MIAMI. ¿La perspectiva real de que Trump vuelva a ser presidente es por la falta de pesos y contrapesos, por la debilidad de las instituciones gringas (el sistema judicial, sobre todo) o más bien porque este expresidente culpable de 34 cargos criminales (por ahora) ha creado una base electoral fanatizada, un ecosistema de matoneo digital y de medios tradicionales de extrema derecha que reproducen y amplían las mentiras, montajes y amenazas de un líder que logró liberar los monstruos anidados en el interior de gran parte de la dirigencia republicana?
Después del ataque al Congreso en Washington por parte de una horda salvaje de supremacistas blancos, fascistas, milicias y seguidores de Trump dispuestos a vengar la gran mentira del robo de las elecciones, quedó claro que el Partido Republicano –ahora con la marca Trump en su fachada– no es un partido respetuoso del sistema electoral, de las instituciones democráticas y de las reglas de juego –escritas y no escritas- que supuestamente eran aceptadas por toda la clase política estadounidense. Senadores y representantes republicanos en ejercicio, centros de estudio y organizaciones de abogados conservadores, magistrados de extrema derecha de la Corte Suprema, intelectuales, académicos, líderes de opinión y grandes empresarios decidieron legitimar el discurso trumpista y, por supuesto, a su líder venal.
Los grandes pilares de ese discurso son dos: hay una burocracia enclavada en lo profundo del poder dispuesta a entorpecer a cualquier dirigente que se salga de los parámetros bipartidistas (se supone que Trump es uno de ellos) y el aparato de justicia es utilizado por los demócratas y por Biden para impedir que el candidato de la oposición pueda ganar las elecciones. Es decir, las cuatro acusaciones penales contra el expresidente (federales y estatales) más los dos juicios civiles que ya perdió, con multas multimillonarias que debe pagar, son obstáculos creados por una justicia manipulada desde la Casa Blanca para entorpecer el camino de Trump hacia la victoria.
Nada de eso es verdad, por supuesto. Pero lo repiten a diario sus seguidores, sus aliados en el parlamento y los medios de extrema derecha, como Fox News. Cada vez la evidencia es más clara: una ola fascista, autoritaria, recorre de costa a costa la vida política de Estados Unidos.
¿Qué pasó, por qué un corrupto como Trump podría salirse con la suya y volver a la Oficina Oval?
Primero, algo que hay que entender es que este delincuente de cuello blanco ha sabido aprovechar muy bien los vacíos y las garantías de la ley, y le han ayudado, en el presente, jueces inexpertos como Aileen Cannon (de origen colombiano) que ha retrasado y enredado el juicio al expresidente por obstrucción a la justicia y tenencia ilegal de documentos secretos y confidenciales en Mar-a-Lago, la residencia de Trump y también club social, en Palm Beach, Florida. La Corte Suprema, con la mayoría ultraconservadora, también ha puesto su grano de arena en darle largas a la decisión de si Trump tiene impunidad absoluta y por lo tanto no ser juzgado por el ataque violento del 6 de enero de 2021 al parlamento, que él mismo incentivó y del que fue cómplice, como quedó demostrado en la investigación que llevó a cabo una comisión bipartidista del Congreso.
Segundo, nunca Estados Unidos había tenido un presidente con el vuelo delincuencial de Trump, dispuesto a violar todas la leyes y principios, y a deslegitimar las instituciones para mantenerse en el poder o salvarse del peso de la justicia.
Tercero, el Partido Republicano ha demostrado que no tiene límites. Con tal de mantenerse en el poder, acepta a un personaje que es la negación total del discurso conservador de la moral, las buenas costumbres, la preservación de la familia y el respeto a la ley y el orden. No le importa que sea el primer presidente, en más de 200 años de vida republicana, en ser condenado en un juicio penal y dos civiles, con aún otros tres casos criminales pendientes. Y, además, con dos juicios políticos de los que se salvó de ser removido de la Presidencia, porque las mayorías republicanas en el Senado lo salvaron.
Trump y sus aliados han despertado a los monstruos que parecían dormir bajo el sopor de la hipocresía de una dirigencia que aceptó y apoyó la segregación racial, el macartismo, la discriminación contra el inmigrante, la permanente obstrucción del voto de las minorías. Sin embargo, antes de Trump la franja lunática estaba bajo control -nazis, milicias armadas, evangélicos nacionalistas, supremacistas blancos– y los republicanos habían llegado a la conclusión de que debían tener un discurso más proinmigrante e incluyente.
Ahora, esa franja lunática se volvió parte del movimiento trumpista y, de alguna manera, la fuerza de choque de los republicanos. Los sectores democráticos se preparan para una posible avalancha fascista. La lucha no será fácil y se verá si esas mismas instituciones serán las que logren ponerle freno a la agresión. Pero no todo está perdido y todavía hay espacio para la esperanza. Es posible también la derrota del monstruo en noviembre, pero la batalla será muy dura y esta veta profundamente antidemocrática de la política gringa está dispuesta a todo. Ya lo ha demostrado.