MIAMI. - Hay una nueva calle con el nombre de Álvaro Uribe, esta vez en Hialeah, “la ciudad que progresa”: un populoso y dinámico enclave cubano y trumpista localizado en el noroccidente del Condado Miami-Dade.
El 94% de su población es hispana: la segunda concentración más grande de Estados Unidos. Y el 96 % habla español en sus hogares. Este 2 de noviembre habrá elecciones en ese municipio para elegir nuevo alcalde, y uno de los candidatos más fuertes es Esteban Bovo, que de su apellido no tiene un pelo. Es un hábil político profesional, en otro tiempo un republicano de centro, ahora convertido en un fervoroso soldado del trumpismo, con su santo y seña: la gran mentira del fraude electoral de 2020.
En la Álvaro Uribe Way se dieron cita Bovo y toda la extrema derecha de Miami y de Colombia (cómo no, con Pachito Santos a la cabeza), para celebrar la nueva calle en honor de su héroe: el expresidente, exsenador y ciudadano envuelto en serios problema legales, quien tuvo que hablar en videollamada, porque no puede salir del país.
Al actual burgomaestre de la ciudad, Carlos Hernández, lo desbordó la emoción, y se despachó una salva de superlativos: Uribe, “el mejor dirigente que ha tenido América Latina en los últimos cien años”, y “todos los latinos deberíamos estar muy agradecidos con el expresidente”. Si le preguntan a Hernández por los presidentes del sur del Rio Grande hasta la Patagonia en el siglo veinte, lo más probable es que cite a Javier Solís y Palito Ortega como dos grandes estadistas.
Todo esto no pasaría de ser un folclórico agasajo, con sombrero vueltiao y odas al mesías, si no fuera porque hubo delegación oficial del partido republicano en cabeza de su vocero nacional para la comunidad latina en Estados Unidos: el periodista colombiano Jaime Flórez.
Flórez también fue elocuente: “nuestro enemigo no está derrotado”, dijo, y a renglón seguido enfatizó que “El presidente Uribe fue nuestro muro de contención y gracias a él evitamos que la izquierda se apoderara de Colombia”. Eso de que “evitamos”, en pasado, que los “rojos” gobernaran en nuestro país, suena raro.
Y es raro, porque con toda seguridad los copartidarios del vocero republicano, en el sur de la Florida, repetirán en 2022 – en noviembre de ese año se celebran las llamadas elecciones de mitad de termino, en las que se eligen, entre otros muchos funcionarios, a senadores y representantes federales - la fórmula que emplearon con tanto éxito en las elecciones de 2020: los demócratas son comunistas, y para evitar que Colombia caiga en manos de esos “malandros”, y “se vuelva una segunda Venezuela” (¿les suena familiar?) hay que votar por republicanos aliados de Trump.
Pero el problema se complica cuando aquí -Estados Unidos- y allá- Colombia- se pone en escena una agresiva campaña de desinformación que utiliza las redes sociales (sobre todo WhatsApp) para confundir a los votantes, llenarlos de pavor y de rabia. No me cabe la menor duda de que después de las elecciones de mayo, y si Gustavo Petro logra pasar a la segunda vuelta, arreciará la campaña de manipulación. Aquí una figura como María Fernanda Cabal tendría el apoyo de los extremistas de los distintos exilios, y habrá de esperarse que, en medio del trajín electoral, incluso se consigan un comunicado de Trump exaltando las virtudes de la Bolsonaro colombiana, y su gran talento, como el del figurín naranja, para contener a los castrochavistas. Y, como siempre, la gran conclusión: los demócratas y los “mamertos” (como llama despectivamente Cabal a todo el que no piensa como ella) son la misma vaina.
Por lo tanto, la intervención del uribismo de allá en la política estadounidense será más que evidente. Ya parece algo irremediable que se agudizará si en Colombia sale derrotado el uribismo y se abre una opción clara de gobierno para los movimientos alternativos.
La derecha nacional está hiperfragmentada: el uribismo es tan decadente que su mejor ficha, al parecer, es la senadora Cabal, que tiene un índice de aprobación del 8% según la última encuesta de Invamer. Es de suponerse que los poderes regionales, de manera estratégica y mediante la corrupción, las alianzas con los narcos y la violencia, busquen sostener su hegemonía en el Congreso ante la posibilidad de no tener a uno de los suyos en la Casa de Nariño.
Tampoco ayuda un presidente tan lamentable como Iván Duque, que confirma la teoría de Antonio Caballero: en Colombia, cada presidente que elegimos es peor que el anterior. Pensábamos que con Andresito, habíamos tocado fondo. Pero al lado de este bravucón de mentiras –con falsete militarista– el hijo de Misael se ve como un brillante estadista.
Ya los uribistas de aquí, en alianza con el trumpismo cubano estadounidense de Miami, lograron que dos calles lleven el nombre de uno de los expresidentes más corruptos y sórdidos de la historia reciente del país. Pero la historia se encarga de ajustar cuentas: gracias a la JEP, que no pudo destruir el actual gobierno, Colombia no tendrá a la Corte Penal Internacional respirándole en la nuca por la impunidad ante crímenes de guerra y de lesa humanidad. Duque firmó un acuerdo en el que se compromete a fortalecer y financiar a la justicia especial para la paz, columna vertebral de los acuerdos de La Habana con la extinta guerrilla de las Farc. Ya con esto, señoras y señores, se le embolataron a Duque sus dos cuadras de fama en la Pequeña Habana.