En plata blanca, los debates presidenciales, hoy por hoy, no sirven para nada. Trump, por ejemplo, ganó solo uno que pasó a la historia como el más devastador para un presidente en ejercicio que buscaba la reelección. Fue ese horrible 27 de junio de 2024 cuando Joe Biden les dejó en claro a millones de televidentes que ya no tenía la capacidad intelectual de enfrentar, de manera articulada y combativa, a un contrincante mañoso, embustero y manipulador como el hoy presidente de Estados Unidos.
En tres debates presidenciales, Hillary Clinton pulverizó al exanimador de televisión en trance de convertirse en presidente. Pero en las urnas, en la elección de verdad, Trump dio la gran sorpresa y destruyó no solo las aspiraciones presidenciales de esa mujer capaz, inteligente y polémica, sino una manera de entender la política y el poder. Para no hablar de que, para las elecciones de 2024, y después de la accidentada renuncia de Biden a la reelección, Kamala Harris también le ganó el único debate que tuvo con su ponzoñoso rival, quien, una vez más, sorprendió por su capacidad para movilizar, y engatusar, a diversos sectores de los votantes estadounidenses.
Por lo tanto, la aguja de los electores no se mueve de manera dramática en la puesta en escena televisiva de los aspirantes a la presidencia. Tampoco los enfrentamientos mediáticos son un termómetro de la solidez, o debilidad, de una democracia. Son más un espectáculo para votantes altamente politizados, y tal vez ya convencidos de por quién van a votar, que un espacio de deliberación para informar a millones de televidentes sobre las propuestas de país de unas personas, más o menos normales, que buscan ganarse el premio mayor de tener las riendas del poder.
Que Iván Cepeda ponga condiciones y diga que quiere debatir sólo con la extrema derecha no lo convierte en un enemigo de la democracia. O en alguien que quiere excluir otras opciones políticas. La cosa es más sencilla: no quiere tener que lidiar con cuatro oponentes (la alianza por conveniencia de Valencia, De la Espriella, Fajardo y López) que querrán destruirlo con argumentos efectistas y calumniosos, y con la ilusión de recuperar el terreno perdido en la realidad de la batalla política en la calle.
“El centro” está furioso porque siente que el candidato puntero les ha hecho un desplante. Y por supuesto que Paloma Valencia quiere más aliados en la tarea de poner en su sitio al candidato presidencial del Pacto Histórico. Y Sergio Fajardo y Claudia López no quieren perderse la gran oportunidad de fajarse con “el candidato de Petro”, es decir, el amigo de mi archienemigo y, de paso, lanzarles algunas pullas a los alfiles del expresidente Uribe; Paloma lo considera su papá, y Abelardo su jefe natural, su inspiración.
Cepeda busca dejar en claro, además, que los extremistas y radicales son otros, no él, y quiere tener la exclusividad de lanzarles a los votantes independientes o indecisos el anzuelo de propuestas claras, sin las estridencias caudillistas de Petro, ni el maniqueísmo elemental de los que llaman “tibios”. El moderado, el del espíritu conciliatorio, es el candidato del Pacto Histórico, no los del “centro” que insisten en vender la teoría de los extremos. Y por eso el también senador Cepeda no los quiere en el mismo escenario con la extrema derecha. Es un asunto de estrategia política y electoral.
Al votante que vive de la economía informal, del rebusque de todos los días, o al que debe sobrevivir en regiones donde la violencia es cosa de nunca acabar, no creo que le importe mucho si hay o no debates por la televisión. Habrá, por consiguiente, los que voten por convicción, por intimidación, o por conveniencia, es decir, la compra y venta de votos. Esa población es la que quiere soluciones de verdad, una esperanza de mejoría económica real, alguien que no venga con el saqueo y la agresión de siempre, pero envuelto en promesas etéreas de ese país “donde quepamos todos”, el discurso de la mansa paloma del uribismo, modelo 2026.
Los debates presidenciales, por lo tanto, son una especie de mentira piadosa, un espectáculo político para iniciados, una puesta en escena de una engañosa civilidad cuando, en la realidad, los maestros de la calumnia y la mentira son los que han patrocinado y aupado la guerra desde siempre. No importa: si los candidatos llegan a algún acuerdo, y deciden medirse en los medios tradicionales y digitales, pues bienvenidos. Pero ahí, en ese riesgoso ejercicio de simulaciones, no está la esencia de una verdadera y profunda confrontación democrática.