MIAMI.- Hace cuatro años, antes del triunfo electoral de Gustavo Petro y el Pacto Histórico, los medios de comunicación locales del sur de la Florida, sus productores y periodistas, estaban en alerta roja, literalmente: un comunista podría llegar al poder en Colombia.
Por esos días, uno de los productores (de origen cubano y, como casi todos los periodistas en el exilio, exmiembro de la élite intelectual comunista de la isla) de uno de los canales de televisión de Miami —la MEGA— me invitó a hablar sobre esa posibilidad y me preguntó: oye, pero ¿cuál es tu posición sobre Petro? Por supuesto, me estaba midiendo el aceite. Y le respondí en consecuencia: tendría una posición equilibrada, explicando de dónde viene, por qué la izquierda podría llegar al poder y lo positivo que sería para la democracia colombiana que alguien distinto de los partidos y castas tradicionales, y además exguerrillero amnistiado, pudiera llegar a la Casa de Nariño.
Ni modo, no te puedo invitar, me dijo. Aquí todo el mundo anda súper preocupado. Lo que puede pasar en Colombia hace parte del plan político de La Habana, del partido comunista y de la inteligencia cubana para instalar a Petro en el poder. Yo solté una carcajada porque no lo podía creer. ¿Me estas hablando en serio? Sí, chico. Eso fue decidido hace tiempo.
Palabras más, palabras menos, ese es el discurso que se cocina desde hace más de cuatro décadas en las calles de la Pequeña Habana, en el Parque del Dominó donde pasan las horas los viejitos del exilio recordando su patria antes de la llegada del monstruo, y en los círculos intelectuales y políticos más reaccionarios de Miami. Es sencillo: los triunfos electorales de la izquierda en Latinoamérica, los movimientos sociales y las guerrillas, fueron y han sido manipulados, inspirados y financiados por la mano larga de Fidel, el Che y, ahora, por sus herederos políticos e ideológicos.
El Departamento de Estado y su secretario, el cubanoestadounidense Marco Rubio, acaban de poner en negro sobre blanco todas esas fantasiosas teorías que vienen de la Guerra Fría y del anticomunismo más cerril. En un reporte de más de cien páginas, tratan de demostrar y, además, concluyen que todos los partidos, movimientos progresistas y grupos insurreccionales del continente, de Estados Unidos y del resto del mundo (incluidos Siria, Palestina, Angola, Mozambique y Etiopía) responden y respondieron a los planes de subvertir la civilización occidental y el capitalismo “por parte de la poderosa inteligencia cubana y su influencia ideológica”.
Como diríamos en Colombia, todo lo del pobre es robado.
Si no fuera por las consecuencias políticas e incluso militares que podría tener este informe, volvería a soltar una risotada como la que me provocó mi amigo, el productor de televisión. Para el Departamento de Estado de la era Trump, las manifestaciones en todo el país en respuesta al infame asesinato, a manos de la policía, del afroamericano George Floyd, en 2020, fueron orquestadas, manipuladas, inspiradas y, acaso, financiadas por la inteligencia cubana y sus sucursales en diferentes puntos del planeta.
En Estados Unidos, esas sucursales serían el partido socialdemócrata, las organizaciones sociales sin ánimo de lucro manejadas a control remoto desde Cuba, los profesores universitarios e intelectuales, cabezas de playa del anticapitalismo promulgado desde los laboratorios de lavado de cerebro de La Habana. Como solían decir los dictadores del Cono Sur en las décadas de los setenta y ochenta, todos esos líderes y movimientos son apenas una fachada que oculta las sórdidas intenciones del enemigo interno: léase los comunistas, en este caso infiltrados en la patria del Tío Sam.
El reporte de marras aparece en un momento muy particular. Para empezar, tiene un solo destinatario: Donald Trump. Con seguridad, Rubio debe estar muy preocupado de que el jefe, en sus desafueros e inconsistencias, termine dándole concesiones insólitas a la dirigencia cubana. Lo que quiere el secretario de Estado es bala: intervención militar. Él y sus camaradas pasarían a la historia, se reelegirían a perpetuidad y Rubio cumpliría su sueño: ser presidente. En segundo lugar, el auge de los candidatos progresistas que han derrotado al establecimiento demócrata en Nueva York y en otras ciudades del país. Volver a sacar el trapo del peligro “socialista” es muy rentable para movilizar al republicano raso, trumpista y latino de Florida. Tercero, y esto es vital: Trump ha atacado la base electoral de los congresistas cubanoestadounidenses, quienes se han elegido y reelegido hurgando en el dolor y el resentimiento del exilio cubano, venezolano y nicaragüense.
La intensa operación antiinmigrante y, sobre todo, antilatina que ha desplegado la Casa Blanca en todo el país, ha afectado en el sur de la Florida a miles de familias cuyos miembros han sido encarcelados, maltratados, humillados y deportados. En este momento hay alrededor de 500 mil inmigrantes, entre haitianos, venezolanos, sirios, cubanos, nicaragüenses, centroamericanos, colombianos y de otras nacionalidades, a la espera de ser expulsados del país.
Por lo tanto, para la delegación de la Florida en Washington, y su futuro político y, por supuesto, el de Rubio, una operación militar o un cambio de régimen en Cuba sería la tabla de salvación para congresistas como Carlos Giménez, María Elvira Salazar, Mario Díaz-Balart, que han vivido durante años del cuento anticastrista.
Sobra decir que no han movido un dedo en favor de sus votantes, que se han aliado con Trump en su política antiinmigrante y racista, y que, a nombre de la libertad y la democracia, buscan devolver a esta nación a las épocas más oscuras de la Guerra Fría y el macartismo. Queda muy claro: el secretario de Estado desempolva la doctrina de la seguridad nacional y del enemigo interno, ya no solo para el “patio trasero”, sino también para el consumo doméstico, bajo la égida del presidente más autoritario que ha tenido Estados Unidos en su historia.