Publicidad

“Realismo mágico” a la venezolana

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Sergio Otálora Montenegro
05 de septiembre de 2020 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Una intervención militar, una salida de fuerza como la que propuso María Corina Machado, fue calificada por Elliott Abrams —enviado especial de Donald Trump para Venezuela— de “mágico plan B”, e incluso citó a García Márquez y el “realismo mágico”. Y remató: “Al parecer lo que necesita hacer la oposición venezolana es el duro trabajo de organizarse”. Palabras más, palabras menos: hacer política.

Es decir, “organizarse en un trabajo con las bases”, como lo dijo el mismo diplomático estadounidense que durante el primer semestre de 2019 insistió, al igual que sus jefes en el Departamento de Estado y en la Casa Blanca, en que “todas las opciones están (estaban) sobre la mesa”, con lo que dejaba en el aire la idea de una posible acción de facto para sacar a Maduro —“el usurpador”— del poder.

Horas antes de las declaraciones de Abrams, el presidente de Venezuela concedió un indulto a más de 100 políticos opositores, encarcelados o no, o viviendo en el exilio pero con procesos legales abiertos. Por lo tanto, desde diferentes ángulos la oposición, tanto la radical como la moderada, quedaba perpleja, más dividida que nunca, ante dos hechos innegables: que el tío Sam no iría a su rescate y que Maduro tenía la iniciativa, mediante una inteligente jugada política.

Guaidó y sus aliados han dejado en su camino de fantasías insurreccionales e imposibles “operaciones quirúrgicas” por parte de los halcones de Washington, un reguero de acciones fallidas, torpezas increíbles y la clara señal de que se comportaban como el inútil de la familia que, al final, llega a la conclusión de que no es capaz de administrar su propia vida y requiere la ayuda de los demás. Me lo dijo en un evento de Trump en Miami, en el mes de febrero de 2019, uno de los lugartenientes del “presidente interino”: “No pudimos hacer esto solos, (es decir, tumbar a Maduro) necesitamos la ayuda internacional”.

Muy tarde, después de sanciones que han golpeado con severidad al pueblo venezolano, se dan cuenta los cerebros del Pentágono —que le apostaron a Juan Guaidó— de que la oposición es una desordenada y ambiciosa fila de incompetentes que se canibalizan con pasmosa facilidad y, desde hace 20 años, han jugado de manera torpe sus cartas contra el chavismo. Ahora está la perspectiva de las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre, a las que de antemano ya algunos califican de “fraudulentas”.

Henrique Capriles llamó a participar en esos comicios, al tiempo que Machado ve esa postura como una especie de “rendición”. Con gran realismo político, después de que sus camaradas lo han intentado todo para salir del actual inquilino de Miraflores y destruir al chavismo, Capriles afirmó que “se agotó lo que había, la agenda que se había presentado no dio resultado. Hay que abrir camino”, como lo reseñó El País de España. Y sentenció: “No le vamos a regalar la Asamblea Nacional a Maduro. Convoco a la gente a movilizarse”.

“Gobierno de internet”, bautizó Capriles a esa ficción que se inventaron el pasado enero de 2019, apoyada por 60 países, con Estados Unidos a la cabeza. Y fue más allá, a la médula del problema: “Hay una desconexión mayor entre la clase política y el pueblo en la calle”. Por “clase política” se refiere a todos los movimientos y partidos antichavistas, porque el partido de gobierno ha tenido unas bases muy sólidas, con decepciones y antipatías de un amplio sector golpeado a fondo por la crisis económica y política.

Tal vez algo le faltó decir a Capriles: los antichavistas subestimaron a Maduro. Hicieron una lectura frívola e inmediatista del gobierno, y les pudo más la ideología que los factores reales de poder. Desde 2014, con las manifestaciones opositoras en parte pacíficas, en parte violentas, con los llamados a la insurrección de los sectores más recalcitrantes, se profundizó la inestabilidad, y la clara victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias en 2015 no resultó en la posibilidad de una estabilidad democrática.

Hubo una razón de fondo: los chavistas nunca se imaginaron que perderían la Asamblea, y a última hora, de manera atropellada, a sólo días del relevo de poder, nombraron a 13 nuevos magistrados del Tribunal Supremo, muchos de ellos sin llenar los requisitos establecidos por la ley y, además, simpatizantes del chavismo. La idea, por lo tanto, era evitar que la mayoría opositora pudiera alterar la correlación de fuerzas dentro del TSJ, y con ello garantizar una corte casi en su totalidad simpatizante del chavismo.

Se presentó, por consiguiente, un choque de trenes entre el poder legislativo y el judicial. Varios diputados opositores fueron acusados de desacato por desconocer los fallos del TSJ, y de nuevo se paralizó el juego. Y otra vez gente en la calle, oposición y gobierno midiéndose cuadra a cuadra, y en el medio la violencia. Hasta el momento en que, con el argumento de un fraude electoral en 2018, se negó la legitimidad de las elecciones presidenciales de ese año que, entre otras cosas, tuvieron una menguada participación del 46 % del total del registro electoral. El candidato Henri Falcón no aceptó la victoria de Maduro.

Para este 6 de diciembre, el gobierno venezolano ha invitado a Naciones Unidas, la OEA, la Unión Europea y otras organizaciones a que sirvan de observadores de las elecciones. En una carta enviada al secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, el gobierno de Maduro explicó las garantías electorales que se han establecido para esos comicios. Qué tanto se cumplirán, qué tan transparente y confiable será esa justa electoral está por verse. Tal vez el reto esta vez es que gobierno, oposición y mediadores internacionales logren un acuerdo para que se reconozcan los resultados, cualquiera que sea el ganador.

Estados Unidos, a pesar del fracaso de su estrategia de sanciones con el fin de dar al traste con el régimen de Maduro, desestimó por completo los indultos con el argumento de que es una fachada para simular unas elecciones “libres y justas”. En realidad, Capriles, una vez más, dejó en claro, según El País, que mejorar las garantías electorales es parte de la lucha.

Gane o no Trump en las elecciones del próximo 3 de noviembre, ya es un hecho que el panorama político en Venezuela ha cambiado de manera significativa, y es evidente que Guaidó perdió legitimidad entre sus copartidarios y arraigo popular. Después de disparatados intentos de sublevación militar y de invasiones mercenarias, existe la posibilidad real de destrabar la terrible situación política y económica de Venezuela. Que haya esta segunda oportunidad, y que ese país logre una nueva era de estabilidad política, sería la mejor noticia para América Latina. Y el negocio más rentable para Estados Unidos, sobre todo si a la Casa Blanca llega Joe Biden. Lo importante aquí es que todas las partes jueguen limpio, antes, durante y después de las elecciones históricas de diciembre.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.