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Todas lo sabemos, pero nos hacemos las que no

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Simón Vargas Morales
28 de febrero de 2026 - 06:24 p. m.
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— ¡Con esta nos despedimos, Bogotá! ¡Muchas gracias!, dice el artista de turno al dar el último acorde en uno de los tantos escenarios de la Atenas Suramericana.

— ¡Otra, otra!, grita el público. Las luces están apagadas, pero nadie se ha montado al escenario a recoger.

— ¡Oe, oe, oe, oe [nombre del artista], [nombre del artista]! Las luces siguen apagadas, nadie está en el escenario.

— ¡Otra, otra, otra, otra! Como con un disparo se prenden las luces y empieza a sonar de nuevo la música.

— ¡Seguimos, Bogotá! ¡Seguimos! El público enloquece.

Todos hemos estado ahí. Jugando a hacernos los locos. Los que no sabemos. Los sorprendidos. Los inocentes. Haciendo de cuenta que no vemos lo que vemos, que no es evidente que aún no se ha acabado el concierto a pesar de que si se fuera a acabar claramente prenderían las luces y se montaría gente a recoger el escenario, como en efecto sucede una vez se acaba el concierto.

No me malentiendan: pocas cosas amo yo tanto como este baile entre el artista y el público. Suena medio absurdo, como que todos nos estamos haciendo los estúpidos —incluidos los artistas—, pero en realidad esto es para mí uno de los momentos más hermosos de un concierto de música en vivo. Es como un ballet que nadie ensayó: el artista sabe que va a volver, el público sabe que el artista no se está yendo, y sin embargo todos se hacen los que no tienen ni idea. El artista se despide y el público grita. El artista vuelve y el público aparenta sorpresa ante el retorno. Lo hemos visto mil y una veces y sin embargo se sostiene como uno de los trucos de escenario más efectivos dentro del repertorio de un artista que da conciertos. El Fake Ending,como le dicen los gringos, o el Falso final, como le podríamos decir nosotros.

Es un momento de complicidad total. Es casi un momento de masturbación mutua entre artista y público. Todos lo disfrutamos, se siente increíble; todos queremos creer que realmente se está volviendo porque el público convenció al artista a gritos. Todos compramos la fantasía. Y es que si yo pago toda esa plata por una boleta estoy dispuesto a tragarme lo que el artista me meta en la boca, y este es un plato tradicional, como el café al final de la comida. No tengo nada distinto a amor y admiración por este extraño momento de la música en vivo, pero me divierte muchísimo ver cómo todos los artistas y todos los públicos conocen su papel en este extraño ritual.

Supongo que todos ganamos en emoción si se completa el baile, pero no deja de sorprenderme que nunca se intente delatar la farsa del momento. Tan efectivo es que llevamos años sabiendo y haciéndonos los que no. Por favor que sean muchos más.

Simón Vargas Morales

Por Simón Vargas Morales

Simón Vargas Morales nació el 24 de octubre de 1993, a la orilla de la luz, un día del censo en Bogotá, Colombia. Intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador. A veces lo logra, otras no tanto, pero siempre se divierte.
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