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Un cuaderno adornado con lepidópteros y flores de fantasía; con una cerradura minúscula y hojas de papel de seda. Al más mínimo descuido, su hermano podía burlar el cierre con una horquilla y usar sus confesiones como elemento de chantaje. La precaución es esencial, y no siempre se corresponde con hechos de gran relevancia, sino con la consciencia de un “yo” que inaugura su sed de intimidad.
Le dije algo sobre los requisitos esenciales: un cuaderno, un lugar propicio, una fuente de luz. Recuerdo que mi sobrina tenía nueve años y que acabé hablándole del diario de Ana Frank. Doce meses más tarde nos encontramos otra vez. Las dos acompañamos a su mamá durante una jornada de compras. Por un momento la perdimos de vista, al cabo de un rato, la niña apareció anunciando un descubrimiento “impresionante”.
La asociación de ideas es una de las bases fundamentales para la elaboración del pensamiento y la creatividad. El hallazgo era una evidencia de que nuestra conversación permanecía en su memoria, y eso me llenaba de un gozo profundo, pero sobre todo me gustó que empleara el más fascinante de todos los mecanismos humanos. Mientras curioseaba en una mesa repleta de libros dispuestos sin un claro orden de género, había trazado una línea entre dos constelaciones afines. Identificó el diario de Rutka Laskier.
Corrió hacía mí como si tuviera en sus manos la esfinge de un faraón. “¡Se parece a la historia que me contaste, tía! Es como la de Ana Frank”. Rutka Laskier le dio instrucciones a su amiga Stanislawa Sapinska para que pudiera encontrarlo cuando llegara el momento. El diario estaba escondido en el doble suelo de la escalera de su casa. Su realidad era parcialmente distinta a la de Ana Frank. Rutka no estaba encerrada cuando escribía su diario, pero intuía, con un temple sobrecogedor, el destino que le aguardaba a ella y a su familia en un campo de exterminio.
El martes 19 de enero de 1943 escribió la primera de sus anotaciones: “Aún no me hago a la idea de que ya estamos en 1943 y de que han pasado cuatro años desde que comenzó este infierno. Los días transcurren deprisa; cada uno parece idéntico al anterior. Cada jornada lleva consigo el mismo tedio glacial y asfixiante”. Ese infierno estaba enmarcado en la Segunda Guerra Mundial. Antes de terminar sus anotaciones de ese día, Rutka, una joven judía y polaca de 14 años, cuyo país estaba ocupado por los nazis, dejó constancia de que su desesperación podía coexistir con un luminoso deseo: “Quiero sumergirme por completo en los libros, en libros buenos, filosóficos. Uno de los que me puso el corazón en un puño fue El golem, de Gustav Meyrink”.
Rutka llegó a pensar que la exposición al horror la estaba volviendo indiferente. Las noticias dejaron de afectarle y apenas podía llorar. Se planteaba preguntas serias: “¿Qué clase de Dios permite que las cabezas de niños pequeños sean aplastadas a golpe de culata?”. Al mismo tiempo, se emocionaba ante la posibilidad de su primer beso. Luchaba contra sus insidiosos demonios: “Si solo pudiese decir «se acabó», se muere una vez…, pero no puedo porque, a pesar de todas esas atrocidades, quiero vivir”.
Varias jóvenes escribieron sobre sus vidas durante los terribles años del Holocausto. Helga Weiss, Carry Ulreich, Renia Spiegel, Mary Berg. La simultaneidad entre la escritura de sus diarios y el contexto político de la época convierte sus cuadernos en documentos de importancia histórica, pero esta no es su única cualidad. Sus relatos carecen de una memoria artificialmente estructurada. No son narraciones posteriores al desenlace de los hechos. En sus páginas se mezclan los sucesos cotidianos con las emociones más puras. Aunque pudieron arrebatarles muchas cosas, incluso la vida, las muchachas convirtieron la escritura en un instrumento para preservar su voz, en un acto de sutil resistencia.
