Creo honestamente que es una característica esencial de la humanidad el siempre creer en algo que tiempo después la gente encuentre como absolutamente absurdo y desquiciado. No me cabe duda de que dentro de 500 años habrá alguien que mire para atrás y diga “¿En qué carajos estaba pensando esa gente? ¿Acaso los dejaban caer de chiquitos?”.
No sé qué sea y estoy tranquilo con que jamás lo sabré, pero estoy convencido de que hay algo de todo eso que creo sobre el mundo, sobre la forma en la que funciona el universo, sobre la naturaleza humana y las fuerzas que la gobiernan que algún día se verá tan absurdo como hoy vemos absurdo que en la antigua Grecia pensaran que un señor barbudo y fortachón lanzaba los rayos desde el cielo.
No me atrevo a decir qué pueda ser, en especial porque asumo que será algo inesperado, pero tal vez las moscas controlan el clima, o de pronto la brujería sí existe y se puede describir con una serie de ecuaciones matemáticas cuyas leyes aún no conocemos. A lo mejor nos enteramos de que somos en realidad el segundo animal más inteligente del planeta Tierra y que los delfines son más inteligentes de lo que creíamos (¡Sorpresa!).
No lo sé, pero imaginen lo exótico que le sonaría a una persona de la Grecia antigua que los rayos en realidad son causa de la interacción entre iones cargados eléctricamente en la atmósfera de la Tierra. Ya de entrada le tienes que explicar los iones, la atmósfera y la electricidad. Imposible. Absurdo. No le cabría en la cabeza. Si ni me cabe en la cabeza a mí. Zeus es sin duda una explicación más amigable (y esos pectorales).
Estoy totalmente seguro de que estamos en un lugar similar, solo que me es imposible decir cuál es esa cosa cuya naturaleza real nos elude y nos da vueltas sin que la podamos ver en realidad.
Hubo una vez, hace unos 600 años, un hombre llamado John de Mandeville. Este señor escribió un libro sobre sus viajes (que en realidad no hizo, pero ese es cuento de otra historia) que se llamaba “Los viajes de Sir John de Mandeville”. Él era muy bueno con los nombres, como pueden ver. Este libro hablaba sobre aquello que había encontrado al salir de la Europa medieval al caminar por esos lugares a los que no llegaban ni los mapas. Lo que decía haber encontrado eran, literalmente, monstruos. Hombres con la cara en el pecho, otros tirados en el desierto y cubriéndose del sol con pie gigante, mujeres peludas que habitaban en islas sin descubrir, gente con orejas tan grandes que las usaban como alas para volar, personas con cabeza de chacal o con mandíbulas tan grandes que parecían una olla de sancocho.
Y la gente le compró el cuento completito. Se comieron todo y chuparon el hueso. Durante muchos años, los viajes de Don John fueron la descripción real de aquello que había más allá del buen reino evangelizado por los discípulos del señor Jesucristo y sus secuaces con espadas. De hecho, el libro fue uno de los grandes best sellers del medioevo.
Esto resalta un tema que siempre me ha parecido interesantísimo, que es el de los criterios de verdad de cada momento en la historia. Si hoy sale la Universidad de Harvard, Stanford, la de Tokio y el Instituto Max Plank a decir que detrás de la luna hay un Renault Twingo que flota detrás de la luna con vallenato a todo volumen que nunca habíamos visto hasta hoy, hay una gran posibilidad de que todos les creamos (dejemos a los gringos por fuera, que ellos tienen sus propios conflictos en este momento).
Con esto solo quiero decir que el criterio de qué es verdadero en nuestros tiempos tiene que ver con la ciencia; en la Edad Media tenía que ver con dos libros llamados Las Autoridades. Uno lo había escrito Aristóteles y otro era de un tal Plinio el Viejo. Cualquier cosa que estuviera descrita en estos libros era entendida como verdadera. Y adivinen qué monstruos estaban escritos y detallados en estas autoridades…
Hoy en día pensar en esta descripción del mundo suena absolutamente absurdo, pero para esa gente era tan real como para nosotros lo son los rayos, los iones, la electricidad y la atmósfera. Solo hay que dejar pasar el tiempo. Ojalá pudiera vivir lo suficiente para poder saber qué es, pero sé que me va a tocar morirme con la curiosidad.
Esto solo es un ejercicio de humildad intelectual. Hay que tener claro que, ante todo, somos humanos, y que los humanos somos bien crédulos a veces. Seguro alguien se va a burlar de nosotros cuando estemos muertos. Y, ¿saben?, ojalá se ría mucho.