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El señor resucitado de El Ubérrimo ha convertido su finca-latifundio (antiguo sitio de reclusión de alguien que aún tiene cuentas pendientes con la justicia) en un lugar de peregrinación: por sus predios está pasando lo más granado y corrupto del clientelismo local. Los señores de la tierra, de las maquinarias políticas regionales y del poder económico buscan hacer una santa alianza para las elecciones presidenciales de 2022.
No les quedará muy difícil cerrar un acuerdo. Habrá algunas diferencias burocráticas, algunas exigencias de equilibrio en el reparto de prebendas y puestos, pero en lo que sí tendrán plena claridad será en el objetivo último: mantener las riendas a todo trance, ante la posible amenaza de una coalición liderada por Gustavo Petro.
Y como ha sido claro en todos estos años, es en las regiones donde se produce y reproduce, a sangre y fuego, el dominio de las castas y de los grandes caciques electorales. Sin esa violencia sistemática, en parte financiada por el narcotráfico, no podrían gobernar. Si hubieran jugado limpio (es apenas una ingenua suposición) habrían sido derrotados en las urnas por dirigentes y líderes cívicos de gran arraigo popular. Pero los asesinaron y asesinan sin contemplaciones, y destruyeron y destruyen, a punta de masacres, la base que podría votar por ellos.
De sobra se sabe que eso de la “combinación de todas las formas de lucha” es ahora clara táctica y estrategia de la extrema derecha. “Del centro”, como se han autodenominado todos esos partidos y movimientos que han pescado en el río revuelto de la violencia. A nombre de esa supuesta moderación, de ese pausado ritmo de “cambios graduales”, sin sobresaltos, es que tenemos ahora el primer puesto en corrupción, una ola de asesinatos selectivos, en los que han caído activistas, defensores de derechos humanos, desmovilizados de las Farc, y una presencia de grupos armados, en zonas estratégicas del territorio nacional, financiados de manera directa o indirecta por las mafias del tráfico de drogas y la minería ilegal, entre otras.
Una nueva guerra, con una mescolanza de ideologías y de intereses muy específicos, en la que la pugna por el territorio se entrelaza con otros “servicios”: el sicariato, el cobro de impuestos al cultivo de coca, la producción y el tráfico de drogas ilícitas, la extorsión, la persecución e intimidación por parte de todas esas bandas de neoparamilitares más siniestras que las anteriores, pero útiles y eficientes brazos armados de ciertos poderes regionales.
Al mismo tiempo, ya está demostrado que el fraude electoral en Colombia, la distorsión de la voluntad popular se da, en gran parte, antes del escrutinio. La ñeñepolítica es una prueba contundente. El código electoral que está en proceso de aprobación en el Congreso es un gran interrogante frente al desafío que representan el crimen organizado y sus alianzas estratégicas con barones electorales y los amos de la tierra, en zonas donde el estado es sinónimo de plomo o indolencia, o los dos al mismo tiempo.
Las reuniones de El Ubérrimo – las que hubo y las que faltan- hacen que el debate sobre el llamado “centro” sea un inútil ejercicio intelectual al estilo del que se daba en los tiempos del ruido, cuando la patria boba de la izquierda discutía el sexo de los ángeles revolucionarios. Es, además, una distracción de las urgencias del momento: cómo ganarles las elecciones a los apóstoles del torcido santuario liderado por el expresidente Uribe.
Que los Char y otras yerbas del pantano estén en conversaciones cuando aún falta un año y medio para la justa electoral de 2022, es ya un síntoma de que sienten pasos de animal grande. El desprestigio de Duque es inmenso, al igual que la caída en la popularidad del exsenador y recién excarcelado.
En la mesa de centro se sienta una cofradía de viejos amigos y aliados. Ellos se definen como convencidos militantes de la democracia, de la ley y el orden. Incluso, si usted les pregunta su alineamiento ideológico, le dirán que no son ni de derecha ni de izquierda. Mientras tanto, sus adversarios (a quienes califican de enemigos, con todas sus dramáticas consecuencias prácticas) se atacan entre sí, se descalifican y hacen un esfuerzo sobrehumano para destruir todos los posibles puentes de unidad.
Tal vez en El Ubérrimo, como lo afirmó Iván Cepeda Castro en un trino, se haya sellado la alianza entre diferentes clanes políticos. Y ante semejante situación, vale la pena volver a citar al senador por el Polo Democrático: “Para mí la cuestión fundamental hoy no es si existe el centro. La cuestión básica es si en 2022, debido a la división de las fuerzas democráticas, triunfará la continuidad del uribismo que cada vez es más despótico y violento, en medio de una desastrosa situación social.”
Ojalá el 2021 sea un año para que las discusiones y debates, e incluso el necesario ejercicio de la oposición (como es el caso de Petro y su crítica sistemática a la alcaldía de Claudia López), abran el camino hacia el entendimiento de las fuerzas alternativas. Es ya un asunto de vida o muerte.
Motivo vacaciones esta columna reaparece el 9 de enero. Felices fiestas para todos. Ojalá el 2021 sea un año de esperanza, sin pandemia y con vacuna.
