MIAMI. - En los primeros seis meses de 2021, el comité de acción política del expresidente Donald Trump -Save America- recolectó la friolera de 82 millones de dólares. El motor de semejante cifra es uno sólo: movilizar a los republicanos con la mentira del fraude electoral de 2020.
Sí, los republicanos, quienes siguen a su corrupto líder y comparten la farsa del robo electoral y la ilegitimidad de Joe Biden. No es una minoría obnubilada. Es el 70% del resquebrajado partido de Lincoln. Y como si fuera poco, el comité nacional de esa cofradía de extrema derecha anunció que destinará casi dos millones de dólares a la defensa legal de su venal timonel.
El comité de la Cámara de Representantes que está investigando la insurrección del pasado 6 de enero, ha revelado con pruebas cada vez más contundentes, que Estados Unidos es un país maduro para el fascismo, o por lo menos, para una crisis institucional de grandes proporciones, de pronto adobada con sangre y plomo.
Lo que ha demostrado ese comité es que el violento ataque al Capitolio fue coordinado por miembros del círculo más cercano a Trump. Además, funcionarios de su gobierno diseñaron un plan para desconocer la voluntad popular; es decir, para dar un golpe de estado, sin la participación de las Fuerzas Armadas, las que ya estaban alerta por la conducta errática de su comandante supremo.
Además del billete recolectado por el comité de Trump basado en una falsedad - es decir, es una estafa a nivel nacional - hay un sector empresarial (AT&T y Home Depot, por ejemplo) y donantes muy poderosos que han financiado todas las iniciativas estatales que buscan crear las condiciones institucionales para sabotear el dictamen de las urnas en caso de que no favorezca los intereses políticos republicanos.
La gran tragedia institucional gringa, que se está cocinando desde hace cinco años, es que una de sus organizaciones políticas mayoritarias se convirtió en un reducto autoritario y racista. Como bien lo dijo Richard Spencer, exlíder de un movimiento que solía llamarse Alt Right (la derecha alternativa) en un especial de la cadena de televisión CNN, su movimiento desapareció porque el partido de Trump absorbió sus banderas de supremacismo blanco y de teorías conspirativas.
Toda la trama de destrucción de los valores democráticos estadounidenses tiene por supuesto grandes altoparlantes: un ecosistema de medios tradicionales, encabezado por Fox News, y digitales, liderado por redes sociales como Facebook, que se encargan de reproducir y centuplicar las noticias mentirosas sobre temas muy sensibles, uno de ellos la lucha contra la COVID-19.
Hay quienes dicen que hablar de fascismo en Estados Unidos es alarmista, incluso delirante, y que desconoce los pesos y contrapesos de un sistema que ha pretendido erigirse en modelo universal. El gran problema es que detrás de esos mecanismos de control hay personas de carne y hueso. Ellas fueron las que resistieron las presiones de Trump y sus aliados para torcer y falsificar los resultados electorales en estados en los que supuestamente debía ganar el presidente que buscaba la reelección. Tales mecanismos son los que están desmontando los congresos estatales dominados por los republicanos, y se están postulando para llenar posiciones clave con poder de decision en temas electorales, personajes de la entraña del trumpismo.
La prueba de fuego serán las elecciones de mitad de término de 2022. Y, por supuesto, las presidenciales de 2024.
El sistema jurídico de este país ha sido la línea de defensa de los intentos por destruir las reglas del juego establecidas hace más de dos siglos para llegar al poder. De 62 demandas presentadas por Trump y sus aliados denunciando fraude electoral masivo en varios estados en las elecciones de 2020, 61 no les dieron la razón. Sin embargo, ellos han insistido en argumentar que sí hubo trampa, contra toda evidencia, y sus falsedades y ataques son protegidos por la Primera Enmienda. En otras palabras: la profunda deslegitimación cotidiana de uno de los pilares de la democracia de este país está protegida por la constitución.
El pasado de violencia política que cobró vidas como las de Abraham Lincoln, John Fitzgerald Kennedy, Malcolm X, Bobby Kennedy y Martin Luther King Jr, es algo que pende como una amenaza. Los que se tomaron el Capitolio no estaban armados, pero ese intento no murió ahí. Aquí existen milicias armadas, protegidas por la Segunda Enmienda, que garantiza el libre comercio y porte de armas. En varios estados está permitido cargar fierros lagos o cortos a la vista de todo el mundo.
¿Qué tan lejos o cerca se encuentra esta única potencia universal en declive de experimentar una profunda crisis institucional motivada por un amplio sector de su sistema bipartidista que ha decidido jugar a desconocer los legítimos resultados electorales de sus adversarios?
¿A qué distancia estamos de presenciar cómo el adalid de la democracia, el que ha invadido países a nombre de unos supuestos valores eternos, podría experimentar el autoritarismo en su propio suelo?
Ojalá estemos muy lejos del fascismo y muy cerca de derrotarlo en las urnas. Ese el gran reto del 2022 en adelante.