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Bogotá, 4:33 p.m. Domingo. Este es un almuerzo familiar como cualquier otro, y por eso es tan importante. En la mesa del comedor están mis hermanos cambiando monas del álbum del Mundial (peleando por cuántas vale Lucho Díaz) y estamos mi papá y yo hablando de política.
Hoy hay sancocho, un plato que me une con todo el país, como el Mundial, o como las elecciones. Me parece extraño cómo el momento de máxima división de Colombia convive con el momento de máxima unión y cercanía: las elecciones y el Mundial. Ambas vienen, además, del mismo sitio: las ganas de que a Colombia le vaya bien, de que la rompa, de que sea ese país con el que todos soñamos; que salga de la pobreza, la violencia y la injusticia y que, de paso, alcance la gloria de la Copa del Mundo. Claro, en uno de estos dos momentos participamos y en el otro solo apoyamos —y las opiniones le calientan las orejas a la gente—, pero no deja de ser sorprendente cómo en menos de una semana se puede pasar de los gritos de rabia a los gritos de celebración.
En el Mundial voy por la selección Colombia y en estas elecciones voy por quien defiende los derechos de las personas a las que amo, que son de muchos tipos entre amigos, familia y el resto del país. Al sancocho me gusta echarle limón, que entiendo es una decisión polémica con la que muchos podrían estar en desacuerdo, entre ellos mi papá, diciendo incluso que lo estoy arruinando por completo. Igual le pido que me lo pase, mirándolo a los ojos, y lo hace a regañadientes.
A la selección la defiendo pase lo que pase, sin importar cuántos goles se coma un jugador, cuántas faltas haga o si se llena de autogoles en el minuto uno del primer partido; a mi candidato de turno, en cambio, lo defiendo solo como la mejor opción, pero procuro recordar que los políticos son como las comidas super procesadas: suelen estar buenas al principio y vienen empacadas en bonitos colores, pero todas a largo a plazo, y en exceso, son perjudiciales para la salud.
Es más, le digo a mi papá, les podríamos poner las mismas etiquetas de nuestro mecato: exceso de azúcares (o ideales) o alto en sodio (o en odio). Ahora bien, prefiero morir por exceso de ideales que de odio. Hay gente que come sancocho de pescado, otros de gallina, hay otros golosos que se van de trifásicos —como mi tía Gloria, a pesar de su gastritis crónica—; hay gente incluso que se lo come sin proteína animal —como mi amiga Laura, que es vegana. Todo eso es discutible, todo eso se vale; para los gustos, colores; lo que no se vale es que por comer un sancocho distinto no podamos sentarnos todos en la misma mesa. Mi voto, de hecho, está definido por a quién invitamos al almuerzo familiar; no puedo votar por quien pretenda sacar a la gente que amo de la mesa en la que como, ni por quien permita dañar la tierra de la que sacamos el sancocho.
Me niego a enemistarme con medio país, menos con la mitad de mi familia. Es por eso que cuando me entran ganas de putear a mi papá por votar por uno u otro, trato de recordar que la política no es un juego de identidades, sino un juego de apuestas, que mi papá es un señor de 60 años con smartphone, que le llegan y manda cadenas de WhatsApp, que mi papá quiere lo mismo que yo —un mejor futuro para Colombia—, que se nos está enfriando el almuerzo y que de hecho lo amo profundamente con independencia de por quién decida votar. Además, quiero que mi hermanito vea que se puede hablar de política sin levantarse de la mesa.
—¿Quién va ganando el partido entre mi papá y tú? - me pregunta mientras pega milimétricamente a Lucho Diaz, que le costó diez jugadores y tres escudos.
Todos nos reímos.
—Los almuerzos familiares no se tratan de tener la razón— le digo. Se tratan de conocernos mejor y de amarnos en nuestras diferencias. Aunque, ya que lo preguntas, le di sopa y seco a mi papá.
Nos volvemos a reír. Mi papá me pide que le pase el limón.
Del otro lado de la mesa no quiero dejar de ver a mi familia o a mis amigos por ver oponentes electorales —y espero que ellos no dejen de invitarme los domingos por la misma razón. No vale la pena, le suma menos al país; soy más fácil de manipular cuando veo al otro como un monstruo con el que nada tengo en común. Peor aún: los almuerzos familiares son menos divertidos. No pretendo que uno sea tal cual el candidato por quien vota, pero para mí el voto sí es una pista del carácter. Igual confío en la bondad de la gente. Al final eres lo que comes, ¿no?
Quiero pensar que a mi alrededor se vota por permitir que todos sigamos sentados en la mesa del almuerzo —que ojalá cada vez seamos más con puesto, silla y voz— y no por hacer almuerzos cada vez más pequeños. Además, hay comida para todos y, muy para nuestra fortuna, este comedor es tan grande y diverso que le caben más de 50 millones de personas. Por eso voto con ilusión, porque, como decía un gran chef, “la ilusión no se come, pero alimenta”.
