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“Agáchate bien, mamita”

Sorayda Peguero Isaac

04 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

¿Cuándo descubrieron ustedes que algunas canciones tienen doble sentido? Mi experiencia se remonta a una noche del eterno verano caribeño. Nueve años tenía la criatura que hoy escribe estas líneas. Resulta que mi tío Isaac, que había pasado buena parte de su vida en Nueva York, acababa de regresar con intenciones de no volver a la gran ciudad nada más que de paseo. Su nombre de pila era José, pero por razones de respeto y rango lo llamábamos por nuestro apellido. El tío Isaac aparecía en la casa –casi siempre sin avisar– con munición sonora suficiente para una velada que duraba hasta el ocaso de la noche. Al darse cuenta de su visita, los amigos empezaban a llegar con actitud de querer presentarle sus respetos a un santo.

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Se formaba un semicírculo de sillas y mecedoras en el centro de la sala. Los tragos del líquido ambarino que destila la caña se iban acumulando sobre la mesa. Alfredo Valdés cantaba un son montuno que dice: “Mamacita de mi vida / tú que tienes vista buena / agáchate un poquitico / para que busques mi prenda / es un alfiler precioso / que en venta no tiene precio / no lo busques con desprecio / agáchate bien, mamita”.

La criatura de nueve años, que salió de la cocina con una hielera y dos o tres limones cortados en forma de medialuna, procuraba un espacio libre en la mesa que estaba hasta los bordes de vasitos de ron, murmurando el estribillo que se sabía de memoria. Esa criatura, ya se lo digo yo, tenía el cancionero popular cubano metido en la cabeza. Las letras de las canciones se pegaban a su lengua como se les pegan a los fieles las letanías del misal. La cosa es que sucedió. Tres palabras concluyentes: “Agáchate bien, mamita”. La claridad intempestiva de un rayo. La responsabilidad moral de compartir con los presentes algo que, sin duda, era una revelación: “¡es que le quiere ver los pantis!”.

¿Es posible que Ignacio Piñeiro, ilustre compositor de “Busca el alfiler”, haya introducido un mensaje encriptado en esos versos? La criatura podía intuirlo; ahora bien, que llegara a descifrarlo era otra cosa. La picaresca musical del Caribe exigía un nivel de análisis más profundo. Todo a su tiempo.

Mientras tanto, y continuando con los misterios ocultos en nuestra banda sonora clásica tropical, tuve mi primera aproximación a las cuestiones políticas. Descubrí que el merengue “Mataron al chivo” no se refería al cuadrúpedo que tiene cachos y una barbita de filósofo nipón. A Trujillo, que ustedes recordarán como el temible dictador dominicano, lo apodaron “el chivo” porque solía presumir de un apetito sexual insaciable –típico de un narcisista–. Su asesinato provocó rumores de diversa índole. Llegaron a decir que estaba escondido en España, bajo la protección de su compadre Franco, y que en cualquier momento haría acto de presencia para vengarse “del atentado” con el que pretendieron liberar el país de su dominio.

Uno no debe alegrarse de la muerte de nadie, pero la caída de un dictador que se impuso durante 31 años, causante de una perturbadora cantidad de asesinatos y desapariciones, ¿no es una razón válida para celebrar? No había necesidad de tentar a la suerte con nombres y señas explícitas. En toda Latinoamérica cantaron y bailaron el merengue adaptado para la ocasión: “Mataron al chivo / y no me lo dejaron ver. / El pueblo celebra / con mucho entusiasmo / la fiesta del chivo / el treinta de mayo”.

La contemplación del lenguaje aún me reservaba algunas sorpresas. Descubrir que cada cosa atravesada por la mirada y la voz tiene su poesía escondida, su indignación, su dolor, su júbilo, su erotismo o su enojo, como capas superpuestas de piel de cebolla que van revelando un nuevo significado cada vez. Las palabras son misterio y juego. Arma secreta de pícaros y bardos.

sorayda.peguero@gmail.com

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