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El cabecilla de las fieras

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Sorayda Peguero Isaac
17 de enero de 2026 - 05:05 a. m.
“Henri Matisse estaba decidido a vivir por lo mismo que estaba dispuesto a morir de hambre”: Sorayda Peguero Isaac
“Henri Matisse estaba decidido a vivir por lo mismo que estaba dispuesto a morir de hambre”: Sorayda Peguero Isaac
Foto: EFE - YOAN VALAT
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Anunciaron la llegada de un frente frío que nos congelaría hasta las pestañas. Suficiente para que una criatura solar se resista a poner un pie fuera de su casa un sábado por la tarde, pero ahí estaba yo, saliendo de unos almacenes con la copia de una pintura de Henri Matisse debajo del brazo. No recuerdo qué era lo que había ido a buscar. Pude ver el cuadro desde la entrada, colgado de un expositor en el que también había un sillón con una manta en el respaldo y una acacia de mentira.

Se llama La ventana abierta, o Ventana abierta, Collioure. Collioure es ese pueblo del sur de Francia que encandiló a impresionistas y poetas. El lugar que procuro visitar cada verano y que les digo a mis amigas que es secreto. Dicho esto, lo de “secreto” empieza a desmontarse. Ahora pretendo encontrar una pista que coincida con los efectos de esta pintura que miro intensamente, como si así pudiera modificar las bajas temperaturas de estos días y llegar a descubrir –igual que Camus– que dentro de mí existe un verano invencible.

Se sabe que a Matisse le encantaba pintar ventanas. Los cristales de esta ventana se abren a las paredes interiores de un apartamento de Collioure. Tiene un alféizar con tres macetas de flores, cuatro veleros que flotan en un mar rosado, un cielo con nubes color lavanda y pinceladas de distintos tonos de verde y azul turquesa. Matisse pintó la escena mediterránea el verano de 1905 y ese mismo año presentó la pintura, junto con otras obras, en el Salón de Otoño de París. El lienzo provocó las burlas de una buena parte del público y el desencanto de los críticos que se refirieron al pintor como el cabecilla de les fauves: las fieras. Esos locos que distorsionaban la luz, los colores y las formas sin pedirle permiso a nadie.

Matisse estaba decidido a vivir por lo mismo que estaba dispuesto a morir de hambre. En París, durante uno de esos inviernos tan fríos que ya ni se recuerdan, pintaba abrigado. Su esposa era la modelo de un cuadro que mostraba a una mujer sirviendo una mesa en la que había un plato lleno de frutas. La fruta era un lujo que pocos podían permitirse. Una vez hecho el sacrificio de comprarla, había que conservarla hasta que el cuadro estuviera terminado. Mientras tanto, el pequeño apartamento en el que vivían debía privarse del calor de los vivos. Así eran las cosas. Se vendía el anillo que madame Matisse heredó de su familia y se mandaban los niños a la casa de los abuelos. Matisse pintaba por las mañanas, esculpía por las tardes, tomaba clases de dibujo al caer el sol y despedía cada noche con una melodía de violín.

Algunas rupturas son elecciones conscientes que nos atraen con fulgurantes promesas, otras se imponen como zarpazos de lobo y exigen la valentía de recoger los pedazos, y con ellos, con lo poco o mucho que quede de nosotros, redibujar la vida. En sus últimos años, curado para siempre de la pobreza y aquejado de múltiples achaques, “la fiera” tuvo que aminorar su marcha, aprender a bregar con otro tipo de ruptura. Las manos de Matisse no podían sostener los pinceles: “Ahora tengo la necesidad de emplear medios distintos de los que me son propios”. Valiéndose de unas tijeras, trozos de papel pintado y pegamento, Matisse empezó a ensamblar imágenes que surgían en su cabeza como estallidos de color. Muchos dijeron que esos recortes suyos no eran más que los caprichos de un viejo loco. Muchos se burlaron de él, como en sus años más feroces.

sorayda.peguero@gmail.com

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