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Soy hincha del equipo con menos fans en donde me toque ver un partido

Simón Vargas Morales

12 de febrero de 2026 - 12:30 p. m.

Como todo niño colombiano al que no le gusta el fútbol, tuve que crecer rodeado con la expectativa de que de una u otra manera tenía que estar relacionado con un deporte en el que, con todo respeto, yo solo veo un montón de gente corriendo detrás de un balón.

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Y sí, yo sé que es que no entiendo las jugadas. Y sí, yo sé que es que hay una historia detrás de cada equipo, su hinchada y su camiseta. Y sí, yo sé que es un fenómeno que supera la racionalidad y que une a la gente en una misma causa y que llena las calles de festejos, gritos, harina y pitidos (para los que ganan, claro). Lo sé, lo sé. Pero no lo entiendo.

Y se los juro que intenté. Traté de jugar y me dolían los pies al patear el balón; traté de seguir a un equipo y lo que más me emocionó fue el apodo de “El ciclón bananero”; intenté jugar FIFA, pero la historia del juego era malísima; intenté lo suficiente como para estar tranquilo con que no era culpa del fútbol: soy yo, es toda mi culpa y no tengo problema con que así sea.

Una vez me di cuenta de que pretender estar interesado era inútil; me tocó empezar a lidiar con una realidad inescapable: me iba a tocar ver uno que otro partido de vez en cuando y, de poder escoger, prefiero no aburrirme. Tengo gente cercana que ama el fútbol y, por una u otra razón —por trabajo o descuido—, he terminado en mil lugares viendo partidos de equipos cuyo nombre no recuerdo. En todos esos casos me toca preguntarme: “bueno, ¿a quién le celebro el gol?”.

Al principio me pegaba del parche donde estuvieran mis amigos, pero rápidamente me di cuenta de que era más divertido ser del equipo con menos fans en aquel lugar donde me tocara ver el partido (dejo el estadio por fuera por razones de seguridad, como me han dicho siempre los conocedores a mi alrededor).

Hay dos razones principales, y con esto quiero intentar convencer a aquellas personas que viven en mi mismo bando de que se unan a este nuevo movimiento.

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La primera es que le suma más al ambiente, al lugar, si uno es el chivo expiatorio voluntario al que todo el mundo le puede restregar los goles en la cara. Al final, a mí ni me importa ni me duele; puedo jugar el papel de utilería de la obra sin mayor problema. ¿Árbol #6? Bueno, pues “Hincha #4”. Claro, si resulta que va ganando mi equipo, puedo disfrutar de uno de esos bellos momentos en los que las minorías le hacen afrenta a las mayorías opresivas. Casi como una metáfora de la política, que me gusta más que el fútbol.

La segunda razón es que es un ejercicio de pura y dura solidaridad. Ya me ha tocado acompañar a ese par de chilenos que terminaron en un bar en la ciudad de México viendo un partido entre México y Chile. Esto además usa el fútbol como un pretexto para algo que me gusta muchísimo más: conocer gente nueva y hacer amigos, incluso si es solo a través de una pasión prestada.

Como no-apasionado por el fútbol que vive en un mundo intensamente futbolero, creo que la optimización de mi rol en este juego está en sumar al ambiente y aprender a pasármela bien a pesar de tener que preguntar una y otra vez qué significa que alguien esté fuera de lugar.

Entonces sí, si me ven en algún lugar viendo un partido de fútbol, sepan que soy hincha del equipo que menos fans tenga en el lugar donde me toque verlo. Claro, excepto en el Mundial.

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Por Simón Vargas Morales

Simón Vargas Morales nació el 24 de octubre de 1993, a la orilla de la luz, un día del censo en Bogotá, Colombia. Intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador. A veces lo logra, otras no tanto, pero siempre se divierte.
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