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Hay primeras veces que no se olvidan. La primera vez que escuché la pieza musical “Adiós Nonino”, de Astor Piazzolla, estaba en el patio de la Alianza Francesa de Sabadell. Una amiga bonaerense me llamó para invitarme al recital de un cuarteto argentino que iba a presentarse en la sede del centro, un hermoso edificio modernista construido en 1902 por el arquitecto Enric Fatjó.
Acepté la invitación sin muchas expectativas. Sabía que el programa estaba compuesto por una selección de tangos. Nada más. Esa noche, el patio estaba abarrotado de gente que permanecía de pie, rodeando al cuarteto que se había colocado en la parte central, cerca de la fuente. Al principio de la interpretación, le pregunté a mi amiga cómo se llamaba la pieza que empezaba a sonar. Creo que uno de los músicos lo había dicho, pero no escuché. “Adiós Nonino”, murmuró ella. “Adiós Nonino”, repetí yo para no olvidarlo.
Aquella pieza parecía contener un lamento y, a la vez, un júbilo sutil, como el que ameniza la danza circular de los caballitos de feria. Cosa rara que es bella, no por rara, o sí, pero también por misteriosa. Parece –me pareció desde aquel momento– que “Adiós Nonino” habla de algo que se ha vivido, o de una nostalgia que se anticipa en el tiempo, una pena que irremediablemente vendrá. Y a saber qué pena, entre todas las que están por venir. Y a saber a dónde y porqué le duele a uno ese tango.
No me he olvidado de la última vez que lo escuché porque ocurrió hace pocos días. Unos amigos correntinos organizaron una velada en la terraza de su apartamento. Dijeron que unos músicos amigos suyos, un trío de chamamé, estaría deleitando a los invitados. ¿Chamamé? Mi primera consulta me llevó a la descripción que aparece en la página de la Unesco: “La práctica de esta expresión cultural está muy extendida en la Provincia de Corrientes y, entre sus principales componentes, figura una danza que sus ejecutantes bailan fuertemente abrazados”.
En la terraza nos esperaban los músicos: un trío que se hace llamar “Seis por ocho”. El acordeonista Pablo Bentos, el guitarrista Sergio Cabrera y el vocalista Nino Zannoni. Intérpretes de un canto que, en palabras de Zannoni, le pone voz y melodía al desarraigo. Aprovechando que estaban de gira por Europa, los amigos músicos de nuestros anfitriones, correntinos igual que ellos, nos ofrecieron un recital que está en la escala del verdadero lujo.
Terminado el recital, el acordeonista advirtió que la fiesta apenas empezaba. Debían ser las dos de la mañana cuando Bentos, acordeón en mano, empezó a tocar “Adiós Nonino”. Hay diferentes tipos de silencio. Uno de ellos es el que se hace como muestra de solemnidad; el tipo de silencio que se produce ante un hombre que toca el acordeón con los ojos cerrados. Sobre todo, cuando la pieza que toca, aunque no pertenezca a lo que oficialmente se conoce como música sacra, llega a provocar el mismo efecto.
En la mesa de enfrente había un hombre llorando. Era la primera vez que yo lo veía, así que no sabía nada de él. O casi nada, porque su llanto parecía un indicio de algo que está en el núcleo de la pieza compuesta por Piazzolla. Acabé enterándome –no esa misma noche sino después– de que ese hombre es uno de los hijos de Joaquín Sheridan, bandoneonista y compositor correntino que murió junto a otros músicos cuando el autobús en el que viajaban, el 8 de septiembre de 1989, cayó al río Paraná.
Se sabe que un día de octubre de 1959, Piazzolla pidió a sus hijos que lo dejaran solo, que los hijos obedecieron y se encerraron en la cocina, y que desde allí lo escucharon tocar “una melodía muy triste, terriblemente triste”. Una pieza dedicada a Vicente Piazzolla (Nonino), que perdió la vida en un accidente de bicicleta. Su papá.
