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Sus recuerdos reaparecían en un corcel blanco que galopaba al revés. Siempre que atravesaba en sueños la espesura del cañaveral, era de noche y llovía. Una lluvia melódica, que sonaba como una uña dando golpecitos en un cuenco de cristal. El ingenio en tiempos de zafra era lo mejor que podía pasarle a un niño de once años. Eso creía el hombre que recordaba desde la nostalgia y el asombro. El asombro, como la nostalgia, no es una emoción transferible, pero se puede inducir. Puede volcarse sobre el papel y crear un delirante universo de tinta.
Para encontrar la raíz fundacional en el arte de Nadal Walcot hay que saber qué significa ser cocolo en la República Dominicana, porque Nadal Walcot lo era, es decir, un descendiente directo de los inmigrantes de las colonias inglesas del Caribe. Lo llamaron Adolfo Nadal. El Walcot fue una licencia poética que se inventó después. Vino al mundo el 30 de abril de 1945, en un batey del Ingenio Consuelo de San Pedro de Macorís: “la meca de todos los ingenios”. El desplazamiento, que empezó a finales del siglo XIX con el propósito de incorporar mano de obra barata al negocio del azúcar, convirtió a los cocolos y los haitianos en protagonistas de un fragmento del sistema más opresor de todos los tiempos.
El término cocolo se usaba de manera despectiva para nombrar una cultura en la que se fusionaban elementos de la tradición inglesa con tradiciones de las islas antillanas y los países africanos que fueron saqueados por el Imperio. Cuando Isabel II llegó a la Abadía de Westminster para ser coronada como reina, Nadal Walcot tenía ocho años. Una grabación de la ceremonia se presentó en un cine próximo al batey. La proyección atrajo a unos cien cocolos –todos hombres–, que se dirigieron al cine con sombreros de copa y almidonados trajes negros. Viendo el insólito desfile, Nadal Walcot se sintió más inglés que dominicano: “Sabía más de la Reina Madre que de Juan Pablo Duarte, y el Big Ben de Londres sonaba todos los días a las 12:00 p.m. en mis oídos”.
Los primeros años de Nadal Walcot transcurrieron entre su fascinación por los teatros danzantes –típicos de la cultura cocola– y su curiosidad por la vida en el cañaveral. Llegó a subir varias veces a un tren de caña, desapareciendo durante días, dándole motivos a su abuela, Miss Mé, para que lo correteara por el batey blandiendo un cinturón con el que pretendía enderezar su espíritu. “A ese muchacho hay que buscarle qué hacer”.
El primer trabajo que tuvo fue como aprendiz en el taller de locomotoras del ingenio. Luego fue ayudante de su papá en una sastrería. Trabajó como intérprete en el puerto de Santo Domingo y fue militante del MPD, un partido de ideología marxista-leninista y también su boleto de entrada al exilio: “En el año 1970 fui expulsado por el gobierno de Joaquín Balaguer, no sé si agradecer el gesto, pues me tocó vivir una parte importante de mi vida en Europa. Y qué cantidad de conocimientos me brindó, yo a mis 21 años, hijo de un obrero del Ingenio Consuelo”.
Nadal Walcot descubrió la obra de M. C. Escher en un museo de Holanda. Había experimentado con el papel y el lápiz cuando era niño, imitando las caricaturas que sus tíos dibujaban. Escher le dio un lenguaje para recrear las imágenes que veía en sueños: las locomotoras, los teatros danzantes, los rituales religiosos y el tren que serpenteaba entre los cañaverales como una oruga de clorofila.
Las historias que plasmaba en sus dibujos monocromáticos, o que escribía a modo de cuentos, tienen el humor y el erotismo que Nadal Walcot usaba como símbolo de libertad. En sus dibujos pueden ocurrir muchas cosas al mismo tiempo. Leo un pie de página que dice: “Esta vez, Goliat no se dejó joder de David”. En la misma escena, quiero ver qué está pasando con los bailes y las máscaras, las capas y los espejos. Saber qué hacen esos niños, las mujeres y los hombres que gozan de un día de fiesta. Mirar aquello que se desborda por los límites del papel insinuando una maleza interminable. Caña y más caña. Caña hasta el infinito.
