Debo decir que a veces me sorprende el miedo a los aviones. No porque no entienda lo terrorífico que puede ser caer de miles de metros en el cielo hacia una muerte casi segura en tierras desconocidas sin posibilidad de avisar ni despedirse —qué susto, ¿no?—. Pero para ilustrar lo extraño de este miedo a montar en salchichas voladoras de metal, quiero que se pongan en la siguiente situación:
Van en su carro a toda velocidad. Van con la ventana abierta (si es Bogotá está abierta solo a medias, por si acaso) y se están fumando un cigarrillo o disfrutando de su vicio de preferencia. Vienen cantando esa canción que aman tanto que no les importa que los oigan cantar mal. Van por la autopista y suena una notificación en su celular; de hecho, se toman unos segundos para revisarla, porque ven que es ese amigo que manda los mejores memes. Está buenísimo. Se ríen, luego graban una nota de voz en la que repiten la risa para que su amigo sepa que sí les pareció chistoso. Van tranquilos —si es en Bogotá rezando en silencio por evadir el trancón y el raponeo—. Como si nada, relajados, como si montar en carro no fuera una de las actividades cotidianas que a más personas mata en el planeta Tierra. Y eso que esas personas tampoco avisan ni se despiden.
Es interesante que seamos tan asquerosamente malos para evaluar los riesgos a los que decidimos someternos en nuestro día a día. A pesar de que montar en avión es muchísimo menos peligroso que montar en un carro (y si no me creen vayan y busquen). En el primero la gente suda, grita y llora, mientras que si eso pasara antes de montarse en un carro al mundo entero le parecería una exageración.
—Deja de ser tan exagerado, Juan Camilo—, le dirían al Juan Camilo de turno con su miedo muy racional y estadísticamente justificado a montar en carro, mientras le pasan un pañuelo para que se limpie las lágrimas, los mocos y el sudor. Pero no.
Nos toca convivir con nuestra propia incapacidad de juzgar la realidad por lo que realmente es y con siempre hacerlo por como sentimos que es, que es muy distinto. Supongo que la irracionalidad del miedo es parte de lo que lo hace miedoso. El miedo a los aviones, en mi cabeza, se parece cada vez más al miedo a la oscuridad. Tal vez es solo el hecho de que en el avión el timón lo tiene alguien más, y supongo que hay algo de orgullo y ego en morir por el propio descuido y no por el de otra persona. Tal vez eso hace que uno esté más dispuesto a correr ese riesgo. Todos creemos que podemos más de lo que en realidad podemos, y por eso suele ser inevitable jugarnos la apuesta. A veces el resultado es una obra maestra de la literatura, otras (muchas) veces es morir entre latón y pavimento.
Me da risa pensar que la humanidad sobrevive por número y no por aptitud, y sé que puede que yo muera también por sobreestimar mis capacidades —incluida la de sobrevivir a seguir fumando, o la de manejar un carro, o la de no ir a hacerme la revisión gastrointestinal que sé que me tengo que hacer. Igual me da risa.
La primera vez que pensé en esto fue casi en la oscuridad. Bueno, en realidad era una suerte de oscuridad a la inversa: estaba envuelto en una neblina densísima a 140 kilómetros por hora en una autopista en la Florida, en la que no se veía más allá de un par de metros de tu nariz. Yo iba manejando, para mi propia desgracia. Casi ni se sentía la velocidad; por eso iba tan rápido. Eran asientos VIP para una pared blanca y el asiento vibrando, como en cine 4D. Ese día me di cuenta, después de tres horas viendo solo blanco y sintiendo los otros carros zumbar al pasar a mi alrededor, de que en realidad tengo poco control sobre qué medios de transporte uso para llegar a los lugares a los que tengo que ir. ¿De qué me sirve asustarme si ni de mí depende? De hecho, se hizo obvio que no tengo control sobre casi nada de las cosas que me pueden matar. Igual decidí parar en una gasolinera, porque soy capaz de entender que nadie se muere en la víspera, pero solo soy estúpido cuando me es inevitable.