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MIAMI.- En el año 2000, Al Gore, el candidato demócrata que competía con George W. Bush por la presidencia de Estados Unidos, aceptó su derrota por una diferencia de 500 votos y se tragó el sapo de la polémica intervención de la Corte Suprema que suspendió el reconteo de votos en Florida.
Gore era en ese momento también el vicepresidente de Bill Clinton, y reconoció la victoria de su oponente a pesar de los serios interrogantes políticos y legales que dejaba la decisión del máximo tribunal de justicia de no culminar la revisión de todas las papeletas electorales de unos comicios que se definieron en el Estado del Sol. La decisión de Gore de respetar el fallo de los magistrados se creía que era el resultado de instituciones maduras, y no de un político responsable y equilibrado que ponía por encima de su ego lastimado, las instituciones democráticas de su país.
En enero 20 de 2001, Bush tomó juramento como cuadragésimo tercer presidente de los Estados Unidos, y hubo una transmisión pacífica del poder, en medio de grandes dudas.
Pero aterrizó Trump de barriga en la vida política del país, con su lógica de mafioso sin cartel, sin armas, y sin métodos violentos, y saboteó de pies a cabeza las normas escritas y no escritas de los rituales y procedimientos del sistema político gringo. Desplante tras desplante, mentira tras mentira, ilegalidad tras ilegalidad, potenció lo que ya hacía parte del ADN del Partido Republicano: una colectividad antiinmigrante, racista, excluyente, simpatizantes de autoritarios y dictadores (de derecha, por supuesto), dada a restringir el derecho al voto, sobre todo de las comunidades latinas y negras.
El llamado “partido de Lincoln” es minoritario, y desde hace más de veinte años no gana el voto popular. En Estados Unidos, no llega a la presidencia el que obtiene la mayor cantidad de votos, sino el que logra la mayoría de los delegados en el colegio electoral. Y no se define por lo que vota el elector en los 50 estados, sino en los llamados estados péndulo o indecisos, es decir los que no son de absoluta hegemonía demócrata (California o Nueva York) o republicana (Indiana o Dakota del Sur).
La extrema derecha populista de Trump no sólo logró conectarse con las olvidadas zonas rurales, golpeadas por los acuerdos de libre comercio, sino con la clase obrera blanca empobrecida y en búsqueda de un chivo expiatorio. Trump, de manera natural, sin mucha dificultad, llegó con el discurso perfecto para movilizar en masa a los blancos: la decadencia no sólo era culpa de los demócratas -comunistas, ateos, elitistas- sino de los latinos, los invasores ilegales. El extranjero, en suma. “América tenia que volver a ser grande”, es decir, guiada por los valores de la hegemonía blanca y evangélica.
Pero a eso le añadió la estrategia de conquistar márgenes importantes de población latina y negra. Hoy por hoy, Trump tiene a su favor más del 30 por ciento de la primera, y alrededor del 20 por ciento de la segunda.
Lo más devastador de este experimento fascista y corrupto hasta la médula en Estados Unidos, liderado por un habilidoso presentador de televisión, y supuesto archimillonario, no es que haya convertido en normal a la franja lunática – neonazis, supremacistas blancos, líderes fanáticos evangélicos nacionalistas, las milicias armadas de extrema derecha – sino que desde 2016 este encantador de serpientes se haya encargado de minar la credibilidad y legitimidad de instituciones clave como las cortes y los jueces o el sistema electoral, con el argumento de que hay un “estado profundo”, una especie de secta de burócratas incrustada en lo hondo del poder, encargada de sabotear a los verdaderos líderes del pueblo…como Trump, por supuesto.
Y con ese discurso - tejido de mentiras y de teorías de conspiración – amplificado a diario por un ecosistema de medios de comunicación cómplices, por redes sociales repletas de tergiversaciones y manipulaciones, por una base que sigue al líder naranja como si fuera un mesías, y por una dirigencia republicana cobarde o cínica, ahora este país enfrenta la posibilidad de que, gracias una decisión de la Corte Suprema – de mayoría conservadora- los graves delitos cometidos por Trump puedan quedar en la impunidad.
Se suponía que los tribunales de justicia eran el contrapeso. Pero desde 2020, después del triunfo de Joe Biden, de la no aceptación de la derrota por parte de Trump y de un 70% del Partido Republicano, del rechazo explicito a los fallos de las cortes que no encontraron evidencias creíbles y sustentadas de fraude electoral, y del intento de golpe de estado armado desde la Casa Blanca, la legitimidad del sistema está en sus niveles más bajos. Con la ayuda de la dirigencia republicana, y de un electorado que decidió creer todo los disparates y engaños de su líder, Trump es el primer expresidente y candidato en la historia de Estados Unidos que pierde dos juicios civiles (uno por violar a una mujer y el otro por fraude a gran escala), con multas que se acercan a los 500 millones de dólares; tiene cuatro proceso penales en curso y 91 acusaciones criminales, y para sus seguidores y aliados políticos semejante situación no se debe a la conducta corrupta del expresentador de televisión, sino a la persecución política orquestada por Biden, y puesta en practica por unas cortes y jueces venales que buscan entorpecer la victoria del candidato de oposición.
Trump va a lograr la nominación republicana, sin mayores contratiempos, y a pesar de las pataletas de ahogado de Nikki Haley. Si logra coronar la presidencia, en el mes de noviembre, será uno de los momentos más tenebrosos de este país, y el efecto dominó en el resto del mundo es impredecible. Los mileis, bolsonaros, bukeles y uribes del mundo sentirán que tendrán en Trump al aliado perfecto para destruir la democracia a través del voto. No olvidar que a nombre de la democracia modelo que dice representar, este país ha invadido otras naciones y fomentado o patrocinado guerras. Un partido y la casi totalidad de sus dirigentes, busca coronar a un líder que ha destruido lo que era motivo de orgullo patriótico en Estados Unidos: el talento de su clase política para no caer en el pantano de una transmisión del mando violenta, caótica, y con manipulaciones grotescas del sistema electoral generadas desde las cumbres del poder, para sabotear o adulterar la voluntad popular en las urnas.
