(Parte 3 de 5)
Cuando alguien entraba al cuarto en el que estábamos el computador y yo no parecía que estuviera pasando nada sospechoso. A primera vista éramos solo nosotros dos. En ese entonces una webcam no necesariamente era sinónimo de una ventana y ni mi mamá ni Enrique se daban cuenta de que la ventana siempre estaba abierta.
Durante un muy buen tiempo mi plan era llegar a la casa, entrar al chat —que ahora tenía video— y hacer lo que fuera que mi yo de 16 años tuviera que hacer. Si estaba estudiando, mis amigos estaban ahí. Si estaba tocando también. Si estaba jugando. Si estaba leyendo. Si pasaba un mal día. Si pasaba un día maravilloso. Para conversar. Para quejarse. Para estar en silencio. En este punto, el foro de ocarinas del que había surgido la comunidad ya era lo de menos —de hecho, muchos ya no participaban—. Poco a poco se había construido un mundo paralelo en el que teníamos servidores privados para jugar, clubes de lectura, sesiones para ver películas, celebrábamos cumpleaños, ocasiones especiales y otras no tan especiales. Más importante aún: era cotidiano. Era la gente con la que pasaba una gran parte de mi tiempo (y cuando uno es joven uno tiene mucho tiempo, solo que no se ha dado cuenta).
En algún momento el servicio de chat que usábamos quebró y nos movimos todos al servidor privado de una amiga. Pocos a mi alrededor sabían de la existencia o importancia de estas personas en mi vida. En algún momento las mencioné y muy rápidamente recibí aquello que a todos nos dijeron alguna vez: “No hables con extraños en internet. Te repito que no hables con extraños en internet. No les des un tour de tu casa. No les mandes regalos. No les pidas consejo cuando no sepas a quién más recurrir. No los acompañes cuando se casen ni permitas que te acompañen el día de la muerte de un ser querido. Menos aún si es tu abuelo Enrique. Jamás, bajo ningún motivo, viajes a verlos. No hables con extraños en internet, pero sobre todo, no hagas amigos en internet”.
Pretender que mi mamá lo entendiera fácilmente era absurdo; por eso fue tan interesante el día en el que Daniel me preguntó si podía hablar con ella. Él y yo éramos los únicos latinoamericanos del parche, aunque nos separaban los miles de kilómetros entre Bogotá y la costa sur de Brasil. Llevábamos unos 4 o 5 años siendo amigos cercanos.
Daniel estaba en medio de un colapso nervioso; sabía perfectamente que mi mamá era psicóloga; sabía que había sido históricamente una persona a la que mis amigos habían recurrido en momentos difíciles; que obviamente le iba a decir que sí si se lo pedía. No tuve más remedio que intentar explicarle a mi mamá lo que estaba pasando. Lo urgente de la situación, lo profundo de mi relación con él, que jamás lo había visto en persona, que era uno de mis mejores amigos, que conocía todo sobre nosotros, sobre ella, sobre su trabajo, sobre su divorcio, sobre mis sueños, que necesitaba ayuda y no sabíamos a quién más recurrir. Y todo con el afán de tener a un amigo en problemas. Y mi cabeza: “¿Lo habré explicado bien?”