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Terrorismo a la vuelta de la esquina

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Sergio Otálora Montenegro
11 de septiembre de 2021 - 05:00 a. m.
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MIAMI. Hace 20 años el terrorismo venía de afuera, de grupos como Al Qaeda. Y por eso, las medidas que se tomaron tenían ese sello que cambió el mundo para siempre: desde la invasión a Afganistán hasta las insufribles requisas en los aeropuertos alrededor del planeta. El gobierno de Estados Unidos creo el Departamento de Seguridad Interior y la Agencia de Seguridad en el Transporte para evitar un nuevo ataque como el que destruyó, en un día como hoy, las Torres Gemelas localizadas en el corazón de Nueva York, en el World Trade Center, y una parte del Pentágono.

Fueron cuatro aviones utilizados como proyectiles. Uno de ellos se estrelló en Shanksville, Pennsylvania, pero su destino era Washington, tal vez la Casa Blanca o el Capitolio. Cerca de 3.000 muertos dejó ese atentado terrorista, y una lucha sin cuartel que, cuatro lustros después, se ha convertido en una batalla interna, con otros protagonistas.

El terrorismo, por lo tanto, está ahora a la vuelta de la esquina. Ya no es asunto de lobos solitarios como el veterano de la Guerra del Golfo Timothy McVeigh, responsable de la bomba que destruyó, el 19 de abril de 1995, el edificio Alfred P. Murrah, en Oklahoma City. El poderoso artefacto explosivo que armó McVeigh con su cómplice, Terry Nichols, dejó 168 muertos, entre ellos 19 niños.

Hasta antes de las 8 y 46 minutos de la mañana de ese martes soleado del 11 de septiembre de 2001, el devastador ataque de Oklahoma City era el más grave que había vivido Estados Unidos. Los dos eran una seria amenaza a la estabilidad interior, pero en ninguno de los dos casos, más allá de las teorías de conspiración de siempre, hubo actitudes complacientes, complicidades o intentos por distorsionar los hechos. Tampoco hubo trabas partidistas en el Congreso para investigar lo sucedido.

El impacto de la insurrección del pasado 6 de enero en Washington, calificada por las autoridades como un ataque terrorista contra el Capitolio y contra la democracia, es más profundo y va a la misma esencia de las instituciones estadounidenses: el sistema electoral, la legitimidad del voto, el papel de la justicia y la lucha partidista. Durante varios años los republicanos han insistido, sin pruebas fehacientes, en la existencia de un sistemático fraude electoral.

Las elecciones presidenciales de 2020 y la gran ola de sospecha que forjó Donald Trump meses antes de la fecha de ese encuentro con las urnas fueron la perfecta excusa para que poderosos grupos, muy bien financiados, empezaran a trabajar en la tarea de crear leyes, en varios estados —los más importantes para los republicanos— para obstaculizar el voto, sobre todo de las minorías, o alterar el proceso de certificación de los triunfos electorales en los estados. En síntesis, la elección de Joe Biden podría ser la última en sobrevivir a los intentos de deslegitimación del partido contrario. Las condiciones están dadas para que los congresos estatales, de mayorías republicanas, puedan usurpar la voluntad popular bajo el pretexto de irregularidades en los procesos de votación.

Trump, en sus cuatro años de falsedades y manipulaciones, despertó y convirtió en actor político legítimo a la franja lunática armada, extremista, con una innegable vena terrorista, intoxicada con toda clase de teorías que pasan por encima y desprecian las decisiones de las autoridades legítimas locales, los jueces estatales y federales e incluso la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos.

El terrorismo, por lo tanto, es una bomba de tiempo sembrada en la entraña misma del sistema político de este país. Gracias a las redes sociales, al oportunismo político y a la ignorancia de una parte del electorado, llegó al Congreso, a nombre del Partido Republicano, un personaje tan despreciable como Marjorie Taylor Green, simpatizante de QAnon, esa secta que cree en que existe una sociedad secreta de demócratas pedófilos marcados por rituales de sacrificio de niños, sociedad incrustada en las profundidades del gobierno gringo. Ante semejante panorama apocalíptico, el único superhombre capaz de desmantelar esa red es… Donald Trump. Taylor Green representa esa tendencia loca en la Cámara de Representantes. Es congresista por el distrito 14 del Estado de Georgia.

Otra muestra clara de la radicalización y descomposición política de Estados Unidos es el caso de Rudy Giuliani. Pasó de ser el alcalde héroe de la ciudad de Nueva York, durante esas horas tenebrosas posteriores al ataque terrorista de 2001, a un energúmeno extremista, encargado de fabricar todo tipo de disparates relacionados con fraudes electorales en la elección de Biden, que no pudo demostrar en ninguna de sus demandas. El colegio de abogados de Nueva York le quitó su licencia y está demandado por miles de millones de dólares por inventarse irregularidades que no pudo sustentar en las cortes- con las máquinas de votación. Sus fabricantes, Dominion Voting System, buscan a través de una acción legal que el exalcalde pague 1.300 millones de dólares por daños y perjuicios.

Sin duda el llamado 9/11 es una herida profunda, que despertó nocivos nacionalismos, acciones militares de Estados Unidos en varios países, complicó el panorama en el Medio Oriente, y activó células terroristas islamistas en Europa, protagonistas de sangrientos atentados en Londres, Madrid y París.

Pero lo que nadie se habría imaginado, en medio de las ruinas humeantes del World Trade Center, de las cenizas que cubrieron a Manhattan, del sacrificio de policías y bomberos que dieron su vida por salvar las de los atrapados en las enormes moles que eran el símbolo de la opulencia y el poder de Estados Unidos, es que 20 años después ese pretendido modelo de democracia se estuviera derrumbando desde adentro, sin necesidad de aviones suicidas. Son los proyectiles letales de la desmedida ambición política y el extremismo semirreligioso.

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Alberto(3788)12 de septiembre de 2021 - 12:33 a. m.
Muy buena.
Hernando(84817)11 de septiembre de 2021 - 02:21 p. m.
Excelente su columna que señala las incongruencias de un sistema que como modelo de ciencia y desarrollo cientifico, se sostiene sobre un pensamiento fundamentalista que pretende contar con la verdad absoluta para imponerla al resto de la humanidad. Grandeza y decadencia es lo que vemos en este poderoso pais que se derrumba desde adentro.
Atenas(06773)11 de septiembre de 2021 - 11:18 a. m.
Y con este son sonoras carcajadas las q’ casi me tumban, tan ridículas y procaces son sus minúsculas opiniones. Entonces por qué no regresa, sencillo es; destino tiene varios, Cuba,Nicaragua o Venezuela, y hasta en el Perú, con ese folclórico Castillo Terrones….., no, no, no Miami y USA son admirables, ni por el pu….de ahí te vas.
  • daniel(84992)11 de septiembre de 2021 - 04:18 p. m.
    Un piojo criticando una peluca. Y vive en ella, lavando platos.
  • ERWIN(18151)11 de septiembre de 2021 - 01:01 p. m.
    que comentario tan primario ..la pregunta es?es cierto o no ..que imbecil
  • william(51538)11 de septiembre de 2021 - 12:31 p. m.
    Perdón, pero ante semejante columna, con una conclusión tan demoledora, los detritos de este individuo con ínfulas de sabiondo son de veras abominables.
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