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El viaje del quimbombó II

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Sorayda Peguero Isaac
09 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
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Me resulta curioso que una persona trate de ofender a otra diciéndole que es inculta. ¿Qué posibilidades hay de que exista alguien que no haya sido instruido en los preceptos de una cultura? El comentario suele estar impulsado por el menosprecio y, casi siempre, alude a la carencia de saberes “elevados”, a una cultura que por no estar al alcance de todos se considera un privilegio. La cultura puede ser algo que abrazamos con alegría, pero, con la excusa de la tradición, también puede perpetuar costumbres que atentan contra la dignidad humana.

En un tramo de nuestra vida deberíamos cuestionarnos sobre qué aspectos de la propia cultura seguirán acompañándonos y cuáles preferiríamos dejar atrás. Creo que el viaje se vuelve aún más interesante si nos dedicamos a explorar las preferencias propulsadas por nuestra intuición.

Al leer que ustedes son la generación más alfabetizada tecnológicamente, pensé en lo que significa exponerse a un bombardeo constante de estímulos. Mirar y pasar rápidamente de una cosa a otra no parece muy difícil, en cambio, comprender nos exige tiempo y lentitud. En una cultura que alienta la velocidad y el fanatismo por los criterios y las preferencias de un grupo dominante, la creación de un archipiélago personal podría convertirse en la mejor de las fugas.

Recientemente alguien estuvo indagando en el árbol genealógico de mi familia. Como parte de su investigación, me hizo varias preguntas y me mostró algunos de los documentos que había encontrado. Al pie de uno de esos documentos, identifiqué una firma que me provocó gran conmoción. La firma era de un hombre que nació cerca de Santo Domingo a principios de los años veinte.

Yo sabía algunas cosas sobre ese hombre. Sabía que leía con muchísima dificultad y que escribir su nombre completo le tomaba más de cinco minutos. Conocía su letra porque en varias ocasiones lo vi firmando el reverso de sus cheques de pensionista. Ese hombre no había tenido las mejores oportunidades en la vida. Era un trabajador que no tuvo acceso a ningún tipo de instrucción académica. Eso no impidió que, al margen de sus obligaciones, cultivara un espacio personal basado en intereses propios.

El hombre del que les hablo tenía amplios conocimientos de música popular cubana y tango argentino. Investigaba sobre las composiciones y la trayectoria de los intérpretes más representativos de estos géneros. Escuchaba emisoras de radio que en tiempos de la dictadura estaban prohibidas. Entendía que su criterio no podía formarse con una sola versión de los hechos, y menos si esos hechos pasaban por el censor de la dictadura. Un acto de rebeldía que podía costarle un paseíto por La 40 –la cárcel más temida del régimen– y un desagradable intercambio de impresiones con un verdugo. Me llamaba la atención que cuando se refería al cine, decía: “el teatro”. Me gustaba escuchar su historia de la vez que asistió a una de esas salas, vestido con un traje de casimir inglés, para ver el debut cinematográfico de María Felíx. Porque ese hombre tenía un exquisito sentido del gusto, era un dandi. Lo sé de buena tinta porque ese hombre era mi abuelo.

Piensen en un hombre que no ha sido alfabetizado y que fue discriminado en algunos contextos sociales por su clase y su color de piel –no nos olvidemos de los barcos y el quimbombó–. Piensen en ese hombre creando un archivo de saberes alimentados no por un deseo de pertenecer, gustar o recibir alabanzas, sino por el placer de cultivarse a sí mismo.

A esta generación le seguirán otras que serán bautizadas con sus propios nombres y que seguramente aparecerán citadas en los canales de búsqueda de internet por su capacidad para ejecutar nuevas destrezas. Pertenecer seguirá siendo una necesidad humana. Nos gusta formar parte de una familia, de una generación, de una cultura. Nos gusta sentir que somos reconocidos y aceptados. Pero eso no debería privarnos del apasionante viaje que nos lleva a descubrir aquello que nos hace únicos.

sorayda.peguero@gmail.com

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