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Ningún ruido me alertó de su presencia. Giré sobre la silla del escritorio para buscar un libro en las baldas inferiores de las estanterías. Entonces la vi, junto a la ventana, bebiendo del agua que se posa en los platos de las macetas. Dicen que las urracas son capaces de reconocer su imagen delante de un espejo, y que pueden distinguir las caras de las personas conocidas. El instante de su mirada fue ínfimo. Antes de que pudiera preguntarle cómo había averiguado que aquí podía calmar su sed, alzó el vuelo.
Las veo en el tejado de la casa de enfrente casi todas las mañanas. Dos o tres urracas desplazándose con saltitos que me resultan graciosos. Ante mis ojos lucen iguales, vestidas con su plumaje blanquinegro, tan elegantes, como para ir a un desfile de la casa Chanel. También las veo entrando o saliendo de los agujeros que hay en la pared de ladrillos calados del bloque 47, su condominio durante todo el año. A pesar de nuestra falta de atención, abducida por el ajetreo diario y la irrealidad online, siguen siendo las inquilinas aladas de la vecindad.
Recientemente tuve el honor de conocer a la artista guatemalteca Rosa Chávez. Ambas coincidimos en Ciudad de Panamá, en la celebración del festival literario Centroamérica Cuenta. Escucharla me provocó una especie de conexión a tierra que ahora vuelve a interpelarme, a propósito del encuentro con mi vecina, la urraca.
Rosa Chávez es principalmente poeta, además es gestora cultural y actriz performática. Su linaje pertenece a los pueblos maya k’iche’ y kaqchiquel. En una conversación sobre la palabra como territorio, dijo que en la cosmovisión maya, “todo habla, todo piensa, todo aconseja, todo tiene un espíritu”.
Sus palabras me hicieron recordar que en plena víspera de un ciclón, le dije a mi mamá que debíamos acoger las flores, los pájaros y las piedras que teníamos en el patio. Mi mamá suele decir que aunque trató de explicarme que no era posible convertir nuestra casa en un refugio para la flora y la fauna silvestre, lloré e insistí hasta caer vencida por el sueño. Era una niña que no tenía la menor idea de lo que significa la conciencia ecológica, pero es posible que una parte de mí supiera que no somos los únicos seres merecedores de protección. Me maravilló saber que el pueblo maya sostiene que el ser humano, en cada una de sus edades, está en correlación y diálogo con todo lo que existe.
Rosa se refirió a la gente que habla de la madre tierra como si fuera algo que está muy lejos, en la selva o en la montaña, como si no pudiéramos encontrar su esencia en otro lugar. Comprendo bien lo que dice; en Europa es un argumento efectivo para vender experiencias espirituales y costosos pasajes de avión.
La esencia de la Tierra está en todas partes, debajo del suelo que pisamos, en el patio trasero o en el tejado de los vecinos. Sin embargo, actuamos como si sufriéramos de un extraño tipo de ceguera. Si retomamos lo que decía Deleuze –que la estupidez no es ciega ni muda– podríamos identificar la nuestra como una ceguera selectiva, o como una enfermiza inclinación a la ética de la indiferencia.
La palabra “aristocracia” se traduce del griego antiguo como “el gobierno de los mejores”. La raíz del término hace alusión a la excelencia y el poder. Un poder adquirido o heredado que sitúa a quien lo ostenta en un nivel jerárquico superior al de la mayoría. Nosotros, los humanos que habitamos la Tierra, creemos que estamos por encima de las demás criaturas, que somos la aristocracia de la creación, los absolutos reyes del mambo.
Que una buena parte de las reservas naturales de la Tierra dependa de los pueblos originarios no es fruto de la casualidad. El legado de su pensamiento, y su capacidad para defenderlo y transmitirlo, nos reafirma que la aristocracia no siempre está en manos de los que más saben, ni mucho menos de los mejores.
