supuesto, utilizarán la mentira y los montajes en las redes sociales para confundir y atemorizar.

No sé qué salga de ese espeso caldo de las consultas, pero lo que sí queda en limpio es que la derecha y su flanco extremista se han quedado sin un relato de país. Es lo mismo de siempre. Los mismos gestos, las mismas expresiones, el mismo sonsonete que, desde hace 200 años, viene repicando a sangre y fuego… hasta el momento en que el Pacto Histórico cambió la partitura. Ni siquiera Fajardo, el amo y señor del centro, ha logrado ponerse al día. Su diatriba contra la “polarización” y los “extremos” ya es más bien un disco rayado al estilo de las hermanitas Calle.

Porque los ataques a Cepeda se han quedado en eso: un largo chorro de babas. Desde el rancio “castrochavismo” que podría imponer si llega a la presidencia, hasta la caracterización de su perfil como el de un estalinista, bolchevique, que usa camisas de cuello Mao (ni siquiera Nerú), y destila comunismo ortodoxo. Nada de eso es verdad, a excepción de sus camisas sin cuello y de su larga trayectoria en el Congreso, donde se ha destacado por la altura de sus debates, la capacidad de enfrentar los ataques más agresivos e incluso miserables, y la fortaleza que ha demostrado para encarar las amenazas, los montajes legales y las calumnias del uribismo.

Ojalá que este domingo la gente salga a votar en masa y que sean derrotadas las maquinarias electoreras y pulverizados los clanes y mafias regionales. Si el sector progresista logra una victoria contundente, sin duda habrá un cambio importante en el país. Pero si la oposición logra un repunte, Cepeda tendría que responder una pregunta fundamental: si llega al poder, ¿cumpliría a fondo con los acuerdos de paz de 2016 —embolatados en la trastienda de la paz pestrista— y se comprometería a cumplir con la Constitución de 1991, en lugar de promover una asamblea constituyente? La premisa de la que nace esa idea, modelo 2026, es antidemocrática: como no fue posible hacer las reformas en el Congreso, dominado por liberales y conservadores de diferentes siglas y apellidos, ni tampoco sacar adelante una coalición que aprobara todas las propuestas de cambio, entonces hay que coger el atajo de una asamblea popular constituyente.

En Brasil, México, Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador ha habido alternancia de gobiernos de derecha e izquierda, sin grandes traumatismos, aunque sí agudos enfrentamientos. Si Colombia sigue transitando por el camino de la consolidación pacífica de una izquierda competitiva capaz de gobernar y legislar de manera democrática, será un salto enorme hacia la modernización de las instituciones colombianas. Es lo que uno esperaría de las elecciones parlamentarias y presidenciales: una ruta, no sin contratiempos, hacia la consolidación de una paz real.

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