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Bienvenidos, pasen, acomódense, que ya casi va a empezar la primera función. Llevo toda la semana peleando conmigo mismo: no sé si escribir esta columna asumiendo que es la primera y que, por lo tanto, debo presentarme, hacer una pequeña explicación de quién soy y de por qué carajos estoy haciendo esto, o si, por el otro lado, mejor hago una columna que hable directamente de algo divertido e interesante, menos autorreferencial, de tal manera que cualquier lector desprevenido que me encuentre entre las miles de distracciones del día a día llegue a un texto con un poco más de sustancia que un “Mucho gusto, nos vemos la próxima vez”; que tal vez no diga “Qué ganas de leer su próxima columna”, sino “Qué bueno que me leí esta”. Ojalá diga las dos.
Supongo que no son del todo excluyentes, pero al mismo tiempo hay algo alrededor de las introducciones que es medio matapasiones. Nadie nunca se enamora de la introducción, y si es buena es porque lo que viene es mejor. Peor aún: si es lo mejor del libro, entonces no sé si sea tan buen libro. Entiendo que las primeras impresiones son clave —no crean que estoy escribiendo esto sin haberme bañado, arreglado, perfumado y puesto mis mejores pantalones para escribir—, pero también creo que a veces es mejor pasar de largo las formalidades e ir directo al juego. Pero claro, el movimiento de apertura siempre da algo de angustia, incluso si uno ya sabe jugar. Supongo que en este caso lo angustioso es la posibilidad de hacer el ridículo, de no estar a la altura de lo que uno se imagina que debería ser, de untarse de más o meterse de menos, de someterse a dejar constancia: que las palabras por siempre reflejen que me temblaron las rodillas o que me falló el juicio (como pasa a veces, solo muy de vez en cuando -quiero pensar que casi nunca, pero, mierda, solo se puede ser humano-). Quizás por eso se siente tan intensa la necesidad de explicar por qué se está hablando; de justificar por qué uno de esos tipos de Morat está escribiendo una columna y por qué se vale que escriba de lo que me dé la gana el día que me den ganas de escribir; quizás solo sea la ansiedad natural de abrir las puertas a mi cabeza y saber que no la he ordenado en un buen rato; el estrés de no saber si les dio risa de la buena o risa de la mala, y el doble estrés de saber que probablemente toda risa es buena y soy yo el que anda envidado; quizás sea por todo esto que odio tanto las introducciones.
Mi terapeuta diría que es el miedo a la vulnerabilidad, a no poderse esconder detrás de la ficción (aunque habrá ficción) o de un instrumento en escenario, pero mi terapeuta diría muchas cosas. Supongo que escribir sigue siendo como hablar: uno arranca tartamudeando, buscando las palabras, justificándose, pidiendo permiso, hasta que a uno se le quita la huevonada, se le olvida que tenía miedo y simplemente dice lo que quería decir, sea como sea que toque decirlo. Qué gonorrea (¿puedo decir esto en mi columna? Que esta sea la primera prueba de fuego). Además, yo soy de los que solo con empezar ya se les ablanda la lengua. Ya veremos hasta dónde. En cualquier caso, y por mi tranquilidad, si esta columna les pareció floja, tranquilos: apenas era la introducción.
