(Parte 4 de 5)
Cuando mi mamá conoció a Daniel pasó algo extrañísimo: no solo se amaron profundamente, sino que en ese momento lo que durante años había sido una parte privada de mi vida se convirtió en tema de conversación en el desayuno. Hasta terminaron trabajando juntos. Me dio más gusto que sorpresa, pero igual fue una grandísima sorpresa.
Nunca supe si le expliqué bien a mi mamá todo lo que en su momento le quise explicar. Sé que entendió que Daniel era un gran amigo y que necesitaba ayuda. En realidad, no necesitó más para decir que sí. Supongo que las explicaciones eran más para mí, queriendo justificar lo profundo y real del vínculo y angustiado de haber roto la regla cardinal de estar en línea: “No hables con extraños en internet. Te repito que no hables con extraños en internet. No hables con extraños en internet, pero sobre todo, no hagas amigos en internet".
Hay un rinconcito inescapable en el que uno guarda la duda constante, por pequeña que sea, de que tu amigo virtual no sea quien dice ser. Tal vez tiene tecnología avanzadísima que le permite cambiar su cara en video. De pronto sí quiere chantajear a tu mamá con los trapos sucios de su divorcio (no que los tenga (espero)). ¿Y si es uno de esos asesinos que uno ve en los documentales? Esos que son terribles. Podría vivir a unas cuantas cuadras y estar esperando el momento adecuado. ¿Ya le pusimos seguro a la puerta? Una duda chiquitita, suprimida con los años, pero que solo alguien como mi mamá tenía el poder de convertir en un ciclón de dudas, culpa y angustia. A lo mejor iban a matar a mi familia por querer hacerme el chistosito en internet. Y no pasó. Evidentemente no pasó. Tal vez no era tan incomprensible como había supuesto. De pronto era mi cerebro al que le faltaban años de desarrollo, o el miedo a que si la gente que amaba me decía que esos otros amigos no valían entonces mis sentimientos podrían cambiar. A lo mejor solo me daba pena presentarlos por su nombre de usuario. Probablemente sólo era joven. (Era eso).
Poco a poco me fui dando cuenta de que a mis amigos de internet les sobraba la explicación de que eran de internet. Los he ido viendo en persona uno a uno (aún no a todos). Me di cuenta de que los silencios se sienten diferente en persona. No mejor o peor; solo son silencios diferentes.
Cada vez se hizo más evidente que nunca fueron mundos paralelos, sólo que era difícil tener perspectiva a los 17. Luego me enteré de que alguien más en mi vida —la de carne y hueso—conocía a Daniel.