Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

La profundidad del mar y por qué no puedo asegurar que debajo de Bogotá no haya lo mismo

Simón Vargas Morales

20 de enero de 2026 - 01:26 p. m.

Seguro te ha pasado: Vas a la playa, el sol brilla, el cielo es azul, estás comiendo dulce de tamarindo y te acaban de hacer un masaje playero por tan solo 20.000 pesitos, de esos que “no vas a encontrar en ningún otro lugar”, y por el que a un gringo le habrían cobrado cinco veces más caro. De repente el calor se hace pesado, espeso, de ese que se escurre como miel desde el pelo hacia la cara, baja por el pecho, los brazos y cubre todo el cuerpo. Además, sigues lleno del aceite del masaje. Es hora de ir a nadar al mar, ¿a qué vinimos, si no a eso?

PUBLICIDAD

Las olas revientan contra tus tobillos, aprietas los dedos de los pies y sientes como la arena cede y se ablanda. El agua está fría, pero cualquier cosa mejor a derretirse con tu tío que decidió quedarse leyendo entre la arena y el sudor. Hay dos partes del cuerpo que te cuesta sumergir: primero la cintura, con todo lo que implica, y luego los pezones, que nunca disfrutan y delatan los cambios de temperatura. Pero perseveras y lo logras. Superas la prueba y empiezas a nadar con los pezones puntiagudos. Tu primo te reta a una carrera hasta la boya más cercana. Sabes que lo puedes aniquilar; tu primo ni hace deporte. Empiezas a nadar, pero unos metros después, por accidente, miras hacia abajo.

Bajo tus pies la luz intenta alcanzar el fondo, pero falla rápidamente. Ves el abismo. ¿A cuántos metros está la arena? ¿Es arena lo que hay debajo? ¿Acaso algo acaba de tocar tu pie? Te das cuenta de que estás más lejos de la orilla de lo que pensabas, que te vas a demorar en volver más de lo que te gustaría. En un instante visualizas el tamaño de aquello que podría estar debajo de ti sin que te dieras cuenta. Es enorme. Titánico. Apocalíptico. Sientes la electricidad que sube de tu dedo gordo del pie hasta tu coronilla. Quieres gritar, pero te da pena hacer el ridículo. Pataleas con angustia silenciosa para volver a la playa. Tu primo te grita desde la boya. Sabes que si aquello que habita en la oscuridad decidiera subir con la boca abierta, ni tú, ni tu primo, ni toda la gente nadando a tu alrededor lograrían saciar el hambre de semejante bestia.

Read more!

Es un ser de mitos y leyendas que, obviamente, viene por ti un martes a las 2:00 p.m. en Santa Marta. Llegas a la playa. La arena se te pega en el cuerpo mojado. Tu tío te recibe con una gaseosa aguada. Te preguntas si acabas de sobrevivir a una muerte macabra o si solo te envidiaste y dejaste que tu primo te ganara la carrera a la boya. Te lo va a recordar por siempre. Menos mal no apostaron. El recuerdo de ese abismo samario te acompaña el resto de tu vida. O bueno, a mí me acompaña desde entonces.

Estoy seguro de que les ha pasado. Si no en Santa Marta, en alguna otra playa por ahí. Si no era dulce de tamarindo a lo mejor eran cocadas. Es esa sensación de estar en la presencia de algo infinitamente más grande que uno; de que tu vida podría apagarse en un instante de fábula y fantasía. Obviamente, no va a pasar, ¿no? ¿No? Por favor que sea solo mi imaginación.

El fondo del mar es para mí la forma más rápida de sentir que hay algo infinitamente más grande que yo que podría controlar si vivo o muero mientras habite su territorio. Para algunas personas es dios, para mí es la imaginación mezclada con el agua turbia, la orina de turista y poca luz. Sé que no hay ninguna razón para asumir que hay algo ahí, pero al mismo tiempo mi cuerpo lo delata por instinto. Mi cabeza sabe que estoy siendo un loquito paranoico, pero mi cuerpo prefiere ser eso a ser comida de bestia mitológica.

Read more!

Con todo y eso, hay algo que me raya la cabeza: de la misma manera que siento que al flotar en el mar hay un ser gigantesco nadando debajo de mí, tengo exactamente la misma cantidad de razones para suponer que, a lo peor, si nuestra suerte así se juega, tal vez pasa lo mismo debajo de Bogotá.

Tal vez vivimos en la punta de un castillo de cuevas desconocidas. Tal vez el acueducto de Bogotá lleva años escondiendo una red de escondites debajo de nuestra ciudad. ¿Y si resulta que debajo de Bogotá hay un algo? Un algo tenebroso que en cualquier momento podría emerger de las profundidades. ¿Qué tal que solo esté esperando el momento apropiado? Tal vez se escuda en el hecho de que todos sospechamos del mar, pero nadie sospecha de las ciudades.

A veces me gusta jugar a extrapolar mis miedos. A veces Bogotá parece más apta como guarida de un dios apocalíptico que el mismo océano. A veces, incluso, pienso que, ya que todos vamos a morir de todas maneras, de pronto no estaría tan mal verle la cara a ese bicho que duerme debajo de Bogotá.

Por Simón Vargas Morales

Simón Vargas Morales nació el 24 de octubre de 1993, a la orilla de la luz, un día del censo en Bogotá, Colombia. Intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador. A veces lo logra, otras no tanto, pero siempre se divierte.
Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.