Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
(Parte 2 de 5)
Enrique —mi abuelo— y mi mamá no habrían podido saber todo lo que yo estaba haciendo en línea. Había que ser lo suficientemente inocente e iluso para creer que no pasaría nada, para poder arriesgarse y por fin confirmar que realmente no pasaba nada. Enrique no había criado a mi mamá para que ella criara a un niño irresponsable y temerario que sacara los trapos sucios frente a extraños de Vietnam, Corea, Portugal, Bolivia o Sur África. Claro que no; esos se lavan en casa. Pero desde los 11 años hasta los 14 fui moderador del chat de una página de ánime pirata y no me guardé nada.
¿Eso qué significa? Bueno, significa que podía ver muchísimo ánime y, además, me aseguraba de que la conversación entre las personas de la cajita de chat que acompañaba todos los episodios fuera divertida y relativamente cordial. Honestamente creo que hice un gran trabajo. Era como ver series con amigos todo el tiempo con chismes entre medios. Había anónimos que aparecían de vez en cuando; en el chat aparecían como “Anon” seguido por un número aleatorio. Anon561. Anon9. Anon31. Luego, si se sentían bienvenidos, podían crear una cuenta y aparecer con el nombre de usuario de su preferencia.
Yo escogí “Dullahan”, en honor a mi ánime favorito a la hora de crear mi propia cuenta (¡¡Durara!!, por si lo quieren ver), sin saber que así me quedaría hasta hoy para muchas de las personas que conocí ahí (Dully, para los más cercanos).
Hay algo mágico en poder escoger sin presiones quien uno quiere ser. Fue como desarrollar una versión paralela de la personalidad. No diría falsa, pero sin duda curada y masajeada para que la vieran esos extraños a quienes —todavía— no les conocía la cara. Poco a poco, esa primera personalidad anónima se iba descascarando para revelar una versión más honesta de la persona. Creo que todos los que estábamos ahí habíamos pasado por ese periodo de gestación para estar tranquilos con la evidente irresponsabilidad de la que todos disfrutábamos. Con el tiempo esa versión curada se convertía, a fuerza de hábito, en parte real de quien uno era y en parte real de quien soy hoy. Les debo a esos amigos virtuales, sin duda, partes de mí. A ellos y a Enrique.
Si todo hubiera acabado ahí ya habría valido la pena, pero en algún momento, entre subtítulos mal escritos y los mensajes de Anon666, un día alguien mencionó que uno podía hacer ocarinas —una suerte de flauta de arcilla— en su casa sin mucho complique y que conocía un foro en el que había gente que te podía enseñar a hacerlas. Como yo quería instrumentos musicales, pero no tenía plata para comprarlos, poder hacer uno en mi casa con un bloque de arcilla de COP 5.000 sonaba maravilloso. Caí redondo. De repente fui otro Dullahan: con unos cuantos años más, mucho más alto, confiado, en plena adolescencia y en un foro de ocarinas en las profundidades del internet. Ahí la cosa se puso más íntima y más extraña. Eso tampoco se lo esperaban ni mi mamá ni Enrique.
