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(Parte 1 de 5)
Cuando tenía unos ocho o nueve años, empezando el milenio, mi abuelo decidió que era hora de cambiar su computador y, de paso, cambiarme la vida. Él siempre había estado a la vanguardia de la tecnología y entendía lo titánico de lo que estas nuevas máquinas implicaban, entonces, cuando su computador viejo apareció en mi casa, llegó con una conexión a internet. Mi abuelo acababa de abrir un portal desde mi casa hacia el resto del mundo y hacia miles de mundos más que poco a poco se estaban formando en las profundidades del internet temprano. Mi abuelo se llamaba Enrique, para que le digamos por su nombre.
Enrique no contaba con que el único que aprendió a utilizar ese computador fui yo. No sólo tenía el monopolio sobre su uso, sino que además mi mamá me dejaba usarlo sin supervisión. Probablemente no entendía lo realmente salvaje que era el internet en ese momento. Y no digo salvaje por lo violento —aunque también— sino por lo poco estandarizada que estaba la experiencia de navegarlo para ese punto. Nadie sabía realmente cómo se usaba, entonces había de todo y para todos los gustos. Cosas hermosas, cosas podridas, cosas personales, secretos y aventuras, cosas cuya legalidad era nebulosa y otras definitivamente ilegales.
Lo único que me había dejado muy claro mi mamá era lo que a todos nos dijeron alguna vez: “No hables con extraños en internet. Te repito que no hables con extraños en internet. No les muestres la cara. No les des tu dirección. No les cuentes de tu familia ni les compartas tus más profundos secretos. No los acompañes cuando estén tristes ni permitas que te acompañen cuando tú estés muy feliz. No les recibas el feliz cumpleaños ni les des la Feliz Navidad. Jamás, bajo ningún motivo, te encuentres con ellos. No hables con extraños en internet, pero sobre todo no hagas amigos en internet". Ni Enrique ni mi mamá contaban con que eso fue lo primer que hice.
Bueno, en realidad lo primero fue ver ánime. Había visto algunos capítulos a escondidas (lo pasaban en televisión después de mi hora de dormir) y me había parecido increíble. Rápidamente me encontré navegando con otros piratas del internet. En ese momento no había cómo ver fácilmente el ánime que estrenaban en Japón; sólo lo más grande se doblaba y se pasaba por televisión. Si querías lo nuevo y lo raro tenías que ver versiones piratas con subtítulos hechos por colectivos de fans.
Era una labor social intensa. Esta gente se organizaba entre voluntarios que supieran japonés y edición de video y subtitulaban la gran mayoría de los que se estrenaba en Japón. Iban al día con los lanzamientos. Yo terminé metido en una de esas y, en contra de todas las advertencias de los adultos a mi alrededor, ahí hice mis primeros amigos del internet.
