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Nadie ha perdido o ganado

Sergio Otálora Montenegro

06 de junio de 2026 - 12:06 a. m.

Voces interesadas ya andan diciendo que Iván Cepeda no tiene nada que hacer: perdió la elección. Están creando un ambiente de triunfalismo —aupado por la muy oportuna y sospechosa publicación de la encuesta de Atlas Intel— en el que lo único que resta es esperar a que De la Espriella corone el 21 de junio y le dé la estocada final a la democracia colombiana.

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Por supuesto que todo ese deliberado esfuerzo es música celestial para los oídos de los sectores más reaccionarios y militaristas del país y para los poderes del gran capital que quieren ahorrarse la molestia de tener que negociar con un nuevo presidente de izquierda. Lo cierto es que, a la fecha, hay dos concepciones de país que se disputan el poder y la posibilidad de llegar a la Casa de Nariño. Nada está escrito, y los dos candidatos se encuentran en la dura brega por conseguir los votos que los lleven a la victoria.

Por ahora, Cepeda y su adversario pasaron a la segunda vuelta. El resto son especulaciones. Ninguno de los dos ha perdido o ganado.

Lo concreto es que De la Espriella está prometiendo tierra arrasada, bombardeos a diestra y siniestra, y ampliar un ataque militar que, en esencia, no sería sólo contra las bandas criminales, sino que afectaría, sin duda, a los sectores populares localizados en los territorios donde el Pacto Histórico tiene sus bases electorales y su poder político. No hay que olvidar que, a lo largo y ancho de 25 años de guerra sucia, se llevó a cabo el exterminio de una organización política de izquierda con el argumento de que era cómplice de la guerrilla.

Los paramilitares, aliados con los narcos, agentes del Estado, políticos regionales y terratenientes, fueron los encargados de ejecutar masacres y crímenes selectivos. La matriz de esa violencia está ahí, lista a ser activada en cualquier momento. Sólo falta la voluntad política para arrancar una nueva era de persecución a gran escala.

Ya no hay guerrillas que supuestamente buscaban tomarse el poder. Ahora lo que existe son organizaciones armadas con poderosos intereses en el narcotráfico y la minería ilegal. Pero hay un enorme movimiento popular que eligió al primer presidente de izquierda y obtuvo reivindicaciones históricas. Y ahora se está movilizando para llevar a la Casa de Nariño al segundo mandatario perteneciente al Pacto Histórico y la Alianza por la Vida. El progresismo sería entonces el blanco último si la extrema derecha fascista gana la segunda vuelta. De la Espriella lo ha dejado muy en claro: activaría las reservas del Ejército y crearía brigadas de civiles para combatir a los que llama “narcoterroristas”. Por ahí empezó Uribe y ya sabemos dónde terminó. A propósito: fue ratificada la condena de su querido hermano a más de 28 años de cárcel por pertenecer a un grupo paramilitar y por homicidio agravado.

Lo que parecería obvio no lo es: los sectores democráticos de todos los partidos, aquellos que no le jalan al autoritarismo ni a la prolongación indefinida de la violencia, debieran estar unidos alrededor de un acuerdo para evitar el triunfo de un líder antidemocrático que representa a lo más criminal y corrupto de la sociedad colombiana. El odio hacia Gustavo Petro y hacia algunos de sus aliados ha hecho que varios dirigentes (Sergio Fajardo y Claudia López, entre otros) pierdan la dimensión histórica de lo que significa despejarle el camino a una alternativa de destrucción sin precedentes en la vida política colombiana.

Nunca antes, ni siquiera en la era de Turbay Ayala, un candidato con ciudadanía estadounidense había amenazado con pedirle a Estados Unidos que cancelara las visas de personas involucradas en la supuesta compra y venta de votos en el Atlántico. Es decir, busca abrirle las puertas de par en par a la injerencia gringa en los asuntos internos de Colombia para obtener réditos políticos y, por supuesto, beneficios económicos. Hasta qué nivel podría llegar esa alianza perversa con un presidente de las agallas y la falta de escrúpulos de Donald Trump, es algo que debe inquietar a fondo a las conciencias democráticas del país.

Quedan dos semanas de intensa actividad proselitista. La primera arrancó muy mal por los predios de Cepeda. Por fortuna, desactivaron por completo el tema de la constituyente y el candidato y senador aceptó los resultados electorales. Pero Petro sigue errático, megalómano, caudillista, mesiánico y, lo más grave, está violando la Constitución. Es la gran debilidad estratégica de Cepeda. Su talón de Aquiles. Los peligros son inminentes. Mi esperanza es que los votantes de todas las corrientes políticas se pongan por encima de las mezquindades de sus miopes dirigentes y logren frustrar el proyecto fascista que, en mala hora, se convirtió en opción de poder.

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