(Parte 5 de 5)
—Para la próxima semana tienen que entrevistar a una persona latinoamericana por encima de los 50 años que viva en Colombia pero que no sea de acá.
Esa tarea nos la dejó Ana, mi profesora de historia latinoamericana, un día cualquiera de un semestre cualquiera mientras estudiaba Historia en la universidad.
Era un trabajo fácil y definitivamente no tenía nada que ver con comunidades en internet, ni con servidores privados, ni con ánime, ni con mis dudas adolescentes sobre qué le da valor a una amistad, ni nada que ver con nada de lo que les he contado hasta ahora en esta serie; para eso tenía otras clases.
Me tocó pensar un rato. Me tocó pensar un muy buen rato. Pensé, pensé y pensé hasta que por fin di con la respuesta. Era la mamá de Andrés, uno de mis amigos del colegio. Mexicana, por encima de 50, vive en Bogotá. Hace las mejores quesadillas de mi infancia. Maravilloso. Jugadora de bolos profesional. “Boliche”, me corrigió ella. Campeona nacional de México. La mejor. Entendí por qué siempre hubo tantos trofeos en la casa de Andrés.
Entendí la suerte de que nos diera clases de pequeños a todos los amigos de su hijo. Antes de llegar a Colombia había vivido en Brasil, en Belo Horizonte. Fue entrenadora. Se casó con el papá de Andrés y llegó a Colombia. Esto fue lo que anoté en mi cuaderno.
Esa misma noche, en una carrera de Mario Kart con mis amigos, en la recta final, casi a punto de pasar al primer lugar, me acordé de que Daniel —contra quien competía por la copa— no solo vivía en Belo Horizonte, sino que, para colmo, era de una familia cuyo negocio era… tener boleras. Maravilloso.
Simón: ¿De pura purísima casualidad te suena el nombre Edda Piccini? Campeona nacional de bolos mexicana. Vivió en Belo Horizonte.
Daniel: ¿Por qué conoces a la exesposa de mi papá?
…
Ni mi mamá, ni Enrique, ni Daniel, ni Andrés, ni su mamá, ni yo, ni nadie lo habría podido ver venir. A pesar de que en la entrevista nunca había mencionado un matrimonio intermedio en Brasil, estaba seguro de que no había dos campeonas nacionales mexicanas de boliche con el mismo nombre. Menos aún dos que hubieran vivido en Belo Horizonte en la misma época. La lógica era contundente.
Además, su nombre es raro. ¿Acaso había descubierto algo indebido? ¿Un guardadito? ¿Ups?
Pero este no soy yo de nuevo sacando los trapos sucios al internet. No, no, no. Sólo fue presumido de mi parte asumir que la mamá de un amigo me iba a contar todas las intimidades de su vida para una tarea. Solamente el cuento había llegado incompleto, como pasa con frecuencia.
En mi correo tengo una foto de Daniel y de Andrés jugando en la playa a los cuatro años. Parecen amigos. Yo conocí a Andrés a los seis. Yo aún no he visto al Daniel de carne y hueso, pero Andrés conoce a Daniel desde antes de conocerme a mí. La foto estaba en un álbum en la casa de Andrés.
Cuando apareció Facebook recuerdo entrar a perfiles de extraños a ver sus listas de amigos. Hacía click en un nombre aleatorio y repetía el proceso. Muy rápidamente empezaban a aparecer personas con quien tenía amigos en común. Era como explorar el laberinto de las conexiones entre la gente a ver qué tan profundo se podía llegar. Los objetos en el espejo están más cerca de lo que parece, y al parecer todos lo estamos también. Sentí que había encontrado una nueva salida de ese laberinto. Una salida inesperadísima que estuvo siempre junto a mí.
Mientras comíamos quesadillas, la mamá de Andrés me contó, como un dato suelto, que jugando al boliche conoció a Fidel Castro. Así, sin más. Como en la vida real. Y yo sé que Fidel Castro pareciera no tener que ver ni con los bolos ni con mis amigos de internet, pero recuerdo que lo extraño de ese encuentro me hizo pensar en que nada tiene sentido, en que todo es una coincidencia, en que la realidad —más allá de superar a la ficción— simplemente no está contando historias. Las cosas son y ya, aunque nosotros queramos siempre armarles un chisme. Y eso son, ¿no? Chismes, cuentos, historias, rumores, secretos, pedacitos que siempre están incompletos. Es como un rompecabezas, pero a veces las fichas no encajan donde uno supondría y otras encajan donde no parecían caber.
A Daniel lo conocí porque un anónimo recomendó un foro de ocarinas en el chat de una página de ánime pirata. A esa página entré porque Enrique, mi abuelo, abrió un portal al internet en mi casa y porque mi mamá asumió que todo iba a salir bien. A Enrique lo conocí menos de lo que me hubiera gustado. A mi mamá aún la estoy conociendo. A Andrés lo conocí por culpa de mi mamá, que me puso en el mismo colegio que él. A Fidel Castro nunca lo conocí.
Un apunte importante: Hoy en día sí es posible cambiarse la cara y la voz en videollamadas en vivo. La inteligencia artificial es una gran herramienta, pero también puede ser un riesgo enorme. Lo que cuento acá sucedió cuando el internet tenía menos reglas, no todos estábamos conectados constantemente a través de un implante cibernético en el bolsillo y no había máquinas inteligentes que te permitieran mentir y pretender como nunca antes en la historia de la humanidad. Si no sabes de inteligencia artificial, aprende. Si no quieres aprender, duda. Duda de toda imagen o video que veas en internet. Y si te da pereza dudar, nos toca asumir a todos las consecuencias de que parezca que vivimos en diferentes realidades.