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Esto no puede ser

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Sorayda Peguero Isaac
28 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
“¿Es posible que Chimamanda Ngozi Adichie tenga las mismas pretensiones que Shondaland?”: Sorayda Peguero Isaac
“¿Es posible que Chimamanda Ngozi Adichie tenga las mismas pretensiones que Shondaland?”: Sorayda Peguero Isaac
Foto: EFE - Francisco Guasco
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Dos mujeres caminan por los pasillos de un exclusivo centro comercial. Una de ellas tiene los ojos almendrados y una lustrosa media melena que le roza la barbilla. La mujer que la acompaña es más joven, incluso de lejos puede apreciarse que comparten algunos rasgos. Son madre e hija. La mujer de la media melena acaba de comprar un bolso de la marca Christian Dior. Ha estado deseando ese ejemplar desde hace mucho tiempo. Cuando salgan del área de tiendas, cargadas con las bolsas que contienen sus plegarias atendidas, un chófer estará esperándolas para llevarlas a una casa de la zona residencial de Maryland.

Una de las participantes de nuestro club de lectura dice que a Chimamanda Ngozi Adichie se le fue la mano en su última novela. “¡Pero si hasta tienen ama de llaves!”. La miro y me pregunto si sus cejas se quedarán así, fijas en una expresión de asombro que durará para siempre.

Existen agravantes que pueden acentuar su estado de ofuscamiento. La casa con ama de llaves fue un regalo del padre para Chiamaka –la mujer más joven–, que vive en Estados Unidos y que acaba de renunciar a su trabajo porque quiere dedicarse a viajar por el mundo y a escribir sobre sus experiencias. Sus padres viven en su natal Enugu, al sudeste de Nigeria. Cuando viajan a Estados Unidos –en primera clase, por supuesto– se hospedan en la casa de Maryland y contratan un servicio de transporte que incluye chófer. A su regreso de la jornada de compras, la madre se queja de lo pequeña que era la tienda de Dior. El padre, sentado en el sofá, le ofrece consuelo diciéndole: “Londres y París te esperan”.

¿Acaso se trata de una licencia similar a la que se tomó la productora Shondaland en la serie Los Bridgerton, donde la aristocracia londinense del siglo XIX normaliza que las personas negras pertenezcan a círculos de poder y ostenten títulos nobiliarios? ¿Es posible que Chimamanda Ngozi Adichie tenga las mismas pretensiones que Shondaland, escribiendo una obra de ficción para que las personas negras del siglo XXI puedan verse reflejadas en un estilo de vida que no les corresponde?

Si perteneces a uno de los grupos humanos que históricamente ha sido relegado a un nivel inferior, te expones al escrutinio de quienes rechazan cualquier narrativa que atente contra todas las demás: las que nos han repetido despacio, palabra por palabra, para garantizar que la lección se queda bien instalada en tu cabeza. Esa impúdica exhibición de la ignorancia revela un extraño deseo de que las cosas permanezcan en el lugar que les otorgó la historia oficial. Las historias que amplían el escenario, y que también forman parte de la realidad, desestabilizan las creencias más primitivas.

Esas historias que desafían nuestra voluntad de profundizar en lo desconocido y en la vida de los otros, a menudo son desaprovechadas. Reconozco las buenas intenciones en la frase que se le atribuye a Miguel de Unamuno: “El fascismo se cura leyendo y el racismo viajando”, pero los hechos me llevan a pensar que, si existe una cura, depende de aquello que elegimos hacer con lo que vemos, con lo que leemos y con nuestro particular modo de habitar esta experiencia llamada vida.

sorayda.peguero@gmail.com

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