Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
A COLOMBIA LA HAN OBLIGADO A escribir con la derecha, porque hacerlo con la izquierda ha sido pecado, delito, crimen, persecución, ostracismo y sentencia de muerte. El país es un zurdo contrariado: su vocación estaba a la izquierda, pero la violencia arrancó de cuajo esa posibilidad.
La historia, pues, se ha escrito con la caligrafía preciosista, artificial, de la derecha: todos nuestros presidentes, por ejemplo, han sido demócratas integrales, paladines de la justicia, padres amorosos, esposos leales y fieles. Escritores de primera línea, poetas clandestinos, cultores de la belleza. Paradigmas.
¿Por qué, entonces, se enquistó la violencia en todo nuestro tejido social? La letra elaborada, se altera un poco en su trazo cuando se busca dar una explicación: bueno, “somos” un país violento, lo llevamos en los genes, así hemos sido desde la Independencia. Claro, el sectarismo nos encegueció. Unos bandoleros, después convertidos en sediciosos, y por último en terroristas, acabaron con el país. Ellos, en últimas, son las causa, la razón, de nuestra penuria.
En esa historia larga de infamias, la zurda contrariada ha tenido que escribir su propio testimonio con letra patoja, en hojas sueltas, sin solución de continuidad, al desgaire, entre dolores inmensos, barbarie y fosas comunes. Su relato entrecortado, nos da cuenta de la pérdida de sus mejores hombres y mujeres. Los viene perdiendo desde hace seis décadas, de manera sostenida, sin interrupción. El exterminio del gaitanismo es el antecedente remoto de la casi desaparición de un movimiento de izquierda, con su dirigencia, su militancia y muchos de sus simpatizantes. Desde 1986, esta segunda ola ha sido una pesadilla que no termina.
¿Con semejante tradición, cómo puede la izquierda reescribir su propia historia? ¿Mantener su vocación de poder, sin olvidar de dónde viene, qué la determina, qué la inspira? ¿Sin borrar con el codo lo que ha logrado garrapatear con esa zurda contrariada?
El tema del capitalismo, por fortuna, parece hoy por hoy ocupar un lugar secundario en la discusión. Por lo menos en Colombia, la izquierda legal (la armada sigue soñando en un socialismo estalinista) no parece irritarle, como en otros tiempos, la libre empresa, la economía de mercado. La crisis financiera global le ha dado un segundo aire al Estado intervencionista, con dientes, defensor del interés común, después de la prédica neoliberal que buscaba limitarlo a editor de estampillas y billetes.
Pero el otro asunto grueso es qué hacer con el conflicto armado que nos viene ya de tan lejos. Aquí no puede haber dudas: un proyecto de poder alternativo debe generar las condiciones para un acuerdo político de largo alcance, que selle la paz y logre consensos fundamentales en la sociedad para que la tragedia de las armas no se repita.
Uribe no es una fatalidad, mucho menos un mesías, y debe ser derrotado en franca lid, por un frente democrático (en otras épocas, lo llamaban “popular”) en el que quepan los sectores progresistas de todos los partidos bajo un programa mínimo. El pueblo colombiano, en las urnas, al derrotar el proyecto de guerra de la seguridad democrática, debe abrir las compuertas para una paz definitiva con la subversión. ¿Estarían César Gaviria o Ernesto Samper dispuestos a suscribir un pacto en esas condiciones?
El Polo tiene por delante la tarea descomunal de ser opción real de poder, escribir su propia historia, con letra clara, de corrido, sin interrupciones, recordando que nada le ha sido fácil, que el sacrificio ha sido inmenso. Que su meta es la democracia de verdad. Escrita en letra de molde, sin artificios hipócritas.
